Colores de Bahamas con Moorings

Azul y más azul. Después de una pequeña tormenta, el fondo de escenario es más irreal. Bahamas es el país de los colores intensos. Su bandera refleja su espíritu. El amarillo del sol, el azul del mar y el negro de su población. El mestizaje es un reclamo más para un espacio natural que ha hecho del ocio su gran patrimonio. Son 700 islas, aparentemente perdidas en la inmensidad del Atlántico, que conforman un país conocido como Bahamas. Solo su nombre ya refleja otra forma de entender la vida.

La visión desde la pequeña ventanilla del avión privado, que nos lleva desde Miami hasta Nassau hace más  atractivo el destino. Las aguas cercanas a la costa  toman un sutil  tono esmeralda y las franjas de arena pasan del blanco al amarillo, pasando por una infinidad de tonos rosáceos, en función de su orientación. Incluso las palmeras han decidido ayudar a remarcar los límites de  su territorio. Estamos llegando al paraíso, al refugio perfecto, al sueño de cualquier amante del mar…  La flota de  The Moorings nos demuestra que no hay sueño imposible.

Queda claro que Bahamas es un abanico de colores que abarca toda la gama. En los días despejados, que son la mayoría, un sol, tan  radiante como abrasador, hace brillar intensamente los colores de las casas de Nassau, la capital de las Bahamas. En la parte alta de la ciudad las viejas maderas hablando de su pasado inglés, de su comerciantes holandeses y sus marineros hispanos. Cada uno aportó la fuerza de su cultura.  Su arquitectura es el mejor reflejo de esas vivencias. 

Hoy los colores de la calle asaltan al turista. Aquí, la sobriedad puritana de los colonos ingleses parece haber desaparecido. Su austeridad se viste de rojo, de azul, de verde, y sobre todo de blanco y rosa, como un gigantesco helado de nata y fresa. Ser llamativo parece una obligación…

Esa componente “kisch” es un buen escenario para su cargado transfondo histórico. Estas islas caribeñas a las que llegó Cristóbal Colón hace más de cinco siglos, han sido colonia británica hasta los años setenta. El toque British se hace evidente. El recuerdo de su pasado colonial se prolonga en sus calesas, en su conducción por la izquierda, en su pasión por la navegación  y en su orgulloso pasado pirata.

Los bucaneros, al servicio de la Corona Británica, llegaron a crear en estas islas la República de los Corsarios. Aquellos galeones piratas han sido sustituidos por lujosísimos yates, y los corsarios, por miles de turistas dispuestos a gastarse sus dineros en lugares como el mercado Straw, lleno de souvenirs y artesanía, o las joyerías de John Bull. Las torres de los Meg ahoteles de Paradise Island parecen creadas para agrupar a todos los que necesitan sentirse “homo masificatus” o ser uno más del rebaño social… Hay quien se anima a hacer un poco de turismo y se acerca a la curiosa Casa Gubernamental, de color rosa, o al fuente Fincastle con su gran torre, desde la que se contemplan las famosas aguas azules del puerto y los arrecifes de coral. Pero lo normal es dedicarse a disfrutar del sol y sobre todo el mar.

La vida parece necesitar de estos  colores alegres y exóticos, que van desde los tonos intensos verdosos  de sus jardines tropicales a las telas rojizas  usadas como cortinas, que están inspiradas en los corales que cubren sus fondos marinos. En general, son colores sin concesiones… Intensos como las vallas que delimitan las casas en Hope Island o  Great Guana Cay. Los perfiles de casas compiten en disparidad:   naranjas “cobrizo” frente a azules añil; rosas flamingo frente a verde “sandía”. 

Las casas sienten como una obligación el diferenciarse del vecino. Cualquier momento es bueno para otra generosa mano de pintura,  para reparar  una ventana  o perfilar los límites de un jardín. Los blancos toman sutiles tonos marfil para diferenciarse de los amarillos limón de  muchas casas en la playa. Una palmeras, dos bicicletas o un partido de voley-playa aportan un cierto dinamismo al paisaje, que parece la postal perfecta. 

Así se entiende mejor la vida cotidiana en Treasure Cay o los salvajes atardeceres en Dunmore Town, en Harbour Island, donde Elle Macpherson comparte noche de farra con Andy García… porque aquí un famoso siempre es bien recibido. Todo esto sin tener en cuenta las islas privadas de las Exumas más cerca de las costa de Cuba.

La negritud  de sus tonos y  rasgos hacen que el “blanco” parezca aún más inmaculado. Muchos de los jóvenes nativos forman parte de la “police” de las islas, vestidos con un uniforme blanco luminoso, el mismo utilizado por el antiguo ejército británico colonial en Nairobi o en Nueva Delhi, usando  todavía una especie de “salacot” y adornado con una banda de seda roja.

Pero hay más colores. Está el verde radiante de su jardines, como el Garden of the Groves de la isla de Gran Bahama, un exuberante vergel con más de cinco mil especies de plantas exóticas traídas de todos los lugares del mundo. Arriba, el azul intenso del cielo, en  el que  incluso las nubes parecen colocarse para la  postal perfecta;  abajo,   ese verde pradera,  que habla de la calidad del servicio. Entre ambos ese tono  verdiazulado irreal de sus aguas, en las que viven las barracudas, morenas, rayas, tortugas, peces de diferentes colores y hasta tiburones, aquí todo es perfecto. 

Más abajo, los corales de todos los colores que con frecuencia cubren viejas embarcaciones que naufragaron hace tiempo.  En los fondos marinos  aparece otro mundo.  El  paraíso  submarino, tan irreal en una primera inmersión,  se carga de reflejos metálicos, o de formaciones infinitas de peces que se acercan hasta  nuestra bombona de oxígeno.  Nuestra capacidad deportiva es el límite de  una experiencia única. 

Esa borrachera de color sigue en tierra, cuando cae el sol, por ejemplo en sus más de veinte reservas y parques nacionales, como el de Inauga, con casi 230 especies diferentes, entre ellas los coloridos flamencos. ¿Más color? El de las luces de los casinos de Nassau, el de los lujosos hoteles de Eleuthera, con sus arenas rosadas. O las mansiones en la entrada de Hope Island. 

 

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