CINCO PUENTES PARA ENTENDER EL VERANO

Algunos veranos que se recuerdan por una playa, pero otros tenemos especial cariño a esos primeros baños a la sombra de un puente. En los ríos españoles, esas grandes obras de piedra que durante siglos sirvieron para cruzar fronteras, cobrar portazgos o conducir rebaños se han convertido también en miradores privilegiados sobre el agua.

Bajo sus arcos, el paisaje reúne cuanto se necesita para una escapada estival memorable: un baño frío, una arquitectura capaz de explicar el territorio y un pueblo cercano donde sentarse a la mesa. Los cinco lugares de esta ruta, repartidos por España, conservan todavía una dimensión natural, histórica y ligeramente salvaje.


1.- Cangas de Onís: nadar bajo la Cruz de la Victoria

Pocas entradas al agua poseen una escenografía tan rotunda como la del Sella a su paso por Cangas de Onís. El llamado Puente Romano – en realidad, una construcción medieval, probablemente del siglo XIII – levanta su gran arco apuntado sobre un río verde y calizo del que cuelga, como una firma suspendida en el paisaje, la Cruz de la Victoria.

En verano, el remanso situado bajo el puente y la confluencia cercana con el Güeña se convierten en una piscina fluvial espontánea. Hay orillas de roca pulida, pequeñas zonas donde extender la toalla y una perspectiva capaz de transformar cada brazada en una peculiar lección de historia asturiana.

Bañarse aquí tiene algo de ceremonia civil. Por encima pasan caminantes y viajeros; por debajo, el Sella continúa hacia Arriondas y Ribadesella, después de recoger las aguas del Dobra y antes de convertirse en escenario del célebre descenso en piragua. La corriente puede cambiar rápidamente, por lo que conviene entrar únicamente por puntos accesibles, observar el comportamiento del agua y renunciar a cualquier salto desde la fábrica del puente. A unos ochocientos metros queda además La Llongar, un amplio remanso ligado al entrenamiento de los piragüistas locales.

Cangas de Onís merece quedarse después del chapuzón. Fue uno de los primeros centros políticos del Reino de Asturias y conserva la ermita de Santa Cruz, levantada sobre un dolmen prehistórico y vinculada a la memoria del rey Favila. El edificio actual mantiene visible la cámara megalítica bajo la capilla, un extraordinario encuentro entre arquitectura cristiana y ritual funerario anterior. Comer en el Mesón Pente Romano (Tlf 677629 335) junto al puente es una buena opción.

En las calles del centro, la arquitectura montañesa convive con casonas decimonónicas, comercios tradicionales y tiendas consagradas a los quesos de los Picos de Europa. La comida debe comenzar con una cuña de Gamonéu, ahumado y madurado en cuevas; puede seguir con tortos de maíz, fabes, carne roxa o trucha, y terminar con arroz con leche. El mercado dominical resume el paisaje entero: huerta, montaña, sidra y queserías artesanas.


2.- Frías: el Ebro a los pies de una ciudad medieval

En Frías, el verano ocurre en vertical. Arriba, sobre una cresta rocosa, se apiñan el castillo de los Duques de Frías, la iglesia de San Vicente y unas casas colgadas que parecen haber aprendido a convivir con el vacío. Abajo, el Ebro pasa bajo uno de los puentes fortificados más espectaculares de España: 143 metros de piedra, nueve arcos y una torre central levantada para vigilar el paso y cobrar el antiguo pontazgo.

Entre ambos niveles, la diminuta ciudad burgalesa compone una imagen que parece diseñada para una miniatura medieval. El puente fue un punto esencial en las comunicaciones entre la Meseta y la costa cantábrica. Por su tablero circularon viajeros, comerciantes, ganados y mercancías, siempre bajo la vigilancia de una torre que convertía el cruce del río en frontera fiscal y defensiva.

La zona de baño y recreo se extiende junto al puente, entre campas, arbolado y orillas de cantos rodados. El agua del alto Ebro llega fría incluso en agosto y conserva ese tono oscuro y profundo de los ríos que atraviesan bosques y desfiladeros. No es un balneario domesticado: hay que entrar con cuidado, utilizar escarpines y comprobar el caudal antes de alejarse de la orilla. La documentación local y las crónicas de viaje identifican este tramo como playa fluvial y zona tradicional de baño de Frías.

Precisamente ahí reside buena parte de su atractivo. El puente no funciona como un decorado aislado, sino como una infraestructura histórica que todavía ordena el paisaje. Desde el agua se comprenden su altura, la disposición desigual de los arcos y el poder simbólico de la torre central. Lo que desde la carretera parece una estampa romántica, desde el río recupera su condición de obra militar.

A la mesa, Frías pide cocina castellana sin artificios: cordero asado al horno de leña, platos de caza, setas cuando llega la temporada y morcilla burgalesa. Muy cerca, Tobera añade cascadas, molinos y la ermita de Santa María de la Hoz, encajada junto al agua. El plan perfecto consiste en bañarse bajo la fortaleza del puente, comer despacio y dejar que la tarde termine entre piedra dorada, madera vieja y olor a leña.


3.- Puente del Congosto: granito, Mesta y agua fría en el Tormes

El nombre ya contiene el paisaje. Puente del Congosto nació donde el Tormes se estrecha entre grandes masas de granito antes de abrirse hacia las llanuras salmantinas. Allí, un puente medieval de los siglos XII y XIII, de unos 120 metros de longitud y once arcos, cruza el río bajo la vigilancia del castillo de los Dávila.

La composición tiene una fuerza casi cinematográfica: almenas, tajamares, roca desnuda y un cauce que durante siglos fue atravesado por rebaños de la Cañada Real Soriana, mercaderes, soldados y viajeros camino de Gredos. El puente aprovechó el lecho granítico para cimentar una estructura ligeramente inclinada, adaptada al paso estrecho que daba nombre al lugar.

El baño autorizado se concentra en la zona conocida como La Playa, donde una pequeña presa remansa el Tormes y crea una amplia piscina natural. Es importante no confundirla con los tramos encajonados aguas abajo, donde aparecen las llamadas Marmitas de Gigante, rápidos y puntos de considerable profundidad. La información turística local advierte expresamente de que La Playa es la zona destinada al baño.

La prudencia forma parte del viaje. El granito puede resultar muy resbaladizo y la placidez aparente cambia cerca de canales, presas y saltos. En La Playa, en cambio, el río ofrece una experiencia más amable, aunque todavía plenamente fluvial: agua fresca, vegetación de ribera y la silueta del conjunto fortificado como telón de fondo.

A la hora de comer, Salamanca impone su repertorio. El hornazo, relleno de lomo, chorizo y huevo, funciona como un picnic perfecto junto al río. Los embutidos ibéricos, la carne de morucha y las patatas meneás completan una cocina nacida entre pastores, matanzas y dehesas. El baño adquiere así cierto sentido histórico: uno se refresca en el mismo cuello de agua por el que pasó durante siglos buena parte de la riqueza ganadera castellana.


4.- Pont de Llierca: un arco imposible sobre la Alta Garrotxa

El Pont de Llierca parece menos construido que trazado de un solo gesto. Su arco único, de más de diecinueve metros de luz, une dos paredes de roca sobre el río y se eleva aproximadamente veintiocho metros por encima del cauce. Levantado en época medieval para comunicar aldeas y masías con Tortellà y Besalú, fue también lugar de peaje para mercancías y ganado.

Su silueta, fina y poderosa, resume la inteligencia de una arquitectura que emplea la propia garganta como cimiento. No necesita torres, esculturas ni ornamentos. Toda su monumentalidad procede de la proporción del arco, de la textura irregular de la piedra y de la audacia con la que salva el vacío.

Desde la carretera de Sadernes se puede descender hasta el río, donde el baño es posible durante los meses más cálidos. La imagen resulta extraordinaria: agua transparente sobre piedra caliza, encinas y pinos cerrando el horizonte y el gran arco reflejado en la superficie. El Ayuntamiento de Tortellà señala expresamente la posibilidad de bajar hasta el cauce y bañarse en verano.

Es uno de esos lugares en los que el silencio solo se rompe por las voces de los bañistas y el roce del agua contra la roca. El Llierca, sin embargo, posee un régimen torrencial y puede reaccionar con violencia después de lluvias intensas. Tampoco debe confundirse esta poza con otros puntos protegidos de la Alta Garrotxa, como el Gomarell, donde el baño está expresamente prohibido.

Durante parte de la temporada alta, el aparcamiento del Pont de Llierca exige reserva previa. La medida busca limitar la presión sobre el espacio natural, ordenar la llegada de vehículos y financiar los servicios de acogida y vigilancia. Conviene efectuarla antes de salir, pues en la zona puede no haber cobertura de datos.

El pueblo más cercano, Tortellà, conserva la escala tranquila de las poblaciones prepirenaicas. En su plaza destaca la iglesia de Santa Maria, reconstruida en el siglo XVIII sobre un templo anterior, y alrededor aparecen casas de piedra, talleres y caminos que conducen hacia el territorio abrupto de Sadernes.

Para comer, la Garrotxa ofrece una de las cocinas rurales más reconocibles de Cataluña: patatas de Olot, judías de Santa Pau, farro de maíz, embutidos, caracoles y guisos de jabalí. Es una gastronomía nacida de suelos volcánicos, bosques húmedos y largas estaciones frías. Después del baño, una mesa de cocina volcánica devuelve al cuerpo el calor que el Llierca se ha llevado.


5.- Vadocañas: un puente renacentista en el Cabriel más salvaje

Entre Cuenca y Valencia, el Cabriel actúa a la vez como río, frontera y corredor ecológico. En la Ribera de Vadocañas, lejos de los grandes núcleos urbanos, aparece uno de los puentes de un solo arco más formidables de la península. Construido en el siglo XVI con sillería cuidadosamente labrada, mide alrededor de ochenta metros de longitud y abre sobre el agua un ojo de unos treinta y tres metros de luz. Por él pasaron carruajes, rebaños y mercancías entre Castilla y Aragón; también funcionó como aduana en el viejo camino que comunicaba Madrid y La Mancha con Valencia.

Aquí el lujo no consiste en los servicios, sino precisamente en su ausencia. Hay que llevar agua potable, calzado apropiado, protección solar y retirar todos los residuos. También conviene comprobar previamente los accesos y las condiciones del río. Se trata de un espacio protegido y cualquier tormenta puede alterar el cauce, acumular ramas o cambiar la profundidad de los remansos.

El enclave se reparte entre los términos de Iniesta y Venta del Moro. Iniesta aporta el patrimonio más monumental: un torreón islámico del siglo XI, un ayuntamiento renacentista adosado a la antigua muralla, casas solariegas con escudos y una singular plaza de toros excavada en la roca. Venta del Moro, por su parte, mira hacia la cultura del vino y hacia las Hoces del Cabriel.

La mesa puede inclinarse hacia cualquiera de las dos orillas: gazpacho manchego, morteruelo, ajoarriero, caldereta de cordero o embutidos de Requena, acompañados por un tinto de uva bobal de las denominaciones Manchuela o Utiel-Requena.


 

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