DE CUÉLLAR A FUENTIDUEÑA, SECRETOS DEL EJE PATATERO
Hay carreteras que conducen a un monumento, a una playa o a un paraje singular. Y luego están las carreteras que parecen trazadas para seguir el rastro de esos pueblos que tiene en la tierra su patrimonio. Aquí la patata no necesita campañas publicitarias, ni fotografías con cocineros de barba geométrica. Le basta con salir de la tierra limpia y con esa saludable falta de pretensiones que caracteriza a los alimentos verdaderamente importantes.

Entre Cuéllar y Fuentidueña se extiende un territorio de pinares, páramos, vegas y pueblos pequeños donde la agricultura continúa marcando las estaciones. La patata comparte protagonismo con el cereal, las hortalizas, la ganadería y, en algunos lugares, la viña; pero durante generaciones ha sido uno de esos cultivos capaces de pagar facturas, sostener casas y mantener las ruedas de los tractores en movimiento. La patata es tan importante como el trigo… Su calidad marca su valor.

Cuéllar es la puerta grande de esta ruta. Su castillo, sus murallas y sus iglesias mudéjares parecen preparados para un documental histórico, aunque la actividad cotidiana de la villa se entiende mejor mirando en dirección contraria: hacia los campos, los almacenes y las carreteras por las que entra y sale la producción agrícola.
Conviene empezar el día dando una vuelta por el castillo de los Duques de Alburquerque y por el recinto amurallado. Desde las zonas elevadas, el paisaje ayuda a comprender el viaje: una sucesión de tejados, pinares y terrenos cultivados que se prolongan hasta que la vista se cansa. El campo parece sencillo desde lejos. Luego uno recuerda que debajo de cada parcela hay decisiones sobre semillas, agua, tratamientos, precios, combustible y meteorología, y se le pasa la tentación de decir que la vida agrícola es tranquila.

Lovingos
La carretera hacia Lovingos abandona progresivamente el movimiento de Cuéllar. El tráfico disminuye, las rectas se alargan y las construcciones agrícolas aparecen junto a campos que cambian de color según la época: verdes intensos en primavera, ocres después de la cosecha y tierras oscuras cuando las máquinas acaban de trabajar.
Lovingos es uno de los pequeños núcleos dependientes de Cuéllar. Cualquier foto habla de tierras austeras, cielos amplios y actividades tradicionales que han resistido con más dignidad que habitantes. En Lovingos destaca especialmente la elevada torre de piedra de su iglesia, que actúa como faro para el viajero y probablemente también para algún tractor desorientado.
Aquí no hay que buscar una lista interminable de monumentos. El atractivo consiste precisamente en detenerse, caminar por las calles y escuchar ese silencio rural que nunca es un silencio completo: una puerta metálica, un perro que considera sospechoso cualquier vehículo desconocido, el motor de una máquina a lo lejos y dos vecinos manteniendo una conversación desde una distancia que en la ciudad exigiría teléfono. Y posiblemente te puedas encontrar en el bar a la tarde con Víctor, que sabe todo sobre la patata y sus virtudes.

La patata aparece en esta comarca menos como reclamo turístico que como parte de un sistema de vida. No hay una estatua gigantesca del tubérculo ni un parque temático con montaña rusa en forma de surco. Hay algo más auténtico: fincas, naves, remolques y familias que conocen por experiencia la diferencia entre una buena campaña y otra que obliga a hacer números con la calculadora en modo pesimista.

A pocos kilómetros se encuentra Fuentes de Cuéllar, cuyo nombre ofrece una pista bastante clara. Aquí las fuentes y el agua forman parte de la identidad local. Se conservan la fuente de los Caños y los antiguos lavaderos, situados en una zona arbolada que invita a detener el coche y estirar las piernas. La iglesia parroquial constituye otra de las referencias del núcleo, integrado históricamente en la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar.
El agua es la coprotagonista secreta de cualquier historia patatera. Sin ella, el tubérculo no pasa de proyecto. Con demasiada, también se complica. El agricultor vive así pendiente del cielo, del suelo y del riego, una relación sentimental a tres bandas que rara vez termina sin discusiones.

Desde Fuentes continuamos hacia Olombrada – con erre y con eme, aunque el nombre se resista ocasionalmente a los navegadores –, municipio situado entre Cuéllar y la Tierra de Fuentidueña. La localidad está rodeada por una red de pueblos próximos: Lovingos y otras pedanías cuellaranas al oeste; Vegafría, Membibre y Fuentesaúco hacia el este.
Su propio nombre parece estar relacionado con las numerosas bodegas subterráneas que horadan el terreno. En documentos medievales aparece con formas antiguas como Forumtada o Forambada, asociadas a la idea de una tierra agujereada. Es una explicación muy castellana: mientras en otros lugares se construye hacia arriba para presumir, aquí se excavaba hacia abajo para guardar vino.
Las bodegas introducen otro personaje en el viaje. Porque la patata es prudente, pero tampoco pretende que la comamos siempre con agua. El paisaje agrícola de Olombrada ha combinado históricamente cereal, legumbres, viñedo y ganadería. Hoy, como en buena parte del norte segoviano, la especialización convive con la diversificación: quien depende del campo aprende pronto que no conviene apostar todo a una sola carta, aunque esa carta venga en sacos de veinticinco kilos.
Una parada junto a la iglesia y un paseo por el casco urbano permiten tomarle el pulso al pueblo. Después regresamos al coche. El navegador anuncia pocos kilómetros hasta Vegafría y adopta ese tono satisfecho de quien no tiene que conducir detrás de un tractor. Eso nos llevará a Vegafria,

La siguiente parada es Fuentesaúco de Fuentidueña, nombre que ocupa media señal de tráfico y obliga al diseñador a reducir el tamaño de letra. Hasta el siglo XX fue conocido simplemente como Fuente Saúco, en referencia a sus fuentes naturales y a la abundancia histórica de saúcos junto a los cursos de agua.
Entre los elementos patrimoniales destacan la iglesia de Santo Domingo de Silos, de origen románico, la ermita del Santo Cristo del Humilladero y la popular fuente de los Tres Arcos, canalizada a comienzos del siglo XX y utilizada durante años para abastecimiento, lavadero y abrevadero.
Desde Fuentesaúco tomamos la carretera hacia Calabazas de Fuentidueña. La lógica gastronómica de la ruta comienza a ser impecable: hemos pasado por las patatas y llegamos a las calabazas. Calabazas aparece documentada ya en el siglo XIII con el nombre de Calabaças. Su topónimo puede aludir al cultivo o al lugar de procedencia de quienes repoblaron la zona desde territorios situados al norte del Duero. Forma parte de la histórica Comunidad de Villa y Tierra de Fuentidueña, una organización castellana surgida durante la repoblación medieval.
El caserío se dispone en una suave hondonada y asciende hacia la iglesia parroquial, que conserva varios retablos barrocos. En las afueras se encuentra la ermita de San Roque. Es una localidad diminuta, de las que obligan a revisar nuestra idea de lo que significa un municipio: unas cuantas calles, una iglesia, campos alrededor y una identidad mucho más resistente de lo que sugieren las estadísticas.
En estos pueblos, la patata no ha sido únicamente un producto. Ha sido una forma de permanecer. Cada campaña movilizaba familias, vehículos, almacenes y jornales. El cultivo obligaba a coordinar la siembra, el riego, los tratamientos, la extracción y la venta. Bajo una apariencia sencilla se escondía – y se esconde – una cadena logística completa. La patata puede llegar a la mesa sin hacer ruido, pero antes ha movido bastante más maquinaria que muchos proyectos de ingeniería.

El viaje termina en Fuentidueña, a solo unos kilómetros de Calabazas. La llegada cambia por completo el paisaje. El río Duratón se encaja entre las laderas y la villa aparece escalonada sobre el valle, coronada por restos de murallas y edificios históricos. Su nombre se interpreta como “señora de las fuentes”, una alusión a la abundancia de manantiales que caracteriza el lugar. Su recinto amurallado y su aire señorial nos dice mucho de una posible parada.

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