AISLADOS EN AGUA DULCE

CUATRO VIAJES POR LA ESPAÑA QUE SE OLVIDÓ DEL MAR

No tienen cocoteros, ni arrecifes, ni barcos de crucero esperando frente a la costa. Algunas ni siquiera figuran con claridad en los mapas turísticos. Sin embargo, las islas de agua dulce poseen una extraña capacidad para despertar la imaginación. Surgen en mitad de un río, una laguna o un embalse como pequeños países independientes, separados del mundo por apenas unos metros de agua. Para llegar a ellas hay que caminar entre pasarelas, remar, esperar a que baje el nivel del pantano o, sencillamente, conformarse con contemplarlas desde la orilla.

España está llena de estos territorios mínimos. Unas islas nacieron de manera natural, moldeadas por las corrientes; otras aparecieron cuando una presa inundó valles, caminos y aldeas. Las hay privadas y salvajes, habitadas por castillos, cubiertas por bosques o compartidas diplomáticamente con otro país. Algunas aceptan bañistas y excursionistas; otras prefieren conservar su misterio. No son las únicas. La isla de Los Faisanes, la isla Centinela, etc…


1.- Isla de Valdecañas: la Extremadura que juega a ser Mediterráneo

En el embalse de Valdecañas, donde el Tajo se ensancha hasta adquirir modales de gran lago, aparece una isla que parece llegada de un catálogo de vacaciones. El paisaje mezcla agua, dehesa, monte bajo y cielos tan amplios que obligan a bajar la voz. Estamos en el nordeste de Cáceres, cerca de El Gordo y Berrocalejo, en una Extremadura que durante buena parte del año huele a jara, encina caliente y tierra seca.

La llamada isla de Valdecañas quedó definida por las aguas del embalse construido en la década de 1960. Su imagen, sin embargo, resulta poco convencional: durante años ha estado asociada a un complejo residencial y deportivo con viviendas, campo de golf, embarcaderos y zonas ajardinadas. Esa ocupación provocó una larga controversia urbanística y medioambiental. Por eso no debe presentarse como un paraíso silvestre de acceso libre, sino como un territorio singular cuya historia reciente explica algunos de los grandes conflictos españoles entre desarrollo turístico, protección de la naturaleza y legalidad urbanística.

El verdadero espectáculo está en el entorno. El embalse forma parte de un corredor de enorme interés para las aves: grullas, garzas, cigüeñas, rapaces y numerosas especies acuáticas encuentran alimento y refugio entre sus orillas. El mejor plan consiste en recorrer despacio las carreteras locales, detenerse en los miradores naturales y observar cómo cambia el paisaje con el nivel del agua.

Muy cerca aguarda uno de los grandes secretos arqueológicos de Extremadura: los restos romanos de Augustóbriga. Las columnas del templo conocido como Los Mármoles fueron trasladadas antes de la inundación y hoy permanecen junto a la carretera como el decorado de una película sobre un imperio perdido. Hacia el norte, la comarca del Campo Arañuelo permite prolongar la escapada entre pueblos tranquilos, embalses y dehesas. Y para comer, la geografía manda: migas, quesos, cordero, productos del cerdo ibérico y recetas de cuchara. Valdecañas no es la isla del náufrago; es la isla del viajero curioso que quiere entender cómo un río, una presa y una ambición turística pueden transformar un territorio.


2.- Isla del Pan: un espejismo entre lagunas, carrizos y castillos

El nombre ya invita a quedarse. Isla del Pan suena a refugio de cuento, a lugar donde nadie pasa hambre y las meriendas se alargan hasta que empieza a caer el sol. Se encuentra en el territorio acuático de la cabecera del Guadiana, dentro del gran paisaje manchego articulado por las Lagunas de Ruidera y el entorno del embalse de Peñarroya. Aquí el agua parece haberse equivocado de provincia: en mitad de una llanura famosa por su sequedad aparecen lagunas escalonadas, manantiales, carrizales y manchas de vegetación que refrescan hasta la mirada.

No es una isla caribeña trasladada a Ciudad Real, aunque durante el verano algunas orillas, con sus aguas claras y sus zonas de baño, puedan alimentar la confusión. Se trata de uno de esos pequeños relieves que quedan rodeados o individualizados por el agua y cuyo aspecto cambia con el nivel hídrico. Su atractivo no reside únicamente en alcanzar un punto concreto, sino en contemplar el mosaico formado por canales, lagunas, manchas de carrizo y riberas.

El Parque Natural de las Lagunas de Ruidera es el gran argumento del viaje. Sus lagunas se enlazan mediante desniveles, cascadas y barreras de origen travertino, creando uno de los sistemas lacustres más sorprendentes de la península. Se puede caminar, navegar en las zonas autorizadas, practicar kayak, observar aves o buscar una orilla tranquila para leer mientras el resto de la familia discute sobre quién olvidó la crema solar.

Al final del sistema se levanta el castillo de Peñarroya, encaramado sobre una roca junto a la presa. La fortaleza, de origen medieval, vigilaba antiguos caminos y hoy ofrece una de las imágenes más fotogénicas de La Mancha. También merece la pena visitar Argamasilla de Alba, vinculada al universo cervantino, y acercarse a las cuevas y parajes asociados al nacimiento del Guadiana Alto. La cocina completa el paisaje con gachas, pisto, queso manchego, duelos y quebrantos y platos de caza. Isla del Pan es, en definitiva, la excusa perfecta para descubrir que La Mancha también sabe hablar el idioma del agua.


3.- Ínsuas do Miño: la selva fluvial de Lugo

En Galicia una isla no siempre se anuncia con arena. A veces se esconde bajo robles, alisos, sauces y helechos; se desdibuja entre la niebla y permite que el río pase a ambos lados sin montar ningún escándalo. Las Ínsuas do Miño, cerca de Rábade, forman uno de esos paisajes vegetales donde el agua parece pensar en voz baja.

El conjunto está integrado por las ínsuas de San Roque, Cela y Trabanca, pequeños territorios fluviales modelados por el Miño. Se encuentran dentro de la Reserva de la Biosfera Terras do Miño, un espacio de más de 365.000 hectáreas donde conviven bosques, humedales, explotaciones tradicionales y núcleos rurales. Las islas conservan bosques de ribera y zonas encharcadas que proporcionan refugio a aves acuáticas, anfibios, peces y numerosos invertebrados.

La visita debe plantearse como una inmersión pausada. Desde el centro de interpretación de las Ínsuas do Miño (https://www.aprendenaturaleza.org/insuas-do-mino) parte un sendero ribereño que permite aproximarse a este ecosistema y comprender su funcionamiento. Aquí no se viene a coleccionar monumentos, sino a prestar atención: una garza que despega, el ruido de una rama, las huellas en el barro, el reflejo de un aliso o la corriente abriéndose paso entre las raíces.

Rábade funciona como puerta de entrada, pero conviene ampliar la ruta. En Outeiro de Rei se encuentra la casa museo de Manuel María, una de las grandes voces de la literatura gallega contemporánea. En las proximidades también aparecen molinos, antiguas herrerías y conjuntos etnográficos que recuerdan hasta qué punto el Miño organizó durante siglos la economía local. Lugo capital queda a poca distancia, con su muralla romana —Patrimonio Mundial—, la catedral, el puente romano y ese talento lucense para convertir una sucesión de tapas en una cena completa.

La gastronomía ofrece caldo gallego, empanadas, quesos, carne de vacuno, truchas y postres tradicionales. Pero el producto esencial es el paisaje. Las Ínsuas do Miño demuestran que una isla puede ser una pausa dentro del río: un lugar donde los árboles, las aves y el agua han aprendido a convivir sin necesitar demasiadas explicaciones.


4.- Zuhatza: la isla donde Álava se pone el bañador

El embalse de Ullíbarri-Gamboa es uno de los grandes mares interiores del País Vasco. Abastece de agua a una parte importante de la población vasca, sirve de refugio para aves y, cuando llega el buen tiempo, se convierte en territorio de bicicletas, piraguas, veleros y familias que buscan una playa sin tener que atravesar medio país. En ese escenario aparece Zuhatza, una isla verde concebida como espacio de actividades y educación ambiental.

Durante décadas ha funcionado como destino de campamentos y programas juveniles. La llegada suele realizarse por agua y ese pequeño trayecto basta para provocar la sensación de expedición. Una vez en tierra, el paisaje se reparte entre arbolado, praderas, instalaciones de alojamiento y zonas destinadas a deportes náuticos y actividades colectivas. No es una isla urbana ni un enclave para visitar sin planificación: su uso está organizado y conviene consultar previamente las condiciones de acceso, las temporadas y los programas disponibles.

El embalse permite completar la experiencia mediante rutas ciclistas y senderos junto a la orilla. El anillo verde que rodea buena parte del agua pasa por playas interiores como Garaio y por humedales de gran valor ecológico. Muy cerca, el Parque Ornitológico de Mendixur (https://mendixur.com/parque-ornitologico/) permite observar aves desde itinerarios y observatorios sin perturbarlas. Somormujos, garzas, ánades y numerosas especies migratorias hacen escala en este paisaje, bastante más internacional de lo que aparenta.

Vitoria-Gasteiz se encuentra a poca distancia y aporta el contrapunto urbano: casco medieval, catedral de Santa María, murales, parques y una cultura gastronómica que convierte cualquier paseo en una sucesión de pintxos. También se puede visitar el santuario de Estíbaliz o recorrer los pueblos de la Llanada Alavesa.

Zuhatza posee la virtud de las vacaciones escolares bien entendidas: madera, agua, deporte, noches compartidas y la sospecha de que la ducha puede esperar un poco. Es una isla para recuperar la alegría elemental de remar, pedalear y volver a tierra con hambre. Porque Álava, cuando quiere, también sabe ponerse sandalias.


 

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