HOCES DEL RIAZA, LOS BUITRES VIGILAN EL VIÑEDO SEGOVIANO

Hay viajes que no necesitan grandes distancias para parecer remotos. Basta con tomar la carretera hacia el nordeste de Segovia, dejar atrás la llanura cerealista, cruzar pueblos de piedra clara y avanzar hacia ese territorio en el que Castilla cambia de tono: menos meseta infinita y más cortado, menos horizonte plano y más sorpresa geológica. Allí, donde Segovia roza Burgos y mira de reojo a Soria, el río Riaza ha excavado uno de los paisajes más rotundos y silenciosos de la provincia: las Hoces del Río Riaza, un parque natural de 5.145 hectáreas donde el agua, la caliza, los buitres y los pueblos han aprendido a convivir con una sobriedad casi perfecta. Un lugar único que parece no querer darse a conocer. El nuevo KGM Torres es perfecto para recorrer estas carreteras.

La propuesta tiene algo de viaje clásico y algo de escapada contemporánea: entrar por Montejo de la Vega de la Serrezuela, seguir el pulso del río, detenerse en los pueblos que lo custodian y salir por Maderuelo, una de esas villas que parecen colocadas a propósito para despedir el día con una postal medieval sobre el embalse de Linares. Como compañero de ruta, el nuevo KGM Torres encaja de manera natural en este escenario: un SUV de presencia robusta, vocación familiar y actitud campera, pensado para alternar autovía, carreteras secundarias, pistas sencillas, equipaje abundante y fines de semana en los que el destino no siempre está al final de una carretera perfecta.

Montejo de la Vega de la Serrezuela no se visita con prisa. Se llega a él como se llega a los lugares importantes: bajando la velocidad, mirando a los lados, entendiendo que aquí el paisaje no es decorado sino argumento. El pueblo funciona como puerta natural de entrada al parque y como primer contacto con una Segovia distinta, más áspera, más escondida, menos monumental en apariencia y más profunda en su relación con la tierra.

Conviene empezar en la Casa del Parque, donde el visitante entiende que las Hoces del Riaza no son solo un cañón bonito para caminar, sino un territorio delicado, regulado y vivo. Aquí se explican las rutas, los permisos, los ecosistemas, la importancia de las aves rupícolas y la historia de un río que ha construido, a lo largo de siglos, un corredor natural entre vegas fértiles, páramos de sabina y farallones calizos. También se comprende algo esencial: este viaje no va de conquistar un paisaje, sino de escucharlo.

En Montejo, el KGM Torres empieza a justificar su papel. Su puesto de conducción elevado permite leer bien la carretera, anticipar cambios de rasante, ver los accesos a caminos y aparcamientos, y disfrutar de esa sensación de control que se agradece en una comarca de carreteras estrechas y horizontes abiertos. No se trata de hacer todoterreno extremo – ni falta que hace –, sino de tener un coche cómodo, seguro y polivalente para moverse con soltura entre pueblos, miradores, pequeñas áreas de descanso y accesos rurales.

La estética del Torres, con líneas rectas, frontal poderoso y una imagen más aventurera que urbana, parece pensada para este tipo de escapada. No es un SUV que quiera pasar desapercibido en una calle comercial; es un coche que gana sentido al fondo de un camino, junto a una fuente, cargado con mochilas, prismáticos, chaquetas, botas, una cesta de picnic y ese equipaje inevitable de quienes viajan con familia: agua, mantas, cargadores, cámara, comida, juguetes, ropa de abrigo “por si acaso” y alguna bolsa más de la cuenta. ¿Quién da más?

Desde Montejo, Riaza empieza a contar su historia. El parque se entiende como una sucesión de tres escenarios. Primero, hacia Montejo, aparece la vega fértil: el río se abre paso con cierta calma, acompañado de vegetación de ribera, suelos cultivables y una luz más amable. La bodega de Severino Sanz (https://bodegaseverinosanz.es/) es un buen lugar para conocer su manera de entender el enoturismo.

Después, entre el arroyo de El Casuar y la presa de Linares del Arroyo, el terreno se vuelve más teatral: la caliza se levanta, el cauce se encaja y el paisaje se transforma en un cañón de paredes verticales, repisas, oquedades y vuelos circulares de rapaces. Por último, hacia Maderuelo, el relieve se suaviza de nuevo y el embalse de Linares introduce una imagen inesperada: agua quieta, reflejos, piedra medieval y una sensación de frontera.

Esa progresión convierte la ruta en un pequeño relato de naturaleza castellana. No hay grandes artificios turísticos ni necesidad de adornar demasiado lo que ya tiene fuerza por sí mismo. Las Hoces del Riaza funcionan porque son exactas: un río, un cañón, un puñado de pueblos, aves planeando sobre los cortados y una carretera que invita a ir despacio.

No hace falta convertir cada escapada en una aventura de catálogo. A veces la verdadera polivalencia consiste en algo más sencillo: salir el viernes con el coche cargado, llegar sin cansancio, aparcar en un pueblo pequeño, caminar durante horas, volver con barro en las botas, meterlo todo en el maletero sin discutir con el espacio y regresar el domingo por la tarde con la sensación de que el coche ha estado siempre a la altura.

Siguiendo el curso del parque aparece Valdevacas de Montejo, uno de esos nombres que obligan a mirar el mapa y a entender la comarca no como una sucesión de destinos famosos, sino como una red de pequeñas presencias. En estos pueblos segovianos no hay exceso: hay piedra, silencio, eras, campos, memoria agrícola y una relación directa con el paisaje. Son lugares para caminar sin programa, para escuchar campanas, para ver cómo cambia el color de las fachadas según la hora y para entender que la belleza rural no siempre necesita plazas perfectas ni monumentos espectaculares.

Valdevacas representa bien esa Segovia que mira al Riaza sin hacer ruido. Su valor está en la escala: casas bajas, entorno limpio, caminos que salen hacia el campo y una sensación de vida pausada que contrasta con la velocidad con la que solemos consumir los viajes. Aquí el Torres cambia de registro. Deja de ser solo el coche de carretera y se convierte en base móvil: un lugar donde dejar mochilas, reordenar planes, consultar la ruta, descansar un momento o preparar la siguiente parada.

El cañón calcáreo y el reino de las aves

El tramo más espectacular de las Hoces del Riaza se encuentra donde el río se encaja entre paredes calizas. Aquí el paisaje cambia de lenguaje. La vega deja paso al cortado, la carretera se vuelve más contemplativa y el cielo adquiere protagonismo. Porque en las Hoces se mira mucho hacia arriba. Sobre las paredes del cañón planean buitres leonados, alimoches, rapaces y aves de roquedo que han convertido este lugar en un santuario natural. Su vuelo lento, circular, aparentemente inmóvil, da al paisaje una dimensión casi primitiva.

La escena tiene algo hipnótico. Uno puede quedarse largo rato observando cómo las aves aprovechan las corrientes térmicas, cómo aparecen y desaparecen junto a la pared, cómo el cañón parece respirar con ellas. La escala humana se reduce. El visitante se siente invitado a bajar la voz. Esa es una de las virtudes de las Hoces del Riaza: educan sin sermonear. Basta con estar allí para entender que ciertos lugares necesitan respeto, distancia y una forma de turismo más cuidadosa.

En este punto conviene recordar que algunas sendas pueden requerir permiso durante periodos sensibles, especialmente por la temporada de cría de aves. No es una molestia burocrática; es parte del pacto con el territorio. Las Hoces del Riaza han llegado hasta aquí por una larga tradición de conservación, vigilancia y respeto por las especies que encuentran refugio en sus paredes. Viajar bien por este parque implica informarse antes, seguir las indicaciones, no salirse de los caminos autorizados y aceptar que la naturaleza no siempre se adapta al calendario del visitante.

Honrubia de la Cuesta, la Segovia que se asoma al norte

Aunque el corazón administrativo del parque se concentra en Montejo, Valdevacas y Maderuelo, la ruta gana profundidad si se amplía la mirada hacia otros pueblos de esta Segovia norteña que comparte paisaje, clima y carácter con la ribera del Riaza y su entorno. Honrubia de la Cuesta es uno de esos nombres que merece entrar en el cuaderno de viaje. Situado en una comarca donde la piedra, la vid, el cereal y los caminos antiguos dialogan constantemente, Honrubia representa esa transición entre la Segovia más serrana y la Segovia que empieza a respirar aires de Ribera.

No es un destino de masas, y ahí está precisamente su encanto. Honrubia invita a conducir sin urgencia, a detenerse en sus calles, a mirar el perfil de la iglesia, a entender cómo estos pueblos han crecido mirando al campo y resistiendo el paso del tiempo con una naturalidad que no necesita maquillaje. Los vinos de Bodega Maestre (https://bodegasmaeste.com/es/home/) son buenos aliados para un picnic si paramos en este pueblo Segoviano.

Y claro que la salida natural de este recorrido es Maderuelo. Y pocas despedidas hay más cinematográficas en la provincia de Segovia. Después del cañón, Maderuelo ofrece una calma distinta: más abierta, más luminosa, con el reflejo del embalse multiplicando la escena.

Entrar en Maderuelo al final de la tarde es entender por qué ciertos pueblos no necesitan presentación. El acceso ya prepara al viajero: el puente, el agua, la piedra, las pendientes, la sensación de estar llegando a una isla castellana. Una vez dentro, conviene caminar sin plan cerrado. La villa invita a perderse por sus calles, asomarse a sus vistas, observar el embalse y dejar que el tiempo haga su trabajo. Maderuelo tiene esa cualidad de los lugares bien conservados: parece pequeño al llegar, pero se ensancha en la memoria.

Frente a la Segovia monumental de Acueducto, Alcázar y calles llenas, las Hoces del Riaza ofrecen una Segovia menos obvia, pero no menos poderosa. Es la provincia que mira al norte, que se acerca a Burgos y Soria, que mezcla cereal, roca, río y memoria. Una Segovia de pueblos pequeños y cielos enormes, de carreteras tranquilas y paisajes que no necesitan filtros.

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