SIETE CASTILLOS SECRETOS DE SORIA

Una semana en la frontera, con leyendas y piedras que aún hablan

Hay una Soria que se anuncia con grandes monumentos y otra que prefiere guardar silencio. Esta última se esconde al final de carreteras secundarias, en pueblos donde las campanas todavía dividen el día y los castillos no tienen taquilla, audioguía ni tienda de recuerdos. Son fortalezas incompletas, heridas por el tiempo, pero precisamente por eso conservan una autenticidad difícil de encontrar en los monumentos demasiado perfectos.

Cada jornada tiene, además, su propio personaje: un señor feudal, un guerrero, un mercader, un escritor o una figura legendaria que ayudará a escuchar lo que cuentan las piedras.


Día 1. Caracena: el castillo que vigila tres barrancos

Caracena no aparece de golpe. Se va revelando poco a poco, encajada entre desfiladeros de roca caliza, como si el paisaje hubiese decidido esconderla de los ejércitos y, siglos después, también de los turistas. La villa fue cabeza de una Comunidad de Villa y Tierra que llegó a reunir una veintena de aldeas. Su posición entre San Esteban de Gormaz y Atienza la convirtió en un enclave fundamental durante los siglos en los que la frontera entre los territorios cristianos y musulmanes avanzaba y retrocedía por estas tierras. El castillo actual conserva un doble recinto fortificado, foso, cubos defensivos, aljibes y una poderosa torre del homenaje. La fortaleza de origen altomedieval fue profundamente reconstruida a finales del siglo XV.

Para llegar hasta ella hay que caminar desde el pueblo y ganar altura por el cerro. Arriba, el viento se cuela entre los muros y los barrancos de los Pilones y de las Gargantas se abren a ambos lados. Entonces se comprende que Caracena no necesitaba presumir de murallas: la propia geografía ya era una fortificación.

Pero el castillo es solo el principio. Abajo esperan el puente medieval, el rollo jurisdiccional, los restos del hospital y de la cárcel y dos iglesias románicas. La de San Pedro posee una magnífica galería porticada con siete arcos, capiteles poblados por animales fantásticos y una extraordinaria columna de fustes entrelazados.

En las cercanías: conviene recorrer a pie una parte del cañón de Caracena y acercarse al yacimiento arqueológico de Tiermes, ciudad celtíbera y romana excavada en la roca. También merece la pena detenerse en Valderromán para contemplar su carrasca centenaria, que supera los diecisiete metros de altura.


Día 2. Rello: una isla medieval sobre el Escalote

Rello parece un navío de piedra detenido sobre una muela rocosa. Desde lejos, sus murallas se confunden con los cortados y solo la torre del homenaje delata que allí arriba existe un pueblo.

Se entra en la villa atravesando una de sus puertas históricas, bajo el escudo de Lorenzo Suárez de Mendoza, conde de Coruña. Dentro esperan calles breves, casas de piedra, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y una plaza en la que se conserva uno de los objetos más singulares de Soria: el llamado rollo de hierro, realizado con una antigua bombarda de los siglos XV o XVI a la que se añadieron cinco argollas.La muralla procede del siglo XII y fue reformada en el XVI. En uno de sus extremos se encuentran los restos del castillo, levantado entre los siglos XV y XVI, del que sobreviven la torre del homenaje y el aljibe. Bajo las defensas aparece la Torre del Agua, una construcción cilíndrica relacionada con la captación de agua del río Escalote.

El personaje: Almanzor, entre la historia y la leyenda. A unos tres kilómetros, junto al camino de Caltojar, se levanta la atalaya del Tiñón. La tradición cuenta que Almanzor se refugió allí después de resultar herido en la batalla de Calatañazor. La historia real es más discutida, pero las leyendas no necesitan documentos: les basta una torre solitaria y una noche de niebla.

En las cercanías: se puede recorrer la hoz del río Escalote, visitar Caltojar y su iglesia románica de San Miguel o continuar hasta la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga, cuyo interior, sostenido por una gran columna en forma de palmera, constituye una de las sorpresas artísticas de la provincia. Berlanga de Duero queda también a una distancia razonable para terminar el día entre soportales, colegiata y murallas.


Día 3. Montuenga: dos torres sobre el camino del Jalón

Montuenga de Soria —no “de las Vicarías”, como a veces se confunde con Monteagudo— se encuentra en el corredor del Jalón, una de las grandes puertas naturales entre la Meseta y el valle del Ebro. Sobre el pueblo se levanta una cresta rocosa tan estrecha que el castillo parece haber crecido directamente de la piedra.

Quedan dos torres poligonales en los extremos del cerro, unidas por restos de lienzos defensivos. La fortaleza fue construida con mampostería y sillares en las esquinas, adaptándose por completo a la forma irregular de la elevación. El acceso es libre, aunque la subida exige prudencia: se trata de una ruina y no de un monumento acondicionado como un parque urbano.

Montuenga nunca necesitó ser un gran palacio. Su misión era observar. Desde aquí se controlaba el tránsito por el valle y la antigua vía que comunicaba Caesaraugusta con Emérita Augusta. Abajo pasaron soldados, comerciantes, recaudadores, peregrinos y viajeros

El personaje: Lucio, el mercader romano. Es una figura imaginaria, pero perfectamente posible: un comerciante que avanza con su carro hacia Caesaraugusta, cargado de aceite, cerámica y noticias. Al levantar la vista hacia el cerro comprende lo mismo que comprende el viajero actual: quien dominara esta garganta controlaba el camino.

En las cercanías: el valle del Jalón invita a visitar Arcos de Jalón y los restos de su castillo, además de recorrer los pequeños pueblos asentados entre paredones rojizos. También se puede llegar hasta el monasterio cisterciense de Santa María de Huerta, una joya medieval en la que destaca el gran refectorio de los monjes.


Día 4. Somaén: el castillo convertido en balcón

A poca distancia de Montuenga, Somaén demuestra que dos pueblos vecinos pueden contar historias completamente distintas. Sus casas rojizas ascienden por una ladera de arcillas y roquedales, formando una especie de anfiteatro sobre el Jalón. En lo alto, el castillo domina el caserío como la proa de un barco.

La fortificación se adaptó al espolón rocoso mediante una planta alargada, con torres en los extremos y lienzos de muralla entre ambas. La torre nororiental, de planta pentagonal, conserva un acceso de arco ojival. El conjunto fue reconstruido en el siglo XIV por Bernardo de Bearne, primer conde de Medinaceli, sobre una fortaleza anterior de los siglos XII o XIII.

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El personaje: Bernardo de Bearne. Noble de origen francés y primer conde de Medinaceli, representa la transformación del castillo primitivo en una residencia defensiva vinculada al poder señorial. Es fácil imaginarlo contemplando el Jalón y calculando cuántas jornadas separaban sus dominios de la corte.

En las cercanías: se puede recorrer el cañón del río Avenales, un itinerario sencillo de unos cuatro kilómetros, acercarse a la pequeña Chorronera que forma el Jalón a la salida del pueblo o visitar la iglesia de Nuestra Señora de la Visitación. A unos kilómetros espera Medinaceli, con su arco romano, su plaza porticada, el palacio ducal y un dédalo de calles estrechas situado a más de 1.200 metros de altitud.


Día 5. Monteagudo de las Vicarías: la elegancia en la Raya

Monteagudo no tiene un castillo, sino dos. El primero, conocido como castillo de la Recompensa, se alza dentro de la población y forma con la iglesia de Nuestra Señora de la Muela uno de los rincones medievales más hermosos y menos divulgados de Soria. El segundo es el castillo de la Raya o torre de Martín González, situado fuera de la villa, frente a la antigua frontera aragonesa.

El castillo principal fue levantado por los Hurtado de Mendoza a finales de la Edad Media. Posee planta pentagonal, torres de diferentes formas —circulares, cuadradas y poligonales—, puertas góticas defendidas por matacanes, adarve y camino de ronda. En su interior conserva parte de un elegante patio renacentista de doble galería. La villa mantuvo también murallas y una puerta almenada conocida como puerta de la Villa o del Arco.

Aquí la frontera tenía nombre propio: la Raya. El castillo exterior fue construido entre los siglos XII y XIII para vigilar los valles del Nágima y del Jalón. La tradición lo relaciona con Alfonso VIII y con su hombre de confianza, Martín González. Conserva restos de varias plantas, aljibe y un posible paso subterráneo.

El personaje: Bertrand du Guesclin. El célebre mercenario bretón recibió estas tierras en el siglo XIV como recompensa por los servicios prestados a Enrique II de Castilla. Su presencia resume perfectamente la Europa medieval: caballeros franceses, guerras castellanas, alianzas cambiantes y fortalezas entregadas como pago.


Día 6. Yanguas: mercaderes, dinosaurios y un castillo de tierra

El viaje cambia de paisaje y se dirige hacia Tierras Altas. Yanguas aparece entre montañas, cerca del Cidacos y de los caminos que comunican Soria con La Rioja. Sus calles empedradas, casas blasonadas y soportales recuerdan los tiempos en que la lana y el comercio daban vida a la villa.

El castillo fue construido entre finales del siglo XIV y comienzos del XV. A diferencia de otras fortalezas sorianas, no está hecho principalmente de grandes sillares, sino de tapial de tierra levantado mediante técnicas de encofrado. Conserva una planta cuadrangular, cuatro torreones en las esquinas y restos del patio central. Fue residencia de los señores de Yanguas y de Cameros y resultó incendiado durante la Guerra de la Independencia. Su acceso es libre.

El paseo debe continuar por la puerta del Río, que funcionó como aduana para cobrar el portazgo a las mercancías, la plaza Mayor porticada y la torre románica de San Miguel, resto de una iglesia desaparecida. Yanguas no es una escenografía medieval: es un lugar donde todavía se entiende cómo una villa controlaba caminos, mercados y rebaños.

El personaje: Miguel de Cervantes. En Don Quijote de la Mancha, los famosos yangüeses protagonizan uno de los encuentros menos afortunados del caballero y Sancho. No sabemos si Cervantes visitó la villa, pero convirtió su gentilicio en literatura universal. Desde entonces, Yanguas carga con la divertida paradoja de ser un pueblo diminuto conocido por millones de lectores.


Día 7. Vozmediano: donde el agua nace con estrépito

La semana termina bajo la silueta del Moncayo. Vozmediano está construido en pendiente, con las casas apiñadas bajo un castillo levantado sobre grandes peñascos. Fue una posición estratégica disputada por Castilla, Aragón y Navarra, además de formar parte, siglos antes, de la frontera entre cristianos y musulmanes.

La fortaleza reúne etapas diversas. La torre del homenaje tuvo una puerta elevada y en una de sus jambas se reutilizó una inscripción romana. Los distintos recintos muestran ampliaciones y reformas posteriores. Hoy el interior alberga el cementerio de la localidad, una reutilización que añade al lugar una atmósfera solemne: el castillo que protegió a los vivos custodia ahora a los muertos.

Sin embargo, el gran prodigio de Vozmediano no se encuentra arriba, sino a unos doscientos metros del pueblo. Allí nace el Queiles, brotando con estrépito de una sima. Su caudal medio ronda los 1.500 litros por segundo y puede duplicarse en invierno. El agua aparece de golpe, blanca y poderosa, como si el Moncayo hubiera decidido abrir una puerta secreta en la roca.

El personaje: Gustavo Adolfo Bécquer. El poeta y su hermano Valeriano encontraron en las tierras del Moncayo un territorio de monasterios, brumas, fuentes y leyendas. Aunque su residencia soriana estuvo vinculada especialmente a Noviercas, su espíritu literario parece acompañar estos paisajes. Vozmediano podría formar parte de una de sus narraciones: hay un castillo, una montaña, un cementerio y un río que nace con un rugido. Poco más necesita una leyenda.


 

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