CINCO PUEBLOS DE SEGOVIA PARA VIAJAR CON APETITO
El paisaje primero, la despensa después
Hay viajes que empiezan frente a un monumento y otros al abrir una bolsa de patatas fritas. En Segovia, ambas posibilidades caben en la misma escapada. Detrás de una miel, un embutido, un dulce o un pescado ahumado aparecen paisajes, oficios familiares y pueblos empeñados en no quedarse fuera del mapa. Esta ruta enlaza cinco localidades vinculadas a Alimentos de Segovia. Pero aquí no se viaja únicamente para comprar: se viene a caminar, mirar y escuchar.
1.- Sangarcía: memoria arriera con aroma de humo

Sangarcía se presenta sin levantar la voz. Está en esa llanura segoviana de horizontes anchos donde el cielo ocupa más espacio que la tierra y las carreteras secundarias invitan a bajar la velocidad. Al llegar, lo primero no es buscar una tienda, sino dejar el coche y caminar. La localidad conserva la escala amable de los pueblos agrícolas: casas tradicionales, calles serenas y una plaza en la que todavía resulta fácil imaginar carros, animales y mercancías.
No es una fantasía. Sangarcía mantiene viva su memoria arriera y celebra una feria dedicada a quienes transportaban productos y noticias de un territorio a otro; las redes sociales de Castilla, aunque con más polvo y menos prisa. El paseo debe acercarse a la iglesia de San Bartolomé y continuar sin itinerario rígido. Una portada, un patio entrevisto o los campos al final de una calle cuentan mejor el pueblo que cualquier catálogo.

Solo después aparece Ahumados Perser https://www.alimentosdesegovia.es/directorios/ahumados-perser/), productor integrado en Alimentos de Segovia. Sus elaboraciones de pescado ahumado introducen un inesperado perfume marino en plena meseta. Ese contraste forma parte del atractivo: productos del mar trabajados en un paisaje de cereal. No se trata de convertir Sangarcía en una lonja imaginaria, sino de comprender cómo un oficio contemporáneo puede asentarse en el medio rural y añadir una identidad nueva a otra mucho más antigua.
2.- El Espinar: granito, pinares y una pastelería centenaria

En El Espinar cambia por completo el decorado. La provincia se inclina hacia la sierra de Guadarrama y el aire adquiere olor a pino. El municipio, compuesto por El Espinar, San Rafael, La Estación y Los Ángeles de San Rafael, ha sido históricamente lugar de paso entre la meseta y Madrid. Sin embargo, tratarlo como una simple parada de carretera sería perderse lo mejor.
En el casco, la iglesia de San Eutropio impone su presencia de granito. Conviene rodearla y dejarse llevar después por unas calles donde la arquitectura serrana y algunos edificios señoriales hablan de una localidad próspera. El antiguo convento de Santa Isabel añade otra capa histórica.

Al regresar toca sustituir el aroma de resina por el de mantequilla y manzana. Pastelería Yagüe (https://www.alimentosdesegovia.es/directorios/pasteleria-yague/), fundada en 1921, es una de esas direcciones cuya historia está detrás del mostrador. Sus pasteles de crema y su célebre tarta de manzana han pasado de generación en generación. La casa prepara además un calendario anual en el que cada mes tiene su dulce: una excelente excusa para regresar doce veces y una amenaza moderada para la fuerza de voluntad.
El Espinar siempre ha tenido algo de villa de veraneo y merienda después del paseo. Un trozo de tarta sabe mejor tras recorrer unos kilómetros de pinar. Es una ley no escrita, pero fiable.
3.- Monterrubio: el lujo de que no ocurra nada

Monterrubio demuestra que un pueblo no necesita una lista interminable de monumentos para justificar una visita. A poco más de treinta kilómetros de Segovia, aparece entre campos de cultivo, pastizales, pinares, encinares y pequeños bosques de ribera. Es una localidad breve y honesta; de esas en las que el viajero tarda pocos minutos en orientarse y bastante más en entender por qué se encuentra tan a gusto.
La iglesia de San Pedro Apóstol articula el casco urbano y aporta esa silueta reconocible que todo pueblo castellano parece necesitar. A partir de ahí, la propuesta consiste en pasear sin ansiedad: mirar las fachadas, detenerse junto a una fuente y buscar los campos desde el borde del caserío. Ese silencio que en la ciudad se vende como una costosa experiencia de bienestar aquí viene incluido.
Los caminos rurales permiten completar una marcha sencilla, respetando fincas y ganado. También puede prolongarse la salida hasta Villacastín, donde la enorme iglesia de San Sebastián pone un contrapunto monumental a la intimidad de Monterrubio.

En este escenario trabaja Embutidos Garcinuño (https://ibericosgarcinuno.com/), firma familiar dedicada a los embutidos y productos ibéricos. Chorizo, salchichón y lomo forman parte de una tradición que aquí parece una extensión natural del territorio. Pero el embutido no debe eclipsar al pueblo: ayuda a leerlo.
4.- Maderuelo: una villa medieval sobre el agua

Plaza de San Miguel. Arco de la Villa. Maderuelo
Maderuelo juega con ventaja. Su perfil amurallado se alza sobre el embalse de Linares y compone una de las estampas más rotundas del nordeste segoviano. Se entra por el Arco de la Villa, antigua puerta defensiva que todavía conserva la sensación de frontera: al cruzarlo, el siglo XXI queda momentáneamente aparcado junto al coche.

La villa se recorre a pie y sin navegador. La calle principal avanza entre casas de piedra hacia la plaza de Santa María, presidida por la iglesia de Santa María del Castillo. Cerca aparecen la picota, la iglesia románica de San Miguel y miradores abiertos al agua y a un paisaje áspero, hermoso y muy poco domesticado. En dirección opuesta, la Puerta del Barrio recuerda el antiguo acceso a la judería. Todo queda cerca, pero cada esquina obliga a detenerse.
Maderuelo es además puerta del Parque Natural de las Hoces del Río Riaza, territorio de cortados, sabinares y grandes aves. Conviene llevar prismáticos: el vuelo de un buitre leonado ya posee suficiente argumento.

El vínculo gastronómico llega con Miel Entrehoces (https://entrehoces.es/), explotación artesana ligada al paisaje de las hoces y a una tradición apícola familiar de varias generaciones. Sus mieles condensan la flora del entorno. El producto no es un adorno: habla de biodiversidad, polinización y continuidad rural. Primero se contempla el paisaje; después se descubre que también cabía dentro de un tarro.
5.- Riaza: soportales, sierra y patatas con nombre de calle

Riaza es la más animada de las cinco paradas y la que mejor sabe ejercer de anfitriona. Su plaza Mayor, irregular, porticada y con ruedo de arena, parece preparada para que siempre ocurra algo. Bajo los soportales se conversa, se toma el aperitivo y se vigila el tiempo serrano, capaz de cambiar de opinión con notable rapidez.La plaza merece varias vueltas. Riaza no es un decorado congelado: es cabecera de comarca, pueblo vivo y punto de partida para explorar la sierra de Ayllón.

En los alrededores esperan el hayedo de La Pedrosa y la ruta de los pueblos rojos y negros. Madriguera, Villacorta, El Muyo o Becerril convierten piedra, pizarra y arcillas en una lección de arquitectura popular. En invierno, La Pinilla añade paisaje de montaña y, si acompaña la temporada, nieve.

Después del paseo aparece un aperitivo inseparable del nombre del pueblo: las Patatas Fritas Las Damas (https://www.alimentosdesegovia.es/directorios/las-damas-patatas-fritas/). La marca nació en Riaza y toma su nombre de la calle Damas, donde está el obrador. Son patatas de corte generoso y textura firme, hechas para abrir la bolsa «solo para probar» y descubrir, cinco minutos después, que atraviesa una preocupante crisis de existencias.
Su mérito no consiste únicamente en acompañar una cerveza. Representan ese producto sencillo que termina convertido en emblema local por constancia, oficio y vínculo con sus vecinos. Las patatas son el último bocado…

Video
Novedades
Déjanos tu email y te mantendremos informado.






