HYUNDAI GASTRO WEEKENDS

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HYUNDAI GASTRO WEEKENDS

Quesos, montañas  y una forma de entender la vida.


Hay viajes que empiezan cuando se arranca el motor y otros que comienzan mucho antes, frente a un mostrador. En el Alt Urgell, una de las comarcas más montañosas y menos evidentes de Lleida, la ruta no se entiende del todo hasta que alguien corta un queso, lo deja respirar unos segundos y lo acompaña con una explicación que parece hablar de leche, pero en realidad habla de pastos, inviernos, oficios, pueblos pequeños y carreteras que suben hacia el Cadí. Por eso esta escapada no arranca en un mirador ni en una plaza monumental, sino en la FormatgeriaEugene, en el corazón de la Seu d’Urgell, convertida en base de operaciones para leer el territorio con una brújula distinta: la de los quesos. Sin lugar  a dudas, un santuario de la calidad, donde  el altar deja su sitio al mostrador.

La elección del vehículo tampoco es inocente. El Hyundai Santa Fe híbrido enchufable aporta a la ruta una manera tranquila de avanzar, casi en sintonía con la comarca. En los desplazamientos urbanos y en los primeros kilómetros, el modo eléctrico permite salir de la Seu con discreción, sin romper el pulso pausado de sus calles porticadas. En las carreteras de montaña, el sistema híbrido se encarga de combinar empuje y suavidad, de recuperar energía en los descensos y de ofrecer ese margen de confianza que se agradece cuando el asfalto se estrecha, aparecen curvas enlazadas y el paisaje empieza a exigir atención. No se trata de hacer una prueba de consumo, sino de entender por qué un enchufable tiene sentido en una ruta así: por silencio, por capacidad de carga, por confort y por la posibilidad de moverse con respeto en un entorno donde todo invita a bajar el ritmo.

Sin lugar a dudas, La Seu d’Urgell ejerce de capital natural de este viaje. Situada en la plana del Urgellet, con el Segre como eje líquido y la montaña siempre al fondo, la ciudad conserva una escala amable. Tiene la energía de los lugares fronterizos, a un paso de Andorra y de los valles altos, pero también el poso de una antigua sede episcopal que acumuló poder, mercado y cultura. La catedral de Santa Maria, con su rotundidad románica, no es solo el gran monumento de la ciudad: es una declaración de presencia en mitad del Pirineo. A su alrededor, el casco histórico conserva calles estrechas, soportales, piedra clara y una vida comercial que no parece decorado, sino continuidad.

En ese tejido urbano se encuentra la Formatgeria Eugene. El establecimiento funciona como una pequeña embajada del queso pirenaico. Allí, el viajero no compra simplemente una cuña: recibe una cartografía comestible. Quesos de vaca, de cabra, de leche cruda, de corteza florida, de pasta prensada, de afinaciones largas o breves; piezas que llegan de valles cercanos y que, juntas, explican por qué la Seu se reivindica como capital del queso artesano del Pirineo. Eugene es un buen lugar para preguntar, dejarse aconsejar y ordenar el itinerario.

La primera parada apenas exige mover el coche. Desde Eugene, el paseo por el centro histórico lleva hasta el carrer dels Canonges, una de esas calles donde la piedra parece guardar temperatura propia. Allí trabaja Formatges de l’Abadessa, microformatgeria urbana que rompe con la imagen tópica del obrador perdido en mitad del campo. La Abadessa demuestra que el queso también puede madurar en un núcleo medieval, entre muros antiguos, madera, humedad controlada y paciencia. Su escala limitada forma parte de su identidad: producción pequeña, elaboración cuidada, quesos de vaca y cabra, y una manera de trabajar que entiende la maduración como una conversación lenta entre leche, tiempo y ambiente.

Judit Carreira, al frente del proyecto, representa una generación de artesanos que han aportado lenguaje técnico, sensibilidad contemporánea y defensa del territorio. En La Abadessa hay un matiz especialmente interesante: la quesería no está fuera de la ciudad, sino dentro de ella. Eso permite al visitante entender la Seu como algo más que una base logística. La ciudad produce, madura, vende, explica y consume queso. En muy pocos metros, el viajero puede pasar de la catedral románica al mostrador, del museo al obrador, de la historia monumental a la cultura alimentaria viva.

Con el Santa Fe cargado y el maletero preparado para nevera, compras y ropa de abrigo —en el Pirineo, incluso un día claro puede cambiar de humor—, la ruta toma dirección norte. La carretera deja atrás la Seu, busca el valle y se aproxima al Baridà, esa franja de transición entre el Alt Urgell y la Cerdanya donde el paisaje se abre y se cierra como un acordeón. El Segre acompaña buena parte del recorrido, no siempre visible pero sí presente, como una línea de fondo.

Bar, en el municipio del Pont de Bar, aparece en una ladera, con ese aire de pueblo que parece haber aprendido a no gastar palabras. Allí espera Formatgeria Baridà, el reino de la cabra y del pastor. Si Eugene era el mapa y La Abadessa la precisión urbana, Baridà representa la raíz pastoril. Sus quesos nacen de cabras alpinas, de pastos de montaña y de una elaboración que reivindica el vínculo directo entre el animal, el paisaje y el artesano. Al hablar de esta parada, resulta inevitable usar la expresión que inspira la propia ruta: el cabrero feliz. No como caricatura, sino como imagen afectuosa de quien ha elegido una vida exigente, pegada al ciclo de los animales, a los inviernos largos y a la recompensa íntima de elaborar un queso que cambia con las estaciones.

El queso Baridà permite explicar una idea fundamental: en la montaña, la regularidad absoluta no siempre es una virtud. El pasto de primavera no es el de otoño. La leche varía. El clima incide. La maduración responde. Por eso un queso artesano no es un objeto industrial, sino una captura de paisaje.

Desde Bar merece la pena dejarse tentar por el entorno. El Quer Foradat, con la muralla caliza del Cadí como telón de fondo, es uno de esos lugares que condensan la estética pirenaica: piedra, prados, bordas, silencio y una sensación de estar al pie de algo enorme. También Arsèguel, muy cerca, conserva el encanto de los pueblos de montaña y la memoria musical vinculada al acordeón diatónico.

El Santa Fe se mueve aquí con una comodidad que se agradece. En un territorio de distancias moderadas pero perfiles cambiantes, la tecnología híbrida enchufable encuentra su lógica: se puede circular en silencio por los núcleos, apoyarse en la gasolina cuando la pendiente lo exige y aprovechar las bajadas para recuperar energía. La ruta no busca épica automovilística. Busca continuidad, seguridad y una manera de viajar que no atropelle el paisaje.

De regreso hacia la Seu, la mirada cambia. Ya no se ve solo una comarca bonita, sino un sistema. La ciudad vende y explica; los pueblos crían y elaboran; las ferias conectan; el Segre articula; las carreteras cosen.

Peramola es una parada obligada por dos razones: por el queso y por el paisaje cultural que lo rodea. El pueblo, situado cerca del pantano de Oliana y de los relieves de la Serra d’Aubenç, conserva una relación intensa con la roca. Aquí la montaña no se levanta como una pared lejana, sino como una presencia inmediata, casi doméstica. Muy cerca se encuentra Santa Maria de Castell-llebre, una ermita románica encaramada sobre un espolón rocoso, con vistas que justifican por sí solas el desvío. El lugar tiene algo de nido, de vigía, de arquitectura mínima frente a una geografía enorme. Desde allí se entiende la importancia estratégica del valle del Segre y la belleza severa de este tramo del Alt Urgell.

La Formatgeria Castell-Llebre toma su nombre de ese imaginario cercano. Situada en la masía La Penella, en el término de Peramola, trabaja con leche de cabra y mantiene una tradición quesera de largo recorrido. Sus piezas hablan de maduración natural, de oficio paciente y de una forma de artesanía que no necesita impostar rusticidad porque nace de un lugar que ya la contiene. Castell-Llebre permite introducir otro matiz en la ruta: el queso como prolongación de la casa. No hablamos de una fábrica, sino de una masía, de una escala humana, de un producto que lleva en su nombre una referencia patrimonial y paisajística.

En los alrededores conviene dedicar tiempo a mirar. El pantano de Oliana transforma el Segre en una lámina amplia, casi quieta, que refleja paredes, nubes y pinares. Coll de Nargó, algo más al norte, ofrece otro tipo de relato: el de los dinosaurios, los oficios antiguos, los raiers y la vida fluvial. Organyà, por su parte, evoca las Homilies, uno de los textos fundacionales de la lengua catalana. En pocos kilómetros, el Alt Urgell concentra románico, paleontología, literatura, agua y gastronomía. Esa densidad cultural es una de sus grandes sorpresas. Quien llega buscando quesos acaba encontrando una comarca con muchas capas.

El último gran desvío conduce hacia Josa de Cadí. La carretera se vuelve más introspectiva. El viaje asciende hacia un Pirineo más recogido, menos de paso. Josa aparece bajo la presencia rotunda del Cadí, en un paisaje donde la montaña impone sus ritmos. Aquí la ruta llega a Serrat Gros, la quesería vinculada a Mercè Lagrava y Raül Alcaraz, maestros artesanos que han hecho del queso de cabra una forma de vida. Serrat Gros es una parada esencial porque reúne varios elementos que definen el nuevo prestigio del queso pirenaico: rebaño propio, elaboración artesana, conocimiento técnico, venta directa y una narrativa profundamente ligada al lugar.

Los quesos de Serrat Gros, de leche de cabra, suelen moverse en registros de frescura, acidez elegante, cortezas vivas y maduraciones que expresan sotobosque, humedad, leche y montaña. Pero más allá de la cata, lo importante es comprender la ética del proyecto. En lugares como Josa, elaborar queso es también fijar población, mantener actividad, cuidar caminos, justificar la presencia de rebaños y conservar una cultura pastoril que no puede reducirse a postal. El visitante se lleva una pieza; el territorio conserva una economía.

Hay un momento, quizá al final del día, en que el viaje encuentra su forma perfecta: el Santa Fe detenido en un mirador, el maletero abierto, una tabla improvisada con los quesos comprados y el paisaje delante. Un trozo de La Abadessa, una porción de Baridà, una pieza de Castell-Llebre, un Serrat Gros, tal vez alguna recomendación de Eugene para completar el mapa. Entonces se comprende que no hemos hecho una ruta de compras, sino una ruta de lectura. Cada queso responde a una pregunta: de dónde viene la leche, quién la trabaja, cómo madura, qué valle representa, qué pueblo ayuda a mantener vivo.


Recuadro práctico:

Formatgeria Eugene.  Carrer Major, 58. 25700 La Seu d’UrgellTel. 973 350 401 · [email protected]

Formatges de l’Abadessa Carrer dels Canonges, 45. 25700 La Seu d’UrgellTel. 607 57 96 08 · [email protected] · abadessa.cat

Formatgeria Baridà Cal Romà / Carrer Única, 25723 Bar, municipio del Pont de BarTel. 973 384 060 · [email protected] · formatgebarida.com

Formatgeria Castell-LlebreMasia La Penella, 25790 PeramolaTel. 973 470 463 · [email protected]

Formatgeria Serrat Gros C/ de la Vila, 9 / Cal Jepet. 25717 Josa de CadíTel. 690 385 556 · [email protected] · formatgeriaserratgros.com

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