Castillos, Curvas y Silencio con un Mazda3
Soria a ritmo de cambio manual con el Mazda 3
Soria parece pensada para los que disfrutan de una vida marcada por los pequeños detalles, con ese carácter que solo se entiende al volante. Ese modo de enlazar pueblos sin prisa, de ver cómo el páramo se convierte en encinar, de pasar de un valle a una loma y descubrir, sin aviso, una fortaleza sobre un espolón. Esta provincia no pide estruendo; pide atención. Y esa atención se entrena en una carretera secundaria, con las manos donde deben estar y el oído pendiente de un motor que acompaña sin hacerse notar.

Por eso el recorrido arranca en El Burgo de Osma, y lo hace en un Mazda 3 con cambio manual: un coche lo bastante discreto como para no ocupar el paisaje y lo bastante fino como para convertir la conducción en una conversación tranquila con el terreno. En la ficha técnica, la marca y los medios hablan de una transmisión manual de seis marchas y de un comportamiento en curvas que busca aplomo y naturalidad – con ayudas como el G-Vectoring Control Plus –. Lo importante aquí no es el dato, sino la sensación: esa palanca que invita a elegir el ritmo en lugar de obedecerlo.

El Burgo de Osma puede ser una buena base de operaciones y una salida perfecta porque tiene el tipo de monumentalidad que no abruma: catedral, muralla, calles con soportales, y un río que marca el borde de la vida cotidiana. Su castillo un poco retirado del corazón de la población, pero bien ubicado para ver el cauce del rio Ucero y las calles de Osma es un buen inicio.
Antes de encender el coche conviene caminar diez minutos, solo para ajustar el paso al lugar. La piedra aquí no presume: sostiene. Y cuando el viajero vuelve al Mazda 3, el contraste resulta natural: tecnología contemporánea para llegar a la historia sin romperla. El diseño japonés de este vehículo encaja con la paleta soriana: cielos limpios, sombras frías, tonos de cereal y caliza. No hay gesto teatral. Hay, más bien, una elegancia de uso: entrar, acomodarse, salir del casco urbano y dejar que el paisaje se ensanche. Porque el viaje no consiste en devorar kilómetros: consiste en llegar con la cabeza despejada.

La siguiente parada tiene algo de umbral. El castillo de Ucero aparece sobre un promontorio rocoso, en la orilla del río Ucero, dominando los valles de los ríos Lobos y Chico, con el Cañón del Río Lobos y excasos kilómetros. Es una ruina, sí, pero de esas ruinas que todavía mandan: basta verlo recortado para entender por qué alguien eligió esa altura.
El acceso tiene un punto ceremonial: la carretera se acerca, el terreno se afila, y el viajero nota que el paisaje empieza a pedir silencio. Aquí el cambio manual se convierte en aliado: no para correr, sino para dosificar. El coche sube con serenidad; la mano busca la marcha justa y el cuerpo agradece que nada ocurra con brusquedad. La discreción del Mazda no es falta de carácter; es respeto por el entorno.

Ucero, además, tiene un valor raro: no solo ofrece un castillo, ofrece un balcón natural sobre un territorio de piedra y agua. Lo mejor aquí es no “hacer” demasiado. Subir, mirar, bajar y dejar que el viento termine la frase. Casi podríamos pensar que el mismo Cid Campeador se acerca cabalgando por alguno de sus caminos.
De Ucero a Calatañazor el paisaje se vuelve más medieval incluso antes de ver el pueblo: encinares, sabinas, lomas que parecen antiguas por naturaleza. El castillo – en ruina consolidada – conserva lienzos y parte de la torre del homenaje; se sitúa en un lugar defensivo donde el propio risco protege, y donde aún se reconoce un foso en el lado más sensible. Una carretera perfecta para disfrutar de la conducción. Curvas tomadas con suavidad y esa sensación de ir pegado a la carretera con comodidad.

Calatañazor es famoso por su estampa, pero también por una historia que se cuenta como si fuera verdad: la supuesta derrota de Almanzor, aquello de “perder el tambor”. La realidad histórica es más prudente que la leyenda, y precisamente por eso la leyenda importa: porque demuestra cómo los pueblos se explican a sí mismos. Hay estudios que sostienen que esa batalla es, en gran medida, construcción legendaria nacida alrededor de la muerte de Almanzor y del deseo de cerrar el relato con un símbolo.
El viajero llega en el Mazda 3 casi sin ruido, aparca y entra andando. En Calatañazor el coche debe quedarse al margen: el pueblo se recorre con suelos irregulares, madera vieja, tejados que parecen apoyar el silencio. Y, sin embargo, la tecnología sigue presente, de otro modo: en la facilidad de haber llegado bien, sin fatiga, con esa tranquilidad de conducción que permite disfrutar de la llegada como un acto consciente, no como un trámite. Cuando se sube al castillo, el valle se abre y aparece la idea central del viaje: historia y tecnología no compiten. La piedra enseña lo que fue necesario. El coche enseña lo que hoy es posible sin estridencias. Y ambos, si se usan bien, invitan a lo mismo: a vivir sin bullicio.

Algo parecido sucede en Caracena. Aquí el castillo parece pensado para quien disfruta entendiendo “cómo” se defendía una plaza. Caracena no se visita con prisa porque el entorno obliga a detenerse. Hay algo áspero y hermoso en estas hoces y cortados, en esa manera soriana de colocar los pueblos donde parecen imposibles. El Mazda 3 se mueve aquí con un aplomo que no pide aplausos: dirección que permite apuntar, suspensión que filtra sin aislar, y cambio manual para enlazar curvas con naturalidad. La conducción, otra vez, es ritmo, no exhibición.
La historia documentada del castillo, además, baja al detalle: ya en el siglo XII se menciona la existencia de un castillo en la localidad, y en 1491 se habla de una reedificación adaptada a una época donde la artillería cambiaba las reglas. La piedra se ensancha, se redondea, aprende a resistir el impacto.
El viajero se queda un rato mirando las torres como quien mira cicatrices. No hay heroicidad fácil aquí: hay siglos de adaptación. Y ese es, quizá, el verdadero lujo del recorrido: aprender que el progreso no siempre es ruido; a veces es mejorar la forma de mantenerse en pie.

Si Calatañazor es miniatura medieval, Berlanga de Duero es conjunto monumental. El castillo no es una sola pieza: es una superposición. Según la documentación histórica, el complejo reúne restos de fortaleza tardomedieval y una transformación posterior en fortaleza artillera de época renacentista, además de murallas y estructuras asociadas. En el siglo XV, Luis de Tovar y María de Guzmán impulsaron el castillo señorial (1460–1480, aproximadamente), y después llegó la lógica del Renacimiento defensivo.

Berlanga tiene, además, esa dignidad de villa que se sabe importante. En su historia aparece el Palacio de los Tovar, cuyo origen se remonta a finales del siglo XV, y cuya evolución cuenta también el pulso de una localidad que pasó de la necesidad defensiva al gesto representativo.
El viajero recorre las murallas con la impresión de estar caminando por el borde de una idea: proteger, dominar, permanecer. Y, al bajar, vuelve al coche con otra certeza: hoy la fortaleza ya no sirve para la guerra; sirve para recordar que hubo un tiempo en que el territorio se leía con miedo. Llegar hasta aquí en un coche sereno, con cambio manual, es una forma de reconciliarse con el paisaje: ahora se recorre por placer, con calma, sin que nadie persiga a nadie.

El gran cierre del recorrido es Gormaz, una fortaleza que impresiona incluso a quienes creen haberlo visto todo. Según la información turística institucional de Soria, la fortaleza fue levantada en la segunda mitad del siglo X por el general Gálib sobre un castillo anterior, en una época en la que el Duero era frontera y el control del territorio se jugaba en pasos naturales y vados. Y lo más tangible: la fortificación supera el kilómetro de perímetro, tiene lienzos de gran altura y más de 20 torres reforzando la defensa.

Gormaz es una lección de escala. Desde abajo parece un accidente geológico; desde dentro se entiende como ciudad militar. El viajero camina por tramos donde el viento empuja fuerte y la vista se estira hasta agotarse. Entre las puertas destaca la llamada Puerta Califal, reconocible por su arco de herradura enmarcado por un alfiz: un detalle técnico que, de cerca, tiene la belleza de lo inevitable, como si la forma fuese la única posible.
Llegar hasta Gormaz en el Mazda 3 tiene algo de coherencia narrativa: un coche contemporáneo, afinado para la conducción, posándose con prudencia ante una obra diseñada para lo contrario (resistir, imponer, vigilar). Y sin embargo hay un puente entre ambos: la precisión. La fortaleza es precisión militar. El coche, cuando el conductor juega con el cambio manual en carreteras que serpentean junto al Duero, es precisión de placer. No hay prisa; hay trazada.

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