LOPE DE VEGA QUERIA UN TOYOTA C-HR
La tecnología no está reñida con la cultura. Por eso, un fin de semana entre pinares, fortalezas y versos de Lope de Vega, con un Toyota C-HR como discreto compañero de camino es toda una experiencia.
Viajamos hacia ese territorio literario desde Valladolid en un Toyota C-HR híbrido. El automóvil estará presente durante todo el recorrido, pero ocupará deliberadamente un segundo plano. Su misión será enlazar pueblos, bosques y épocas históricas; avanzar con suavidad entre carreteras secundarias y detenerse cuando el paisaje o una torre mudéjar reclamen nuestra atención. Aquí el verdadero protagonismo pertenece a Castilla: al ladrillo, a los pinares, a los castillos y a los personajes que la literatura convirtió en inmortales.

Casi parece obligado, empezar en Olmedo, una villa convertida en literatura. La llegada a Olmedo debe hacerse sin prisa. Tras kilómetros de campos horizontales, las torres y las murallas aparecen como la escenografía de una obra que ya conocemos, aunque quizá nunca hayamos leído completa. Olmedo fue conocida como la villa de los siete sietes porque, según la tradición, tuvo siete iglesias, siete conventos, siete plazas, siete fuentes, siete puertas, siete casas nobles y siete pueblos en su alfoz. Hoy continúa siendo uno de los grandes centros del mudéjar vallisoletano y conserva lienzos de muralla, puertas históricas y un notable conjunto de edificios religiosos.
Pero su fama universal no procede de una batalla ni de un rey, sino de un personaje literario: D. Alonso, el Caballero de Olmedo. En la obra de Lope de Vega, Alonso es un joven noble enamorado de doña Inés, a quien conoce durante las fiestas de Medina del Campo. Ella está destinada por su padre a D. Rodrigo, un pretendiente dominado por los celos. Entre ambos amantes intervienen Tello, criado ingenioso y leal, y Fabia, una alcahueta que pertenece a la tradición literaria abierta por la Celestina.

Presentación de personajes
Olmedo ha sabido transformar esa herencia en una parte viva de su identidad. El Palacio del Caballero (https://www.olmedo.es/palaciocaballero/) ocupa una antigua mansión señorial y propone una experiencia inmersiva dedicada a Lope de Vega, al Siglo de Oro y a la propia tragedia. No es únicamente un museo de objetos: utiliza escenografías y recursos audiovisuales para introducir al visitante en el universo de la obra. Su corrala acoge representaciones del festival Olmedo Clásico, que cada verano devuelve la palabra teatral a la villa.
Después de la literatura llega la arquitectura. La iglesia de San Miguel conduce hasta la capilla de la Virgen de la Soterraña, un espacio subterráneo que parece buscar la profundidad física y espiritual. Santa María del Castillo reúne distintas fases constructivas y conserva un destacado patrimonio artístico

El Parque Temático del Mudéjar (https://www.olmedo.es/pasionmudejar/) ofrece otra perspectiva. Sus reproducciones a escala permiten contemplar algunos de los edificios más representativos de Castilla y León desde una visión casi aérea. El visitante puede comparar ábsides, torres, fortalezas y monasterios y descubrir que, pese a compartir materiales, cada edificio desarrolló una personalidad propia. En el parque están representadas alrededor de una veintena de construcciones emblemáticas de la comunidad.

Después de alojarnos en un magnífico establecimiento de Castilla Termal (https://www.castillatermal.com/hoteles/castilla-y-leon/castilla-termal-olmedo/), el C-HR avanza con discreción. Su sistema híbrido permite atravesar los núcleos urbanos con suavidad y afrontar sin esfuerzo las carreteras que enlazan los pueblos vallisoletanos. Toyota comercializa actualmente el modelo en España con mecánicas híbridas y una alternativa híbrida enchufable, pero en esta ruta importan menos la potencia o las pantallas que su capacidad para desaparecer de la narración y dejar que se escuche el paisaje.

Una posible parada puede ser Alcazarén. Su propio topónimo, relacionado con la expresión árabe que alude a dos fortalezas o alcázares, revela que las palabras también pueden funcionar como restos arqueológicos. La iglesia de Santiago conserva una poderosa cabecera mudéjar, mientras que de la antigua iglesia de San Pedro han sobrevivido fundamentalmente el ábside y la torre.
Alcazarén se encuentra ya plenamente integrado en la Tierra de Pinares. Los árboles forman manchas oscuras sobre el horizonte y alternan con parcelas de cereal. La imagen tiene algo de tapiz: el verde profundo de los pinares, el oro de los campos maduros y el color rojizo de las iglesias de ladrillo.

Otros pueblos que piden una parada son Pedrajas e Íscar, que han hecho de la madera su fuente de trabajo durante siglos. Pedrajas está estrechamente vinculada a la producción de piñón. La recolección de las piñas, su secado y la extracción del fruto forman parte de una cultura forestal que exige tiempo y conocimiento. El pino piñonero parece un árbol inmóvil, pero a su alrededor se desarrolla una actividad compleja, dependiente de las estaciones, de la climatología y de la experiencia acumulada.

A pocos kilómetros se encuentra Íscar, dominada por su castillo. La fortaleza se levanta sobre una elevación desde la que se comprende de inmediato la estructura del territorio: abajo queda la villa; más allá, los pinares; después, una sucesión de campos que se pierde en el horizonte. En el casco urbano, las iglesias de Santa María y San Miguel mantienen la conversación entre románico y mudéjar. Pero Íscar aporta además un personaje inesperado: Mariemma, nombre artístico de Guillermina Martínez Cabrejas, una de las grandes figuras de la danza española del siglo XX.
Desde Íscar, el viaje continúa hacia Cogeces de Íscar y San Miguel del Arroyo. Es una parte más silenciosa de la ruta, en la que el paisaje recupera todo su protagonismo. El río Cega atraviesa la comarca escondido entre pinares, creando un corredor vegetal más fresco que los campos abiertos. En algunos tramos, la arena clara de los caminos contrasta con los troncos oscuros y con la cubierta verde de los pinos. Cuando sopla el viento, las copas producen un murmullo continuo que parece el mar escuchado desde muy lejos.
Cogeces de Íscar conserva su relación histórica con el río y con los caminos que lo cruzaban. San Miguel del Arroyo se asienta en un valle discreto, alrededor de iglesias y ermitas que hablan de una religiosidad extendida por todos los ámbitos de la vida rural.

Pero el pueblo que realmente sorprende, es Portillo. Aparece sobre una altura, dominando una amplia extensión de territorio. Su topónimo se ha relacionado tradicionalmente con un paso estrecho o una pequeña puerta, una interpretación que encaja con la posición defensiva del lugar.
La villa conserva parte de sus murallas y una de sus antiguas puertas. En sus calles y en el cercano Arrabal se reparten iglesias, restos medievales y una larga tradición artesana ligada a la alfarería. Pero el edificio que concentra las miradas es el castillo.
Su estructura actual se configuró fundamentalmente durante el siglo XV y está asociada a los condes de Benavente. Como tantas fortalezas castellanas, alternó las funciones de residencia nobiliaria con las de prisión. Sus muros no solo defendieron a quienes vivían dentro; también impidieron salir a quienes fueron encerrados en ellos. El recinto, la torre y las vistas sobre la Tierra de Pinares convierten la visita en uno de los momentos culminantes del recorrido.
A la entrada de la localidad, la Cruz del Pelícano recuerda otra forma de leer las imágenes. En la iconografía cristiana medieval, el pelícano que alimenta con su propia sangre a sus crías simbolizaba el sacrificio. Una sola figura podía transmitir a una población entera una historia compleja, del mismo modo que siglos después el teatro de Lope condensaría en unos versos el destino del Caballero de Olmedo.

El itinerario termina en Aldea de San Miguel. Después de los grandes escenarios de Olmedo, las villas romanas y los castillos de Íscar y Portillo, esta pequeña localidad propone un desenlace sereno. Su iglesia de San Miguel Arcángel conserva formas románico-mudéjares y resume buena parte de lo visto durante el viaje: la sobriedad castellana, el empleo del ladrillo y la continuidad de un patrimonio levantado en comunidades pequeñas. No hace falta una fortaleza gigantesca ni un museo audiovisual para comprender la historia. A veces basta un ábside, una torre y la sombra proyectada sobre una plaza silenciosa.
Al caer la tarde, el Toyota C-HR vuelve a ponerse en marcha. Tras una jornada de carreteras secundarias, su presencia ha sido la de un buen compañero: útil, silencioso y dispuesto a esperar frente a cada iglesia o castillo. No ha intentado competir con el paisaje, porque ningún diseño contemporáneo podría hacerlo aquí.

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