SORIA, CUATRO PUEBLOS PARA PERDER LA PRISA ENTRE LOS ÁRBOLES
Hay una manera especialmente agradable de llegar a Soria: dejar que el paisaje vaya rebajando nuestras expectativas de hacer muchas cosas. Primero aparece una loma, después un pueblo y, de pronto, los árboles ocupan el horizonte. La carretera entra en el pinar y el viaje cambia de sonido. Apetece abrir un poco la ventanilla, buscar una senda y comprobar si todavía sabemos pasear sin mirar la hora.

1.- Vinuesa: una laguna, muchas historias y el placer de quedarse

Vinuesa ofrece una bienvenida de piedra y madera. Sus casonas, sus aleros y sus chimeneas pinariegas hablan de una prosperidad ligada a la ganadería, la carretería y los recursos del monte. La Casa de los Ramos es una buena parada para fijarse en esa arquitectura que parece pensada para resistir inviernos y reunir gente alrededor del fuego. También merece atención la iglesia de Nuestra Señora del Pino: hasta en el nombre de su patrona se cuela el bosque. Antes de subir a la montaña, conviene dar una vuelta por el pueblo. A sus pies, el embalse de la Cuerda del Pozo añade amplitud al paisaje; hacia arriba, el valle del Revinuesa invita a seguir el agua entre pinos albares y hayas.

La gran excursión conduce a la Laguna Negra, en el Parque Natural de la Laguna Negra y Circos Glaciares de Urbión. El aire se enfría y las sombras ganan profundidad. Después aparece la laguna bajo sus paredes rocosas, entre el reflejo de los árboles y la oscuridad del agua. El hielo modeló este escenario antes de que llegaran las leyendas.
Antonio Machado llevó el paraje a su universo literario en La tierra de Alvargonzález. La imaginación trabaja sola ante el agua, aunque también se disfruta observando una raíz o una rama. En otoño, las hayas aportan tonos cálidos al verde de los pinos: el bosque cambia por partes, como si cada árbol tuviera su propio calendario.
La Casa del Parque, conocida como Museo del Bosque, ayuda a comprender lo que hemos visto. Al regresar a Vinuesa queda la mejor decisión del día: sentarse a comer y dejar que la montaña repose en la conversación.
2.- Duruelo de la Sierra: el bosque se abre y aparecen las rocas

La carretera continúa hacia Duruelo de la Sierra pasando por Covaleda. El Duero es todavía joven, cercano a las montañas de Urbión donde nace. En el pueblo, la iglesia de San Miguel Arcángel y las tumbas medievales excavadas en la roca acercan al viajero a una historia conservada a ras de suelo.

Castroviejo es la gran cita natural de esta parada. Desde Duruelo, una pista forestal asfaltada asciende entre pinares hasta el entorno del paraje. La llegada cambia el decorado: aparecen grandes bloques de roca, pasillos, huecos y perfiles que la erosión ha ido trabajando con una paciencia inalcanzable. Cada cual encuentra una figura distinta. Una cabeza, un animal, una fachada imposible. El lugar devuelve al paseo algo del juego de la infancia.
Desde el mirador, la mirada se extiende sobre una sucesión de copas y relieves. Es un buen sitio para quedarse después de guardar la cámara. Empezamos a distinguir un claro, una ladera, la distancia entre dos montañas. El paisaje gana cuando le concedemos unos minutos.

Cerca se encuentra Cueva Serena, donde el agua, cuando acompaña el caudal, cae sobre la entrada de la cavidad. La senda conduce a un rincón de roca húmeda y sombra. Acabamos de mirar muy lejos y ahora apetece escuchar muy cerca. Si ha llovido, conviene acomodar los pasos al terreno.
Duruelo también abre posibilidades hacia el nacimiento del Duero y las cumbres de Urbión, excursiones de montaña que conviene preparar según el tiempo y la experiencia. Para esta escapada tranquila, Castroviejo, Cueva Serena y una vuelta por el pueblo pueden ocupar por sí solos un día delicioso.
3.- Navaleno: aprender a mirar debajo de los pinos

Navaleno recibe al viajero rodeado de bosque. Su historia está ligada al pino y a la carretería, y el monte sigue siendo una parte esencial de su identidad. Se entiende enseguida que aquí los árboles tienen mucho que contar: sobre el trabajo, la cocina, los animales y las estaciones. Basta salir del pueblo hacia los pinares para que la conversación del viaje encuentre otros asuntos.
Esta es una de las grandes referencias micológicas de Soria. Su Centro Micológico (https://www.terranostrum.es/actividades/visita-centro-micologico-de-navaleno) acerca al mundo de los hongos y a lo que sucede bajo nuestros pies. La curiosidad cambia la forma de andar: distinguimos colores y pequeños relieves entre las acículas. Una salida interpretada, cuando esté disponible, ayuda a comprender la vida del bosque.
El Aula del Bosque del Amogable (https://patrimonionatural.org/casas-del-parque/centros-tematicos/aula-del-bosque-del-amogable), en el entorno de Pinar Grande, explica el patrimonio forestal y sus aprovechamientos. Después, el paseo tiene otra profundidad: entre los árboles reconocemos las labores y los conocimientos que acompañan su crecimiento. Visitar estos montes es también interesarse por quienes los cuidan.

El otoño añade a Navaleno un atractivo gastronómico, aunque la aparición de setas depende de la lluvia y de la temperatura. Antes de llenar una cesta hay que informarse sobre el permiso correspondiente al monte y contar con una identificación experta de las especies. Otra opción, muy placentera, consiste en pasear y preguntar después por las propuestas micológicas de los restaurantes. Así el bosque puede llegar a la mesa mientras disfrutamos de una conversación y del calor del comedor.
Navaleno invita a conceder valor a una mañana sencilla: elegir un camino señalizado, detenerse en un claro, escuchar el viento arriba. Con niños, el recorrido puede convertirse en una búsqueda de piñas y formas, dejando cada cosa en su sitio. Hay conversaciones que encuentran su ritmo cuando desaparece el ruido de fondo.
4.- Ucero: sabinas, alas y una ermita entre las paredes del cañón

La última etapa conduce a Ucero, puerta de entrada al Cañón del Río Lobos. El viaje cambia de escala y de vegetación: las paredes calizas, los bosques de sabina y los pinares componen un paisaje distinto al de las montañas de Urbión. Esa variedad es uno de los placeres de esta ruta. Seguimos en Soria y, sin embargo, basta avanzar unas carreteras para que la luz encuentre nuevas superficies donde posarse.

El pueblo se recoge bajo los restos de su castillo. Acercarse al entorno de la fortaleza permite situar Ucero en el paisaje y contemplar cómo el relieve organiza el territorio. Desde el acceso próximo a Ucero, el paseo hacia la ermita de San Bartolomé atraviesa un pinar. La arquitectura humana parece haber encontrado su medida entre grandes paredes de roca. Apetece rodear la ermita y mirar hacia los cortados, donde los buitres leonados aprovechan el aire con una facilidad que nos hace levantar la cabeza una y otra vez.
Las sabinas aportan su carácter: troncos retorcidos, follaje persistente y una pequeña lección sobre el tiempo. Junto al cauce aparecen otros matices de vegetación. El sendero permite observar esa convivencia a una velocidad humana. Podemos continuar y regresar por el mismo camino, según el terreno, el caudal y las ganas.

Conviene reservar un rato para Ucero: tomar algo, recorrer sus calles y prolongar la tarde. Al salir, quizá la imagen más persistente sea la de una sabina junto al camino o la sombra de un buitre desplazándose por la roca. El cañón tiene muchas maneras de acompañarnos de vuelta.
Soria admite ese reparto generoso del tiempo. Hay un bosque al que regresar, un río que seguir y una ventana desde la que mirar la tarde. Quizá volvamos a casa recordando el momento en que nos sentamos sobre una piedra y dejamos pasar unos minutos. La luz se movía por los troncos. Alguien sacó un trozo de pan de la mochila. Teníamos por delante un camino, y aquella vez nos pareció bien tardar.

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