SORIA CON ALAS: Una semana de cámara y prismáticos
SORIA CON ALAS:
Una semana de cámara y prismáticos.
Dicen que en Soria el silencio tiene alas. Es un silencio ligero, de campo y de altura, atravesado por el batir de los buitres sobre los páramos, el silbido del cernícalo en los pueblos dormidos y el rumor de los ríos que cortan la tierra caliza. La provincia, una de las más despobladas de España, guarda una pureza casi intacta en sus paisajes y un patrimonio que ha convivido siglos con las aves. Desde los escarpes del sur hasta los humedales escondidos, Soria ofrece una semana de descubrimiento en la que naturaleza y arquitectura se dan la mano. Una aventura ornitológica que mezcla vuelo, piedra y memoria.
1. Sur de la provincia: Almaluez y Monteagudo de las Vicarías

Entre los campos abiertos y las laderas de sabina, el sur de Soria despliega horizontes amplios que invitan a mirar al cielo. Monteagudo de las Vicarías, con su castillo medieval presidiendo la laguna, es un punto privilegiado para ver águilas reales (Aquila chrysaetos), buitres leonados (Gyps fulvus) y cernícalos primilla (Falco naumanni) que se recortan sobre el perfil de la muralla. La laguna de Monteagudo, humedal estacional, atrae en primavera ánades reales, garzas y limícolas; mientras, en las lomas de Almaluez, los trigueros y cogujadas llenan el aire de canto rural.

La ruta que une ambos pueblos deja sentir la huella de la vieja frontera entre Castilla y Aragón: torres vigías, iglesias románicas, viejos caminos de carreteros. Sobre ellos, el vuelo de las rapaces dibuja un relato natural que se repite desde hace siglos, eterno como la piedra y el viento. Una experiencia inolvidable.
2. Parameras de La Perera, Madruédano, Tarancueña y Caracena

El alma de Soria se esconde en sus páramos, territorios donde la soledad convive con un silencio antiguo. Desde La Perera hasta Caracena, pasando por Tarancueña, los campos se abren entre encinares dispersos y pequeños barrancos de caliza. Es tierra de buitres leonados y águilas reales, pero también del aguilucho cenizo (Circuspygargus), que patrulla los trigales, y del mochuelo europeo (Athene noctua) que asoma al atardecer.

Caracena, con su iglesia románica de San Pedro y el impresionante cañón del río, combina la belleza natural con la historia pétrea. Los viejos molinos, las casas de piedra y la quietud del paisaje recuerdan una vida rural que se acompasa con el vuelo de los cuervos. En primavera, cuando el cielo se llena de nubes y luz, el visitante asiste a un espectáculo de alas sobre una tierra detenida en el tiempo.

3. Berlanga de Duero y el observatorio del río
Berlanga de Duero es el punto perfecto donde la piedra y el agua conversan. Bajo su castillo renacentista y las almenas que vigilan el valle, el río Duero, a pocos kilómetros del pueblo, serpentea entre chopos y álamos donde anidan el martín pescador (Alcedo atthis) y el mirlo acuático (Cinclus cinclus). Desde el observatorio habilitado en las afueras del pueblo, puede verse el ir y venir de garzas reales y ánades azulones, mientras el buitre leonado vigila desde las paredes cercanas.

El caserío de Berlanga, joya monumental, vibra con ecos del pasado: la colegiata gótica, los restos de muralla y los balcones de madera que miran al valle. El viajero que levanta la vista encuentra, en ese cruce de historia y naturaleza, la perfecta armonía de Soria: donde las aves heredan el cielo y los pueblos la memoria. La zona de la vieja estación de Tren también es buen lugar…
4. Valle de Arbujuelo
Entre los cerros erosionados y el curso tranquilo del Jalón emerge el Valle del Arbujuelo, una joya semiárida donde confluyen el vuelo del buitre leonado y la agilidad del gavilán (Accipiter nisus). En las laderas cálidas sobrevuelan la culebrera europea (Circaetus gallicus) y el águila real, mientras las chovas piquirrojas aportan su toque de color en los riscos.

Medinaceli se alza cerca, dominando el horizonte con su arco romano y el trazado de su casco medieval. Desde allí, el viajero puede descender hacia el valle, donde los huertos y los cultivos de secano dibujan un mosaico de paisaje que combina con la microreserva botánica del entorno. Las aves aquí no solo sobrevuelan la historia: la habitan, se posan en los muros, beben del Jalón y se confunden con los siglos. Pueblos como Urex y Layna cierran el entorno.
5. Humedales de Barahona-Apanseque
En el corazón cerealista de Soria, entre trigales y sabinares dispersos, los humedales de Barahona y Apanseque emergen como espejos de vida. Las avutardas (Otis tarda) dominan la escena, majestuosas en su andar sereno. Entre los juncos se esconden ánades azulones, alcaravanes (Burhinus oedicnemus) y cernícalos que patrullan los márgenes. En las charcas, el reflejo del cielo multiplica el vuelo de las garzas y las lavanderas.

Los pueblos de Barahona y Nolay conservan el sabor más puro de la arquitectura rural, con casas de piedra y pequeñas iglesias románicas que parecen guardadas por las cigüeñas. En primavera, los caminos entre las lagunas se llenan de vida: el aire huele a cebada y a agua reciente, y basta detenerse unos minutos para entender por qué aquí las aves encuentran su refugio.
6. Hoz del Talegones
El río Talegones ha excavado uno de los cañones más hermosos y desconocidos de Soria. Entre los farallones calizos se escuchan los reclamos del ruiseñor y el eco del búho real (Bubo bubo). Los buitres y las águilas sobrevuelan el desfiladero, mientras los pequeños aviones zapadores aprovechan los taludes para anidar. Es también zona de paso para garzas reales en migración, que surcan el cañón en busca de los valles del Duero.

El entorno natural conserva un aire intacto, con sabinas y arces en las orillas. Las piedras guardan secretos del pasado: antiguos eremitorios rupestres, restos de molinos y sendas que conducen hacia Caltojar o Retortillo. Aquí la naturaleza se expresa en sobrecogedor equilibrio, con el vuelo de las rapaces trazando el mapa invisible del río.
7. Barranco de Avenales
El último día conduce al viajero hacia el Barranco de Avenales, un paraje escondido junto al Jalón donde la roca caliza se abre en garganta. En sus paredes anidan los gavilanes, el búho real y los mirlos acuáticos que bajan al río a pescar. Los cernícalos y las currucas merodean entre la vegetación ribereña, mientras los buitres leonados vigilan desde los riscos.

El entorno, modelado por siglos de erosión, ofrece una experiencia casi mística. Los pueblos cercanos, como Jubera o Velilla de Medinaceli, conservan la huella de lo antiguo: calles de piedra, fuentes escondidas, silencios compartidos con las aves. Al caer la tarde, cuando el sonido de los pasos se confunde con el trino del ruiseñor, el barranco parece contener la esencia de toda Soria: soledad, vuelo y memoria.

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