Ruta por la Campiña Sur de Soria
Ruta por la Campiña Sur de Soria
En ruta con el Omoda 5

Hay carreteras que no se recorren para llegar, sino para ir entendiendo. Esta, que arranca en la segoviana Ayllón y entra después en el sur de Soria hasta rendirse en Medinaceli, pertenece a esa clase de viajes. No pide una lista de monumentos ni una colección de fotografías rápidas. Pide tiempo, pide ventanilla baja, pide aceptar que aquí la geografía no es un decorado, sino una forma de carácter. La SO-135 y la SO-132 dibujan en el suroeste soriano un corredor de pueblos, páramos y desvíos mínimos desde el que se asoman Montejo de Tiermes, Riba de Escalote, Barcones y el entorno de Medinaceli; a ese eje se le pegan, como ramificaciones naturales del paisaje, Liceras, Tarancueña, Lumías o Rello. Es una ruta de piedra, de altura y de memoria, más cercana a la idea de frontera que a la de comarca apacible.
Ayllón funciona como un umbral perfecto. Antes de que la carretera se abra hacia el sur soriano, la villa todavía se recoge junto al Aguisejo, con su arco, su puente y esa sensación de haber sido puerta antes que destino. La muralla bajaba hacia el río y volvía a cerrarse sobre las huertas, como si la villa hubiera aprendido desde muy pronto que en estas tierras vivir consistía también en delimitar, defender, medir la intemperie. El viajero sale de Ayllón con esa impresión aún reciente: la de un lugar donde la arquitectura no fue un capricho, sino una negociación constante con el borde. Esa es, seguramente, la mejor forma de empezar este itinerario, porque lo que viene después prolonga esa pedagogía: pueblos que vigilan, páramos que exponen, ríos que abren hendiduras y caminos que durante siglos no separaron territorios, sino mundos.

Lo hace, además, a bordo de un Omoda 5, un SUV compacto de alrededor de 4,4 metros de longitud, un tamaño que aquí resulta convincente por dos razones nada menores: permite viajar con aplomo por carreteras abiertas y, al mismo tiempo, no intimida cuando toca entrar en travesías estrechas o desviarse por enlaces secundarios hacia un pueblo en alto. No hace falta forzar la descripción del coche para entender su papel en esta historia: posición de conducción elevada, buena visibilidad, y una naturaleza de coche rutero contemporáneo que encaja con esta mezcla de asfaltos regionales, altiplanos barridos por el viento y pausas frecuentes. En una ruta así no se trata de presumir de máquina, sino de agradecer que el coche acompañe sin robar protagonismo. El Omoda 5, por tamaño y planteamiento, cumple esa función con naturalidad.
En cuanto se deja atrás la comodidad histórica de Ayllón y se cruza a la provincia de Soria, aparece Liceras como una primera declaración de intenciones. Allí la piedra vuelve a hablar en voz militar. La atalaya del lugar, hoy despojada de solemnidad y atravesada por usos posteriores, sigue contando algo esencial: este era un territorio de observación. El propio municipio recuerda que la proximidad de Tiermes organizó la red viaria del entorno y que esa torre controlaba la ruta hacia Uxama por el pasillo Liceras-Montejo, el mismo corredor que conducía hastaSegovia. Incluso asoma en esa explicación la vieja calzada de Quinea, la que la tradición literaria relaciona con el Cantar de Mio Cid. De golpe, el viaje entiende que la frontera no está solo en los castillos visibles: también vive en los nombres del camino, en los pasos que hubo que vigilar, en la conciencia de estar siempre entre un sitio y otro.
Liceras enseña algo más. Enseña que la Campiña Sur de Soria no debería leerse como una postal de despoblación, sino como un gran archivo de movimientos. Mucho antes de que el viajero contemporáneo enlazara comarcales con el navegador, estas tierras ya eran una geografía de tránsito. La trashumancia dejó aquí una manera de entender el espacio: no como propiedad cerrada, sino como recorrido. En la provincia soriana, la memoria pastoril sigue asociada a cordeles, cañadas y a la gran columna vertebral de la Cañada Real Soriana Oriental, una de esas rutas históricas por las que el ganado merino hizo legible el territorio durante siglos.
Montejo de Tiermes llega entonces no como un pueblo más, sino como una sacudida de profundidad temporal. Pocas veces un altozano consigue condensar con tanta claridad la idea de que la historia no pasa: sedimenta. El yacimiento de Tiermes, en el término de Montejo, se asienta sobre esa arenisca rosa que la Junta define como la base de su arquitectura rupestre, y en sus restos visitables se leen las distintas capas de un mundo prerromano, celtibérico y romano que aquí no son conceptos escolares, sino materia casi táctil. El castellum aquae, la casa del acueducto, las canalizaciones, la muralla, las viviendas excavadas en la roca, la necrópolis cercana: todo parece responder a una inteligencia antigua que supo sacar ciudad de una loma áspera. No extraña que Tiermes siga impresionando tanto; no es una ruina decorativa, sino un paisaje pensado.
Y sin embargo Montejo de Tiermes no conmueve solo por la arqueología. Conmueve porque obliga a mirar el territorio como lo miraron otros antes: desde una altura, buscando agua, controlando caminos, defendiendo un borde. Aquí el pasado ibérico y celtibérico, el romano después, y la larga secuencia medieval más tarde, se encadenan sin estridencia. El cerro rojo parece haber estado esperando siempre a que alguien lo convirtiera en fortaleza, en asentamiento, en observatorio. Hay lugares donde la historia podría haber sido de otro modo; en Tiermes da la impresión de que no. Esa fatalidad geográfica —esa mezcla de belleza y dureza— define buena parte del sur de Soria. El viajero lo percibe con claridad al alejarse del yacimiento: la carretera vuelve a ser presente, pero el paisaje ya ha dejado de ser inocente.
Después llega Tarancueña, y con ella una variación del mismo tema. Si Montejo había enseñado la ciudad tallada, Tarancueña enseña la persistencia del poblamiento. El municipio conserva una iglesia de los siglos XVI y XVII con restos románicos, y en su término aparecen tanto la Villa Romana de Huerta del Río como el yacimiento de Los Tolmos, vinculado a ocupaciones de la Edad del Bronce. La suma no es casual: estas tierras, tan silenciosas hoy, fueron habitadas una y otra vez porque el relieve ofrecía abrigo, paso y vigilancia. Alojarse en la Casa de los Pastores da un idea de ese nuevo turismo rural de la zona. Cerca, el cañón que une Tarancueña con Caracena vuelve a introducir el agua como argumento del paisaje; no hace falta recorrerlo entero para entender que el sur soriano no se explica solo por la horizontal del páramo, sino también por estas grietas repentinas en las que la tierra se pliega y parece guardar otra temperatura. Tarancueña tiene algo de lugar bisagra: rural, arqueológica, fronteriza.
En una ruta así, Lumías aparece casi como un secreto. Pertenece al municipio de Berlanga de Duero, pero su alma está en otra parte. El propio pueblo se presenta como una localidad situada en la carretera entre Retortillo de Soria y Barahona, y el entorno turístico insiste en la singularidad del Cañón del río Talegones, un sendero corto, fresco, de vegetación de ribera, donde el agua a veces desaparece bajo el suelo kárstico cuando baja el caudal. Eso es precisamente lo fascinante de Lumías: no necesita imponerse. Le basta con insinuar. En un viaje dominado por atalayas, castillos y memorias de frontera, este rincón recuerda que también el agua ejerce soberanía y que los ríos pequeños son, con frecuencia, los que mejor escriben el paisaje.
Hay, además, una forma humana de estar en estos pueblos que conviene no despachar con la palabra “autenticidad”, tan manoseada por la literatura de viajes. Aquí la gente no parece custodiar una estampa, sino una relación concreta con la distancia. Las casas, las eras, los cerramientos, las iglesias medio rehechas, los usos cambiantes de una torre o de una nave no hablan tanto de nostalgia como de adaptación. En la Campiña Sur soriana el heroísmo nunca fue grandilocuente; fue doméstico. Consistió en resistir inviernos, en administrar agua, en subir y bajar ganado, en leer el cielo, en saber cuándo una carretera era salvación y cuándo aislamiento. Quizá por eso el viajero atento no saca de esta ruta una lección sentimental, sino una ética: la de quienes han vivido mucho tiempo sin separar paisaje y trabajo, memoria y subsistencia. Esa es la gran diferencia entre atravesar estos pueblos y simplemente visitarlos.
Rello recupera entonces el argumento de la altura con una contundencia casi teatral. En la hoz del Escalote, sobre una peña de los Altos de Barahona, la villa aparece como uno de los recintos amurallados mejor conservados de la provincia. Mantiene buena parte de su perímetro almenado, dos puertas de acceso y los restos del castillo con su torre del homenaje y aljibe; la muralla se asienta sobre una muela, “a la manera de Medinaceli”, dice la documentación turística, y esa comparación resulta decisiva para comprender la lógica de la ruta. Rello no es solo un bonito pueblo medieval: es una pieza de sistema. Su arquitectura militar responde a un paisaje que exigía dominar visualmente el entorno y protegerse en un tiempo en el que la frontera era una experiencia cotidiana, no una línea dibujada en un mapa.
Desde Rello hacia Medinaceli la ruta se vuelve todavía más desnuda y más mineral. La carretera parece avanzar por un país de páramos altos y horizontes largos en el que el cielo gana protagonismo a cada kilómetro. Es entonces cuando el Omoda 5 revela mejor su sentido en el viaje: no como refugio tecnológico, sino como cápsula cómoda desde la que leer el vacío sin fatigarse. La posición elevada ayuda a mantener siempre la vista lejos, hacia las lomas, las vaguadas, los corredores del viento. Y eso importa, porque en esta parte del trayecto el gran espectáculo no está en lo puntual, sino en la continuidad del territorio. El sur soriano no entra por acumulación, sino por insistencia. Repite formas, colores, silencios, y termina imponiendo una percepción distinta del tiempo: más lenta, más geológica, menos urbana.
Medinaceli, al final, no decepciona porque no cierra la ruta: la culmina. Su arco romano, fechado entre los siglos II y III y descrito por la Junta como el único de triple arquería conservado en España, resume por sí solo buena parte de lo recorrido. Es monumento, sí, pero también es mirador. Desde su posición, a más de 1.200 metros de altitud según el ayuntamiento de la villa, la vista se abre sobre los valles del Arbuxuelo y del Jalón, sobre salinas, cerros y caminos. Ahí se entiende por qué Medinaceli fue mucho más que una escala noble o un final bonito: fue una altura estratégica, una llave territorial, un balcón desde el que leer el centro peninsular como si todo estuviera aún en discusión. Hay pueblos que se miran desde dentro; Medinaceli obliga a mirar hacia fuera.
Su condición de frontera tampoco es una metáfora reciente. Medinaceli forma parte hoy del GR-160, la ruta “Tierras de Frontera” del Camino del Cid, un itinerario que atraviesa precisamente esas tierras medievales donde la supervivencia dependía de asedios, algaras y posiciones militares. Un lugar único, que merece el desvio desde la A-2.

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