LA CULTURA RURAL DEL CALAO RIOJANO
LA CULTURA RURAL DEL CALAO RIOJANO
La magia subterránea de algunos pueblos riojanos
Hay pueblos de La Rioja que se entienden mejor bajando unas escaleras que mirando un mapa. La región se ha contado muchas veces desde los viñedos, desde la luz oblicua sobre el Ebro o desde la precisión casi ritual con la que se nombra una añada. Pero hay otra Rioja, más silenciosa y sensorial, que vive bajo tierra: la de los calaos, los barrios de bodegas, los calados familiares, los lagares excavados en roca y las galerías donde el vino descansaba cuando todavía era, antes que industria y prestigio internacional, una forma doméstica de ordenar la vida. En toda la comunidad hay decenas de barrios históricos de bodegas y miles de bodegas subterráneas catalogadas, señal de que no se trata de una rareza aislada, sino de una verdadera cultura del territorio.
Viajar por estos lugares tiene algo de descubrimiento físico. No se trata solo de visitar bodegas, catar vinos o pasear por cascos históricos impecables. Se trata de comprender cómo el territorio riojano fue creando, a golpe de necesidad y saber popular, una arquitectura del vino enterrada y paciente. En estos pueblos el viaje gana espesor porque, junto al vino contemporáneo, sigue latiendo la materialidad de los siglos: roca madre, humedad constante, respiraderos, prensas antiguas, lagos, merenderos y cuevas familiares donde el tiempo parece moverse con la lentitud exacta que exige la crianza. Seis pueblos, seis formas de entrar en esa Rioja escondida.
San Asensio, donde el vino baja al corazón de la roca

San Asensio aparece en la Rioja Alta como un pueblo elevado sobre el entorno del Ebro y del Najerilla, con una identidad vinícola tan marcada que La Rioja Turismo lo define como la “cuna del clarete”. Su economía ha estado profundamente ligada a la viticultura y a la elaboración de vinos de calidad dentro de la DOCa Rioja, y su nombre sigue asociado a una de las fiestas más conocidas del calendario enológico regional: la Batalla del Clarete. Pero antes de esa celebración expansiva y festiva está la otra cara del pueblo, la más recogida y estructural: la de su antiguo barrio de bodegas, un universo excavado en la roca que explica por qué San Asensio no solo produce vino, sino que está hecho de cultura del vino.

Aquí el viajero no tarda en sentir que la topografía manda. Hay un momento, al acercarse, en que el caserío parece guardar una segunda ciudad bajo sus pies. Bodegas Lecea lo resume de forma muy elocuente: en el antiguo barrio de las bodegas existen más de 350 bodegas familiares excavadas en la roca en el siglo XVI, utilizadas durante siglos para la producción y hoy convertidas en uno de los grandes legados patrimoniales de la cultura del vino en Rioja. La visita a sus calados, comunicados entre sí y con más de quinientos años de historia, permite entender que aquí el vino no fue solo economía, sino también arquitectura popular, memoria familiar y una forma de vida. La idea de alojarnos en la Casa Rural los Carros, puede ser un broche perfecto.
Rodezno, un cerro lleno de bodegas y una belleza sin aspavientos
Rodezno no necesita grandes dimensiones para dejar huella. Situado en la Rioja Alta, muy cerca de Haro, guarda uno de los conjuntos de bodegas tradicionales más singulares de la región. Su barrio de bodegas, ubicado en el Cerro de la Encina, conserva alrededor de un centenar de bodegas tradicionales, muchas de ellas documentadas desde el siglo XV. El propio ayuntamiento lo presenta como uno de los principales recursos turísticos del municipio.
Hay pueblos donde el encanto procede del gran monumento y otros en los que la magia está en la suma de elementos discretos. Rodezno pertenece claramente a los segundos. El cerro de las bodegas, con sus entradas repetidas y sus señales mínimas de vida vinícola, tiene algo hipnótico. No impresiona por monumentalidad, sino por persistencia. Cada puerta parece guardar una biografía. Cada respiradero insinúa el trabajo de varias generaciones. Cada merendero recuerda que el vino no era solo un producto, sino una manera de reunirse. En el barrio aparecen bodegas-cueva, calaos, aguadojos, tuferas, campillares y, ya en el interior, lagos, prensas, tinas o botelleros. Si a esto unimos un alojamiento rural sumamente cuidado, como El Mirador de Eloisa, de Elena, perteneciente a Ascarioja, este pueblo va a quedar como un referente para nosotros.

A eso se suma un valor turístico que muchas veces pasa desapercibido: Rodezno permite una experiencia de Rioja Alta más tranquila, más lateral, menos sometida al brillo de los nombres más repetidos y, precisamente por eso, más íntima. La cercanía a Haro lo convierte en una escapada comodísima, pero el pueblo pide un ritmo distinto. Hay que caminarlo con atención, mirar sus lomas y dejar que la geografía del cerro explique el sentido de esas bodegas horadadas. Esa es la recompensa: una Rioja más callada y más verdadera.
Briones, la elegancia medieval y el vino guardado en la penumbra
Briones es, probablemente, uno de los pueblos más fotogénicos y más completos de La Rioja. Situado sobre un cerro que cae hacia el Ebro y declarado Conjunto Histórico Artístico, ofrece esa mezcla rara de nobleza urbana, belleza paisajística y hondura histórica que convierte un paseo en una verdadera experiencia de viaje. Sus calles, sus fachadas de piedra y su relación visual con el viñedo lo convierten en uno de los grandes nombres del turismo riojano.
Por eso resulta tan sugerente que, junto a esa imagen exterior tan cuidada, la experiencia de Briones también pueda leerse en clave subterránea. Aquí aparece Bodegas Betolaza, una casa familiar nacida en el pueblo y orientada a una elaboración muy vinculada al viñedo propio. La Rioja Turismo destaca dos rasgos que encajan perfectamente con el espíritu de esta ruta: la visita guiada por la propia familia y la posibilidad de probar sus vinos en un antiguo calado familiar. Además, el portal turístico sitúa la bodega en la zona de bodegas de Briones, desarrollada en la segunda mitad del siglo XVIII, donde se conservan calados de tierra, prensa antigua y lago.

Ese contraste entre lo visible y lo oculto hace de Briones un destino extraordinario. Arriba, el caserío monumental, la iglesia dominando el perfil, los miradores sobre el valle y la perfección casi narrativa del conjunto histórico. Abajo, el calado, la temperatura constante y la historia del vino contada desde la materia. Pocos pueblos resumen tan bien la condición dual de La Rioja: prestigio patrimonial en superficie y cultura vinícola sedimentada bajo tierra. En Briones se pasea mirando fachadas y balcones, pero se entiende de verdad el lugar cuando aparece la noción del vino como memoria familiar y no solo como producto de excelencia.
Villalba de Rioja, calaos discretos y una escapada con vocación boutique
encaja muy bien como pueblo de esta ruta porque suma dos virtudes que rara vez aparecen juntas con tanta claridad: patrimonio subterráneo y una hospitalidad pequeña, serena y cuidada. Situado en la ladera sur de los montes Obarenes, junto al límite con Álava y Burgos y a solo unos cinco kilómetros de Haro, el pueblo ofrece una Rioja Alta menos transitada, casi de umbral, con el viñedo muy cerca y una atmósfera de borde entre sierra y valle. La Rioja Turismo destaca entre sus recursos la parroquia de San Pelayo, el palacio de Ruiz del Castillo, la ermita de los Remedios, el rollo jurisdiccional y varias casas blasonadas, señales de un caserío con densidad histórica y nobleza rural.
Lo más interesante, sin embargo, está también bajo tierra. La documentación técnica sobre los barrios de bodegas de La Rioja identifica en Villalba de Rioja varios calaos y bodegas subterráneas en distintos sectores del municipio, con referencias expresas a calados excavados manualmente sobre sustrato rocoso arenisco y a barrios de bodegas en lugares como el Camino Viejo o la zona del cementerio. No estamos ante un conjunto tan numeroso como el de San Asensio pero sí ante una presencia real y significativa de esa arquitectura excavada que da sentido a toda esta ruta. Villalba aporta precisamente eso: una escala más discreta, más secreta, casi más íntima, que obliga a mirar con atención.
Esa discreción le favorece muchísimo como destino viajero. Villalba no abruma; seduce poco a poco. Su tamaño, su situación junto a los Obarenes y su cercanía a Haro permiten una escapada tranquila, ideal para quien busca una Rioja menos expuesta y más reposada. Y ahí entra muy bien su componente de alojamiento con perfil premium. El Palacio Condes de Cirac se presenta como una casa rural boutique de ocho habitaciones y suites, concebida para una estancia íntima y cuidada, con un lenguaje de hospitalidad claramente orientado al detalle y a la experiencia reposada
San Vicente de la Sonsierra, entre fortaleza, lagares rupestres y la mirada contemporánea del vino

San Vicente de la Sonsierra pertenece a otra categoría emocional dentro de La Rioja. Su posición entre el Ebro y la sierra, su castillo-fortaleza, su puente medieval y la contundencia histórica del lugar le dan una intensidad fronteriza muy marcada. La Rioja Turismo subraya que su economía se basa en la agricultura, con claro predominio del cultivo de la vid, y la presenta como una localidad donde existen bodegas importantes. Su patrimonio y su ubicación explican por qué aquí el vino forma parte de una cultura territorial mucho más amplia.
Es verdad que San Vicente no se identifica, en las fuentes consultadas, con un barrio de calaos tan rotundo como los de San Asensio, Rodezno o Quel. Su aportación a esta ruta subterránea se desplaza hacia otro patrimonio excavado relacionado con el vino: los lagares rupestres de la Sonsierra, referente para las propuestas de viaje por la comarca, junto a guardaviñas y otros elementos tradicionales del paisaje vitícola. A ello se suma la presencia de Bodega Carlos Moro, que aporta una lectura actual del territorio y permite tender un puente entre la elaboración histórica y el enoturismo contemporáneo.
Turísticamente, San Vicente de la Sonsierra tiene una densidad extraordinaria. El recinto fortificado, el castillo, el puente medieval, la cercanía de Santa María de la Piscina, sus necrópolis y los senderos entre viñas crean una de las estampas más intensas de La Rioja. Aquí el viajero siente que el vino no es un sector aislado, sino la columna vertebral de un paisaje cultural entero. Si en otros pueblos la emoción está en el descenso al calado, en San Vicente está en la sensación de que todo el territorio ha sido modelado por la cultura del vino.
Quel, el pueblo donde las cuevas dibujan una segunda ladera

En la Rioja Oriental, lejos de la solemnidad pétrea de la Rioja Alta pero igual de arraigado a una geografía intensa, Quel ofrece otra variante del mundo subterráneo del vino. La Rioja Turismo lo sitúa en la comarca de Arnedo, en la margen izquierda del río Cidacos, protegido por una peña longitudinal que acompaña el cauce. Esa condición de pueblo al abrigo de una gran ladera rocosa resulta decisiva, porque en Quel el paisaje no es un simple fondo: determina el carácter del lugar y explica la forma en que el barrio de bodegas se incrusta en la roca.

El Barrio de Bodegas de Quel está descrito oficialmente como un conjunto de bodegas-calaos excavados en la roca y superpuestos en diferentes niveles, donde históricamente se realizaba todo el proceso de elaboración del vino dentro de un contexto de economía familiar. El dato más expresivo es también el más visual: en el monte de la localidad existen unas 150 bodegas-cueva individuales. Esa imagen de ladera habitada por el vino convierte a Quel en uno de los grandes escenarios del patrimonio vinícola oculto de La Rioja.
Hay algo especialmente emocionante en la disposición escalonada de estas cuevas. No es la linealidad ordenada de una bodega contemporánea. Es otra lógica, más orgánica, más pegada a la montaña y a las necesidades de cada familia. De ahí que el paseo por el barrio de bodegas tenga un punto casi arqueológico. Cada acceso parece resumir una pequeña historia de autosuficiencia, vendimia, crianza y reunión. El viajero siente que está recorriendo una topografía emocional además de arquitectónica. Quel demuestra, con mucha claridad, que la sofisticación del vino riojano empezó muchas veces en espacios humildes, construidos con inteligencia popular y paciencia mineral.
