Valeriano Becquer: El hermano que hizo visible al relato.

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Valeriano Becquer:

El hermano que hizo visible al relato


A lo mejor no has oído hablar de él. Pero si  Gustavo convirtió Soria en relato, Valeriano la convirtió en imagen. Su aportación no es menor ni subsidiaria: es otra forma de literatura, hecha con trazo, color y observación. El Museo del Prado recuerda que, por Real Orden de 6 de febrero de 1865, Isabel II le concedió una pensión para recoger datos y estudios sobre los “trajes característicos, usos y costumbres” de las provincias españolas y remitir cada año cuadros al museo. Esa misión explica por qué su obra soriana posee tanto valor artístico como documental. Y la Diputación de Soria, cuando ha presentado las exposiciones dedicadas a ambos hermanos en Morón de Almazán, ha insistido precisamente en ese punto: los Bécquer conocieron la provincia con el afán de recopilar indumentaria, usos y costumbres.

Dicho de otro modo: Valeriano no venía a inventarse Soria, sino a mirarla. Y esa mirada es una de las más fértiles que ha recibido la provincia. En sus cuadros y dibujos sorianos aparecen hilanderas, leñadores, panaderas, vendedores, aldeanos, pastores y bailes. No son estampas folclóricas vacías. Son el retrato de una sociedad rural todavía íntegra, con sus prendas específicas, su dignidad de oficio y su verdad material. Lo que Gustavo vuelve emoción, Valeriano lo vuelve forma. Lo que uno sugiere, el otro lo fija. Juntos construyen una provincia completa.

 

La Soria de Valeriano en la capital

También en la capital dejó huella el pintor. El cuaderno histórico sobre los Bécquer en Soria señala que Valeriano tomó numerosos apuntes y dibujó escenas costumbristas sorianas y vistas de la ciudad, mientras Gustavo publicaba estudios y textos sobre enclaves como San Saturio. Es una información importante porque impide reducir a Valeriano al mero costumbrismo aldeano: también leyó la ciudad, sus perfiles, sus monumentos y su forma de encajarse en el paisaje fluvial.

Mirar Soria con ojos de Valeriano implica fijarse menos en la grandilocuencia monumental y más en la relación entre la ciudad y la vida ordinaria. En cómo se inclina una calle, en cómo cae un manto, en cómo la piedra urbana se comunica con la ribera y el campo. La capital no era para él solo un compendio de monumentos venerables; era también un espacio humano. Y ahí reside el valor moderno de su trabajo: al dibujar escenas y tipos, estaba dejando constancia de una civilización cotidiana que el progreso del siglo iba a transformar con rapidez.

 

Fuentetoba y Villaciervos: la verdad de los tipos populares

Si hay dos paradas capaces de condensar el genio documental de Valeriano, esas son Fuentetoba y Villaciervos. La bibliografía soriana y la Biblioteca Digital de la Diputación recuerdan que Valeriano dibujó aldeanos de Fuentetoba, publicados con textos de Gustavo en La Ilustración de Madrid del 27 de febrero de 1870. Esa referencia, aparentemente pequeña, es enorme: significa que incluso un pueblo tan cercano a Soria capital quedó incorporado al archivo visual de los hermanos. Fuentetobaya no es solo la puerta de un paisaje de toba, fuente y monte; es también una pieza del atlas humano becqueriano.

Villaciervos, por su parte, aparece con una nitidez extraordinaria. El cuaderno Gustavo Adolfo Bécquer en Soria afirma que Valeriano tomó allí modelos costumbristas y que su cuadro La Hilandera, de 1866, está pintado en ese pueblo; también cita dibujos como Leñador de Pinares y pastor de Villaciervos. La web municipal añade que una de las imágenes más antiguas conservadas de la población es precisamente un dibujo suyo. De pronto, un pequeño municipio del entorno de la capital deja de ser anonimato rural y pasa a formar parte de la iconografía mayor del siglo XIX español.

Viajar hoy a Fuentetoba y Villaciervos con esta información cambia por completo la experiencia. En lugar de limitarse a “ver pueblos”, uno busca la continuidad de una textura: la mampostería, las cubiertas, los muros, el porte de la gente, la relación entre el caserío y el campo. Se entiende mejor lo que Valeriano estaba haciendo: no coleccionaba curiosidades pintorescas, sino que documentaba una forma de estar en el territorio. Y esa lección sigue siendo perfectamente contemporánea.

 

El Burgo de Osma: la nobleza rural según Valeriano

El Burgo de Osma merece un capítulo propio porque en él la mirada de Valeriano alcanza una mezcla muy precisa de elegancia y rusticidad. El cuaderno histórico soriano afirma que en esta villa tomó modelos costumbristas y que en El leñador la figura viste la dalmática con capucha propia del Burgo. El Museo del Prado conserva además la pareja formada por Un leñador en las cercanías de Burgo de Osma y Hilandera en las cercanías de Burgo de Osma, ambas de 1866, piezas que completaban junto a El baile. Costumbres populares de la provincia de Soria el envío correspondiente al segundo año de su pensión.

El resultado de esa mirada es deslumbrante porque El Burgo no aparece como reliquia, sino como mundo vivo. En las obras del Prado hay oficio, atuendo, dureza y una cierta serenidad terrestre. Y cuando uno recorre hoy la villa episcopal, con su catedral, su trazado porticado y su compostura histórica, entiende por qué Valeriano encontró aquí una materia tan rica. El Burgo de Osma tiene algo singular dentro de la provincia: conserva señorío sin perder campo. No es enteramente urbano ni enteramente aldeano. Quizá por eso sus tipos populares tienen tanta fuerza: pertenecen a una sociedad rural, sí, pero situada en un lugar con densidad histórica y con cierta conciencia de sí misma.

 

Almazán y Moron: pan, plaza y una Castilla con pulso

En Almazán, Valeriano dejó, entre otros trabajos, La panadera de Almazán, según el dossier histórico de la ruta becqueriana. El dato parece humilde, pero es magnífico. Una panadera basta para explicar toda una ciudad. Porque Almazán no entra en esta historia como una abstracción monumental, sino como un organismo cívico donde el trabajo y la vida común tienen representación. En la lógica de Valeriano, una panadera pesa tanto como una torre, porque ambas definen un territorio.

Almazán mantiene todavía esa cualidad de ciudad intermedia castellana que sabe alternar nobleza y funcionalidad. Tiene aire de plaza comercial antigua, de cruce de caminos y de comunidad que ha vivido del campo sin encerrarse en él. Por eso encaja tan bien en el itinerario de Valeriano: aquí el costumbrismo no cae en lo aldeano puro, sino que se desplaza a una Castilla más articulada, donde el vestido popular convive con una sociabilidad urbana de escala contenida. La panadera de Valeriano, vista así, no es un personaje menor: es el emblema de una provincia que se sostiene en manos concretas.

Morón de Almazán entra en este recorrido de un modo ligeramente distinto y conviene decirlo con precisión. No es, con la documentación manejada, uno de los escenarios creativos mejor acreditados de Gustavo o Valeriano, como sí lo son Soria, Noviercas, Gómara, Beratón, Villaciervos, El Burgo o Almazán. Su importancia actual reside en otra cosa: el Museo Provincial del Traje Popular de Morón ha sido el gran centro interpretativo del legado indumentario de los hermanos en la provincia. La Diputación lo ha presentado como punto central de la exposición Al estilo del país, donde la indumentaria popular soriana se lee “a través de los ojos de Valeriano y de Gustavo Adolfo”.

Eso convierte a Morón en un final perfecto. Después de haber visto manantiales, castillos, monasterios, vegas, aldeas y ciudades pequeñas, el viajero llega aquí y entiende que toda la ruta estaba también hablando de ropa, de tejidos, de maneras de cubrirse, de formas de trabajar y de comparecer en el mundo. Morón ordena intelectualmente el viaje. Le da marco. Explica por qué Valeriano pintó como pintó y por qué Gustavo escribió con tanta atención al detalle rural. No es una parada añadida: es el lugar donde la provincia se deja leer como cultura material.

La grandeza de esta Soria becqueriana está en que no obliga a elegir entre la emoción y el documento. Gustavo ofrece el escalofrío, la penumbra, la música verbal, la revelación romántica. Valeriano aporta el cuerpo de las cosas: la faldilla, la capa, la capucha, la hilandera, el leñador, el baile, el vendedor, la panadera. Uno trabaja con la aparición; el otro, con la presencia. Uno convierte la provincia en leyenda; el otro evita que la leyenda se desprenda de la tierra. Esa es la mejor manera de viajar aquí: aceptar que la provincia no está hecha solo de destinos, sino de resonancias. Y que en Soria, quizá más que en ninguna otra parte, el viaje verdadero consiste en aprender a mirar a la vez con los ojos de un poeta y con los de un pintor.

Imágenes: © Archivo Fotográfico Museo Nacional del Prado

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