BODEGAS FIGUERO
El discreto encanto de la belleza.
Hay lugares que no se entienden del todo hasta que se recorren a pie. La Horra, en la provincia de Burgos, es uno de ellos. Al llegar, la Ribera del Duero deja de ser una denominación en una etiqueta y se convierte en una experiencia: lomas suaves, viñedos ordenados como si fueran parte del propio paisaje, aire limpio que anuncia noches frías y una luz que cambia cada hora sobre la tierra. Aquí, entre 800 y 900 metros de altitud, se encuentra Bodegas Figuero (https://figuero.es/), una bodega familiar que ha hecho de la calidad, el origen y la paciencia su manera de entender el vino.

Este no es solo un artículo sobre una bodega. Es un recorrido por un territorio, una familia y una idea muy sencilla – y a la vez muy exigente –: elaborar vinos que sepan contar exactamente de dónde vienen. La belleza no sólo es visual.
La primera impresión: una tierra que se reconoce
El viaje comienza antes de entrar en la bodega. La carretera que conduce a La Horra atraviesa un paisaje burgalés de horizontes amplios, campos de cultivo y viñedos que parecen extenderse hasta perderse. No hay prisa posible en este entorno. El ritmo lo marca la tierra: la sequedad del verano, la frescura de las noches, la espera de la vendimia y el silencio de los inviernos.

La Horra está situada en una zona especialmente valiosa de la D.O. Ribera del Duero. Sus suelos de arcilla, limos y materiales calcáreos, junto con las laderas suaves y la altitud, crean un microclima que permite obtener uvas con frescura, concentración y equilibrio. Es una tierra que históricamente se ha dedicado a la vid, no por casualidad, sino porque las condiciones la hacen especialmente aptas para el cultivo de la Tempranillo, la variedad que en esta zona se conoce como Tinto Fino.
Cuando se camina entre las cepas, se comprende por qué Figuero insiste tanto en el concepto de origen. No se trata de una palabra de marketing, sino de una realidad física: cada parcela tiene su orientación, su textura de suelo, su exposición al viento y su propia personalidad. La bodega trabaja con un mosaico de parcelas donde el viñedo cambia en pocos metros, y esa diversidad es una de las claves de la complejidad de sus vinos.
La Horra: un pueblo escrito en vino
La Horra no es un escenario alrededor de la bodega: es parte esencial de su historia. Este municipio burgalés tiene una larga tradición vinícola que se remonta siglos atrás. Ya en el siglo XIX, según algunos escritos, se producían 100.000 cántaras al año, equivalentes a 1.600.000 litros de vino. Una cifra que explica por qué el vino no es aquí una actividad más, sino una herencia colectiva.

En el centro del pueblo destaca la Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora, obra vinculada a Ondátegui, colaborador en la Catedral de Burgos. Su portada de 1780, con un gran arco, el interior de tres naves llamadas “de salón” y el retablo neoclásico del altar mayor, con dos bajorrelieves del siglo XII, convierten la iglesia en uno de los rincones más emblemáticos del municipio.
También merece la pena perderse por la zona de bodegas subterráneas conocida como «Cogollos», famosa por sus zarceras cónicas. Estos espacios excavados en la tierra recuerdan cómo se conservaba el vino antes de la tecnología moderna: con frescura natural, silencio y paciencia. Es fácil imaginar a las familias de La Horra bajando a sus bodegas para revisar las cubas, compartir una comida o guardar aquellas botellas reservadas para ocasiones especiales.
Incluso los alrededores invitan a caminar: los arroyos Madre y Prado riegan El Ejido y desembocan en la margen derecha del Duero, mientras los montes de La Horra y Villalobón, cubiertos de pinos, ofrecen un contraste natural al paisaje de viñedos.

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Entre ellos destaca el Doncel de Mataperras, un impresionante pino piñonero de más de cuatro metros de perímetro y más de veinte metros de altura. Puede descubrirse en el Sendero Paseos por el Monte, una ruta de unos doce kilómetros que parte del propio pueblo y que también puede recorrerse en bicicleta. Es una forma perfecta de entender el territorio: viñedo, monte, agua y silencio.
Esa misma tierra ha dado como fruto una historia familiar que tiene raíces muy profundas. Bodegas Figuero no nació de un cálculo comercial, sino de una vida entera dedicada a la viña. El proyecto se formalizó en 2001, cuando José María García y Milagros Figuero, después de décadas trabajando en el campo, decidieron dar un paso más y elaborar vino con las uvas de sus propias viñas.

La familia García Figuero lleva generaciones vinculada al viñedo de La Horra. Sus abuelos ya cultivaban viñas en el pueblo, y durante años las uvas de la familia se destinaron a otras bodegas antes de que la siguiente generación decidiera crear su propio proyecto. Hoy, la bodega representa la continuidad de una saga familiar que ya camina por la tercera generación de viticultores. Esa herencia se percibe en la forma de trabajar: con respeto por lo aprendido, pero también con una visión moderna orientada a la calidad, la sostenibilidad y la proyección internacional.

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