Tierra Calma: un jardín de garnachas perfumadas

Hay etiquetas que simbolizan momentos… y esto es lo que sucede con los amigos de Tierra Calma. Pensar en Madrid y en agricultura es posible gracias a personas como la familia Aguilar Moreno, que han hecho de su amor por sus viejos viñedos de garnacha uno de los vinos más interesantes que se pueden encontrar en la D.O Vinos de Madrid.


Estamos en uno de los rincones mejor conservados de la provincia. San Martín de Valdeiglesias, casi lindando con Ávila y Toledo, entre la Sierra de Madrid y la de Gredos, se está convirtiendo en un paraíso natural para el turismo enológico. Para unos, sigue siendo una parada en La Carretera de Los Pantanos, lugar de ocio y segunda residencia para muchos desde los años setenta del siglo pasado; para otros, es una de las zonas más interesantes de la emergente cultura enológica española. No es raro que ya en el siglo XVI los vinos de la zona fueran de los más cotizados en la corte de Felipe II.

Tierra Calma es un verdadero santuario natural es donde se despliegan veinte hectáreas de viñedos casi centenarios, que en muchos casos estaban olvidados. Esas garnachas viejas, el buen asesoramiento del reconocido enólogo Francis “El Largo”, la pasión de Elena y Rafael por esta tierra y el buen saber de algunos paisanos de la zona son los pilares de un producto diferente, donde la calidad justifica el precio.

La bodega es un proyecto joven pero ambicioso, muy condicionado por su escenario natural. El microclima de la zona y la roca granítica que la rodea hacen de ella un paraje excepcional para el cultivo de vides, convirtiéndola en el escenario perfecto para el nacimiento de un vino tinto exclusivo que marca la diferencia por su gran sutileza.


 

Abrir una botella de Tierra Calma Las Cabreras (2016) dice mucho de cómo debe ser un garnacha moderno que merece pagar los 28 euros que cuesta. Fácil, poderoso y fácil de tomar… Una primera copa pide la segunda, porque resulta agradable para el experto que busca algo diferente y para el aficionado que sólo quiere disfrutar de un buen vino tinto.

Si buscamos un vino más sofisticado Tierra Calma La Nava (2016) no nos va a decepcionar. Con creces se pueden pagar los 38 euros de cada botella porque estamos ante un vino tan sofisticado, como equilibrado. Eso le hace diferente.

El trabajo de campo ahora tiene su reconocimiento. Es producto de todo un minucioso trabajo, casi de artesanía, es un tinto redondo y amable, con carisma y de una inconfundible complejidad tanto en aroma como a nivel estructural. Salta a la vista con un agresivo color cereza, es fino en nariz y amplio y limpio en boca. Los aficionados a los aspectos técnicos disfrutan con su intensa expresión aromática a frutas rojas maduras con notas florales y una textura firme pero suave al paladar. Después de unos segundos, se siente ese toque envolvente de los vinos con calidad y un delicado toque mineral que nos dice donde estamos.

Por eso, se trata de un vino elegante donde fruta, acidez y frescura se dan cita en una impecable armonía. Para una velada con quesos, embutidos, carnes o asados, Tierra Calma es un digno invitado de honor, una propuesta Premium que sabe hablar de la tierra y la variedad y que deja ver el cariño, la serenidad y el tesón que hay tras él. Ideal para las ocasiones más especiales, porque vale más de lo que cuesta.

En una visita a la bodega se entiende mejor esa apuesta decidida por la calidad, pero también es un viaje de vuelta a los orígenes, a la agricultura tradicional. La humedad y acidez del suelo favorecen la producción de una garnacha única y diferente, que se cuida y cultiva de manera natural y ecológica, rodeada de pinares, jaras, enebros y una gran cantidad de plantas que le aportan interesantes aromas florales.

Eso hace diferente a los viñedos de garnacha. Esta variedad, devaluada durante años, es la que mejor recoge el carácter del terruño y su entorno, expresando toda su delicadeza y personalidad. Viendo a Rafael como prepara la tierra en esos días de invierno se entiende el resultado. Estamos en un viñedo, plantado estratégicamente, a 670 m de altitud en orientación norte, con rendimientos bajos. Sus racimos, pequeños y sueltos, de color rojo oscuro a morado intenso son una apuesta por la calidad.

El resto del secreto está en el reposo y la maduración, que se realiza en barricas de roble francés durante al menos nueve meses -doce en el caso de La Nava-. Esa madera blanda de poro fino enriquece al vino transmitiéndole sus propiedades con calma y equilibrio. ¿El resultado? Un vino que pone en valor a las viejas garnachas de Madrid.