Placeres alaveses: un viaje iniciático por la ruta del Arabako Txakolina
Placeres alaveses: un viaje iniciático por la ruta del Arabako Txakolina
A lo largo de la cuenca del Nervión, allí donde las brumas matinales se enredan en las laderas y los viñedos parecen trepar hacia el cielo en un anhelo de luz, late una de las rutas más íntimas, místicas y literarias de Euskadi: la de Arabako Txakolina. Este recorrido por el txakoli alavés, que despliega su esencia en los municipios de Okondo, Llodio, Amurrio, Ayala (Aiara) y Artziniega, es mucho más que un itinerario turístico; es una invitación a comulgar con la tierra, donde la arquitectura, el paisaje y el vino se funden en un todo inseparable. Aquí, cada pueblo custodia un secreto antiguo y cada copa de txakoli es un brindis sagrado a la tradición y a la memoria de una comunidad.

Es un territorio para ser recorrido con la calma del iniciado, donde el coche se transforma en el compañero de meditación: no para devorar kilómetros, sino para detenerse, respirar el aire húmedo y dejarse envolver por una arquitectura rural que narra siglos de labranza. Los caseríos de piedra y madera, las plazas donde el tiempo parece haberse suspendido en un sueño eterno y las bodegas donde el vino burbujea como un eco ancestral, conforman un escenario único. Aunque la ruta dibuja una «V» sobre el mapa, el verdadero placer reside en descubrir los misterios que aguardan en los tramos de la A-624 y la A-625. No nos hallamos ante un simple desfile de etiquetas y manteles, sino ante una inmersión profunda en los valores de un pueblo que ha sabido erigir su patrimonio sobre la resistencia y la creatividad.

El txakoli es el hilo de Ariadna que guía nuestros pasos: desde las viñas suspendidas de Okondo hasta las profundidades subterráneas de Artziniega, pasando por la solera de Llodio y el vigor de Amurrio. La comarca de Aiaraldea —la histórica Ayala— se alza como el único bastión alavés donde el clima atlántico, las laderas frescas y los suelos cascajosos permiten que la uva HondarrabiZuri alcance su cenit. Es un edén gastronómico donde los quesos artesanos, la miel pura y las patatas de la tierra dotan a la zona de una autoridad culinaria que no requiere de estrellas ni de artificios retóricos.

El umbral de este valle se abre en Okondo, un paisaje de verdes infinitos donde los caseríos parecen piezas de un rompecabezas rural. En las alturas, la bodega Señorío de Astobiza (www.astobiza.com) se erige como un templo de vanguardia integrado en el entorno. La visita a sus dominios es una lección de historia que viaja desde los primeros testimonios medievales hasta la excelencia de la denominación actual. Su restaurante invita a maridar el txakoli con los tesoros de la montaña alavesa y la sencillez de la huerta, en un espacio donde los grandes ventanales dialogan con la madera vista. En su afán innovador, incluso sorprenden al viajero con una ginebra de autor y un txakoli rosado de delicada factura. Para quienes busquen que el sueño se prolongue entre vides, las casas rurales de Nekatur (www.nekatur.net), como el rehabilitado caserío Ganekobide, ofrecen el refugio ideal para una estancia de recogimiento y senderismo.

Hacia el ser Llodio (Laudio) surge como una villa de contrastes, donde el pasado agrario convive con la huella industrial del Nervión. Sus casas-torre y palacios blasonados son testigos de una época en la que el comercio y la vid caminaban de la mano. Dominando el horizonte desde un caserío del siglo XVIII, la bodega Beldui Txakolina (www.txakolibeldui.com) custodia una tradición enológica que se remonta al año 964.
Allí, Rosa regenta un santuario de cocina casera donde, previo encargo, se pueden degustar alubias y carnes de monte que encuentran su alma gemela en los txakolis blancos, tintos y espumosos de la casa. Las visitas teatralizadas transforman la cata en un relato vivo de familias y cosechas, convirtiendo cada copa en un fragmento de la historia del valle.

Algo parecido sucede en Amurrio, que se presenta como la encrucijada donde la industria y el vino se dan la mano. Su casco histórico, jalonado de casas de indianos y plazas pétreas, refleja la prosperidad de otro siglo. En sus márgenes, la bodega Artomaña Txakolina(www.artomanatxakolina.eus) ofrece una experiencia enoturística total que culmina en el restaurante Ardantze, donde los platos de temporada bailan al ritmo de los caldos de la DO. La excelencia se extiende a fogones como los de Abiaga o el evocador El Infierno Delika, que elevan el producto local a nuevas cotas de modernidad. Es aquí donde el turismo rural, bajo el amparo de Nekatur, demuestra su capacidad para ofrecer descanso con vistas panorámicas y la calidez del hogar.

En el corazón de la montaña, Ayala (Aiara) conserva un patrimonio indómito de santuarios y miradores. El municipio es el escenario del programa Txakoli Bizi (www.txakolidealava.com), una serie de experiencias que vinculan al viajero con la esencia del pastoreo y la huerta. Es el lugar perfecto para desconectar del estrépito del mundo y conectar con la naturaleza, disfrutando de un vaso de txakoli fresco, cuya sutil burbuja parece capturar el espíritu de los arroyos cercanos.

Los amantes de la actividades al aire libre tienen aquí un lugar pefecto para sus actividades. El embalse de Maroñoy un entramado de caminos y senderos nos llevan a lugares mágicos, donde elmusgo y la piedra se abrazan como siguiendo un ritual de vida completa.

Finalmente, el viaje culmina en la joya de la corona: Artziniega. Fundada en 1272 por Alfonso X el Sabio, esta villa medieval es un prodigio de conservación. Sus calles paralelas y sus más de 300 bodegas subterráneas son el testimonio de una devoción milenaria por la viticultura. Ante monumentos como la Iglesia de Santa María de los Reyes y su pórtico gótico, o la imponente Torre de Bengoa, el viajero comprende que el txakoli es, en última instancia, la sangre de esta tierra. Dormir en una de sus casas-torre rehabilitadas y saborear un chuletón de buey maridado con el mejor txakoli de la zona no es solo una cena; es el cierre perfecto de un viaje iniciático que transforma el paladar y el alma.

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