POR LAS FORTALEZAS DEL PERIGORD

UNA RUTA ENTRE CASTILLOS, BASTIDAS Y MESAS FORMIDABLES

Hay regiones que se recorren siguiendo una carretera, un río o una colección de monumentos. El Périgord (https://www.perigord.com/es/), en el departamento francés de Dordoña, se descubre siguiendo el color de la piedra. Es una caliza cálida, entre dorada y miel, que al atardecer convierte castillos, iglesias y pueblos enteros en decorados de película. Pero aquí no se ha necesitado escenógrafo: las murallas son auténticas, las puertas fortificadas han visto pasar ejércitos y algunas plazas celebran mercados desde hace más de quinientos años.

El Périgord explica la historia sin necesidad de impartir una lección. Lo hace mediante una iglesia que parece una fortaleza, unas viviendas escondidas bajo una plaza, dos castillos que se vigilan desde orillas opuestas y una residencia donde Josefina Baker intentó construir una familia universal. Y también la cuenta a través de la mesa. El pato, las nueces, las trufas, los quesos, las setas, las fresas y los vinos de Bergerac componen otro mapa del territorio: menos guerrero y considerablemente más sabroso. Para recorrerlo solo hacen falta un coche, unos días libres, curiosidad y espacio en el maletero. La sensación de un segundo viaje es inevitable.


Biron, un castillo para dominar el horizonte

El viaje comienza en Biron, donde su castillo se levanta sobre una colina con una presencia casi teatral. Fue la sede de una de las baronías más antiguas del Périgord y estuvo relacionado durante siglos con la poderosa familia Gontaut-Biron.

No estamos ante un edificio levantado de una sola vez. Biron es una auténtica enciclopedia arquitectónica, ampliada y corregida por generaciones sucesivas. En sus muros conviven elementos medievales, renacentistas y clásicos. Las construcciones defensivas recuerdan el tiempo de los asedios, mientras que las estancias residenciales muestran cómo la nobleza fue cambiando las incómodas fortalezas por palacios en los que recibir invitados sin obligarlos a dormir con la espada junto a la almohada.

Entre los personajes vinculados a esta casa destacó Charles de Gontaut, duque de Biron y mariscal de Francia. Fue compañero de armas de Enrique IV, pero su carrera terminó de manera poco gloriosa cuando fue acusado de conspirar contra el rey y ejecutado en París en 1602. Su biografía reúne poder, traición, política y un desenlace contundente: material perfecto para una serie histórica.


Monpazier, la Edad Media diseñada con escuadra

Apenas diez minutos separan Biron de Monpazier, una de las bastidas mejor conservadas del suroeste francés. Las bastidas eran poblaciones planificadas durante los siglos XIII y XIV para organizar el territorio, estimular el comercio y reforzar la autoridad de reyes y señores.

Monpazier fue fundada en 1284 bajo el reinado de Eduardo I de Inglaterra. Aunque hoy se encuentra en pleno territorio francés, Aquitania estuvo durante siglos vinculada a la Corona inglesa. De ahí que en estas carreteras aparezcan pueblos franceses fundados por monarcas ingleses, fortalezas que cambiaron varias veces de bando y una cierta sensación de que la Guerra de los Cien Años todavía necesita algunas explicaciones.

El trazado de Monpazier resulta casi geométrico. Sus calles se cruzan formando una cuadrícula y desembocan en la plaza des Cornières, rodeada por soportales y casas de piedra. Allí se comerciaba, se administraba justicia y circulaban las noticias. En otras palabras, era mercado, ayuntamiento, tribunal y red social, todo sin necesidad de contraseña.

Es también un buen lugar para empezar a explorar la gastronomía del Périgord: foie gras, confit y magret de pato, patés, setas, miel y la célebre nuez local. Quienes no consuman carne encontrarán quesos de cabra, verduras, panes artesanos y platos en los que la trufa negra demuestra que un hongo puede comportarse como una joya.


Issigeac, una noche entre casas inclinadas

Después de las líneas rectas de Monpazier, Issigeac parece haber sido dibujado por alguien con alergia a las reglas. Sus callejuelas curvas, casas con entramados de madera y fachadas ligeramente inclinadas forman uno de los conjuntos más encantadores de la comarca. Un ovalo con forma de pueblo!

La población creció alrededor de un antiguo monasterio y conserva edificios medievales y renacentistas, además de un palacio episcopal. Su mercado dominical es uno de los más populares del Périgord. Bajo los puestos aparecen frutas, verduras, quesos, panes, vinos y productos de pato, mientras habitantes y visitantes practican ese deporte tan francés que consiste en hablar largo rato sobre qué tomate tiene mejor aspecto.

Issigeac es un lugar ideal para pasar la primera noche. Cuando se marchan quienes vienen únicamente al mercado, el pueblo recupera una calma íntima. Alojarse en una casa de huéspedes como La Brucelière (https://labruceliere.fr/) permite disfrutar de la piedra al atardecer y probar una cena regional sin necesidad de volver a conducir. Su crema de calabazas y sus platos de “canard” son una referencia.


Beaumont-du-Périgord, una fortaleza inglesa

La bastida fue fundada en 1272 por Eduardo I de Inglaterra, uno de los grandes monarcas guerreros de la Edad Media. Su monumento más llamativo es la iglesia de Saint-Laurent-et-Saint-Front. Sus proporciones, sus gruesos muros y su aspecto defensivo hacen que parezca una fortaleza que, por casualidad, también celebra misa. La antigua puerta de Luzier y las casas fortificadas completan un paisaje urbano que transporta a tiempos mucho menos tranquilos.

Las bastidas no eran solamente enclaves militares. También constituían proyectos económicos destinados a atraer población mediante parcelas, mercados y determinados privilegios. La plaza era tan importante como la muralla: una protegía a la ciudadanía y la otra garantizaba que hubiera algo que comprar, vender y llevar a la mesa.


Belvès, una ciudad sobre otra ciudad

La carretera lleva después hasta Belvès, encaramado sobre un espolón rocoso que domina el valle del Nauze. En el centro se encuentra el mercado cubierto del siglo XV, todavía utilizado los sábados. Bajo su tejado de madera se celebra un mercado tradicional, demostrando que el patrimonio funciona mejor cuando continúa formando parte de la vida diaria.

La sorpresa está bajo la plaza de Armas. Allí se conservan ocho viviendas troglodíticas utilizadas entre los siglos XIII y XVIII. Estos espacios subterráneos permiten acercarse a la vida de las clases populares, casi siempre eclipsada por las historias de reyes y caballeros.

La Edad Media no estuvo habitada exclusivamente por nobles con armaduras brillantes. También vivieron en ella familias campesinas, artesanos, comerciantes, mujeres y hombres que cocinaban, trabajaban y dormían en condiciones muy alejadas de los salones señoriales. Las viviendas de Belvès recuerdan esa historia cotidiana y anónima.


La Roque-Gageac, atrapada felizmente entre el río y la roca

Muy cerca aparece La Roque-Gageac, comprimida entre un enorme acantilado y el rio que da nombre a la región. Las casas se alinean junto al agua, protegidas por la pared rocosa, que además favorece un microclima especialmente suave. ¿Muchos turistas? Claro! Lo bonito gusta a todos.

Una de las mejores maneras de contemplar el pueblo es desde una gabarre, embarcación inspirada en las antiguas barcas que transportaban mercancías por el río. Desde el agua se aprecia la extraordinaria relación entre los castillos, las aldeas y la Dordoña, que durante siglos funcionó como carretera comercial.

La Roque-Gageac invita a detener el coche y caminar sin objetivo. El verdadero lujo consiste en sentarse junto al río, contemplar las fachadas doradas y dejar pasar unos minutos sin convertirlos en contenido para ninguna red social.

Sobre el mapa, el itinerario parece corto. En la práctica, está lleno de mercados, claustros, miradores y restaurantes que obligan a viajar despacio. Aquí no triunfa quien llega primero, sino quien sabe cuándo detenerse.

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