PERIGORD, UN TRIANGULO DE TRUFA, VINO Y FOIE
Entre Sarlat-la-Canéda, Bergerac y Périgueux, las carreteras del Périgord, en el suroeste de Francia, las prisas no son recomendables. Las carreteras vecinales dibujan un viaje de piedra dorada, bosques y viñedos. El vino, el foie y la trufa ponen sabor al recorrido. Para disfrutarlo, conviene dejar sitio en la maleta a una vieja forma de felicidad: disponer de tiempo sin sentir la obligación de llenarlo.

Hay viajes que empiezan al cerrar una puerta y otros al dejar de mirar el reloj. Este pertenece a los segundos. Antes de llegar, aún llevamos dentro el pequeño ruido de las obligaciones: responder, avanzar, aprovechar. Después aparece una carretera entre árboles, una casa con contraventanas, un río al fondo del valle. Aflojamos el paso. Alguien ha puesto una mesa junto a una ventana. Podríamos sentarnos allí. Podríamos quedarnos hasta que la luz se retire de los tejados.
Sobre el mapa, Sarlat-la-Canéda, Bergerac y Périgueux forman un triángulo. Sobre el terreno, sus lados se llenan de curvas, pueblos, colinas y tentaciones.

Sarlat aparece con el color de un pan recién hecho. La piedra caliza guarda una tibieza que cambia según la luz: miel, mantequilla, oro apagado. Sus callejuelas se estrechan, se doblan, abren una plaza y vuelven a cerrarse como si la ciudad quisiera enseñarnos sus secretos de uno en uno. Sobre nuestras cabezas se inclinan tejados, ventanas y cornisas. Miramos hacia arriba. Miramos otra vez. Hay lugares que consiguen devolvernos la mirada distraída de la infancia.

La catedral de Saint-Sacerdos, los palacios urbanos y la casa natal de La Boétie van saliendo a nuestro encuentro. Ni el exceso de turistas puede quitar a Sarlat esa extraordinaria ambientación medieval y renacentista, pero su belleza admite también una visita sin erudición: seguir el dibujo de una escalera, escuchar los pasos bajo un pasadizo, apoyar la mano en una pared. En esa piedra trabajada por tantas manos, la historia adquiere una cercanía que ningún resumen puede sustituir.

Después de alojarnos en el Hotel Naad (https://www.naad-hotel.com/es/) y pelearnos con la máquina de parking, conviene alejarse de los locales más turísticos y buscar algún pequeño local donde disfrutar de unas patatas sarladaises o una dorada en grasa de pato, con ajo y perejil. Tienen la contundencia amable de los platos que justifican un paseo posterior y, a la vez, lo vuelven negociable. A su lado, un confit de pato permite comprender hasta qué punto la cocina del Périgord sabe sacar partido de la paciencia. La piel cruje; la carne cede. Fuera, la ciudad continúa. Dentro, partimos otro trozo de pan.

El complemento puede ser algún pequeño capricho con trufa. Su nombre científico, Tuber melanosporum, resulta preciso y poco sentimental para algo que despierta tantas emociones. Crece bajo tierra, asociada a las raíces de árboles como robles y encinas, y obliga a buscar lo valioso donde la mirada no alcanza. Los perros adiestrados leen el suelo con el hocico. El buscador espera, se agacha, aparta la tierra con cuidado. Toda esa atención acaba concentrada en una pieza oscura que cabe en la palma de la mano.
En la mesa, unas láminas sobre huevos o un poco de mantequilla trufada pueden abrir una puerta al bosque. Hay una profundidad terrosa en su perfume, algo que invita a cerrar los ojos antes de seguir comiendo. La trufa fresca tiene su propio ciclo y su disponibilidad; un viaje sin calendario puede aceptar también esa lección. Comeremos lo que la tierra ofrezca cuando lleguemos. El placer de viajar incluye dejar que el lugar decida una parte del menú.
Desde Sarlat bajamos hacia el valle del Dordoña. Los árboles acompañan la carretera y, entre sus ramas, aparecen claros, prados y tejados. De pronto, el río. Su presencia ensancha el paisaje y modifica el ánimo: dan ganas de detener el coche, encontrar un sendero y caminar hasta una orilla. El agua lleva reflejos, alguna hoja, la sombra de una nube. Podemos mirarla durante un buen rato sin sentir que nos estamos perdiendo nada.

Las paradas se alinean con el rio. Beynac-et-Cazenac trepa desde el río hasta su castillo. Las casas parecen buscar refugio unas junto a otras, y las callejas ascienden con esa inclinación que convierte cada descanso en un mirador. La Roque-Gageac ofrece otra relación con la altura. Sus casas se arriman al acantilado, encajadas entre la roca y el Dordoña, como si el pueblo hubiera encontrado un hueco especialmente protegido. El castillo de Castelnaud añade otra silueta al valle. Podríamos encadenar visitas, aunque también podemos elegir un banco y dejar pasar la tarde.

Bergerac nos devuelve a las orillas del Dordoña con una elegancia doméstica. El casco antiguo combina piedra, entramados de madera y plazas donde apetece sentarse. Caminamos desde las calles hacia los muelles, dejando que el río asome al final de una perspectiva. El agua acompaña la ciudad como una conversación antigua. Podemos recorrerla, volver al centro, elegir una terraza y reconocer una sensación que ya empieza a ser familiar: todavía queremos quedarnos un poco más.

Cyrano pone su nariz y su gesto en esta geografía. La ciudad ha hecho suyo al personaje de Edmond Rostand, aunque el escritor histórico que inspiró la obra no fuera natural de aquí. El vínculo literario deja una compañía simpática en el paseo. Bajo su sombra imaginaria, hasta pedir un café parece admitir cierta teatralidad. Después, una silla, la taza y unas voces cercanas nos devuelven al placer sencillo de observar una plaza sin convertirla en una tarea. Dordogne Périgord Tourisme

En torno a Bergerac, el vino amplía las posibilidades del viaje. Los blancos secos, los tintos de Pécharmant y los vinos dulces de Monbazillac hablan de paisajes distintos dentro de una misma comarca. Una degustación puede ayudarnos a reconocerlos, pero el descubrimiento comienza antes de la copa, al acercarnos a las viñas y escuchar a quien las trabaja. Aprendemos qué suelo pisan las raíces, qué inquietudes trae el cielo, cuánto cuidado exige una botella aparentemente quieta.

Subimos hacia Monbazillac, en las colinas al sur de Bergerac. Desde el entorno de su castillo, el viñedo se abre sobre el valle y nos invita a mirar despacio. Hay orden en las hileras y movimiento en el relieve, una trama paciente extendida sobre la tierra. El castillo reúne rasgos defensivos y ornamentos renacentistas, pero el paisaje reclama también nuestra atención. Volvemos la cabeza hacia las viñas. El viaje empieza a tener el color que luego encontraremos en el vaso.

Una terrina de foie gras junto a ese vino ofrece una de las combinaciones clásicas del territorio. Podemos probarla en pequeñas porciones, con pan y conversación, dando espacio a sus texturas. El foie de pato suele expresar un sabor más marcado; el de oca, una delicadeza distinta. Cada casa y cada elaboración introducen matices. Su elaboración pertenece a una tradición que atraviesa todo el Périgord.
Desde Bergerac tomamos rumbo al norte, hacia Périgueux. Los viñedos van cediendo terreno a otros cultivos, arboledas y pueblos. La carretera vuelve a ofrecernos una sucesión de escenas breves: un portal abierto, un jardín, una sombra cruzando el asfalto. A estas alturas llevamos menos impaciencia. Incluso el equipaje parece más ligero, aunque hayamos añadido alguna botella. Hemos aprendido a conceder valor a los intervalos, a ese tiempo del trayecto que también pertenece al viaje.

Périgueux, recibe al viajero junto al Isle. Sobre la ciudad, las cúpulas de Saint-Front componen una silueta inesperada, con resonancias romano-bizantinas que hacen levantar la vista. Nos acercamos desde las calles y buscamos después otra perspectiva junto al agua. El edificio cambia con cada ángulo. Alrededor continúan las compras, las conversaciones, las puertas que se abren.
El apetito nos conduce de nuevo hacia las tiendas y las mesas. En Périgueux reaparece la despensa que venimos conociendo: foie, pato, trufa, nueces. Ahora los sabores tienen lugares asociados. Un vino devuelve las colinas de Bergerac; un perfume terroso, los bosques y las tiendas de Sarlat. Pedimos despacio. Puede haber un pequeño cabécou de cabra, una preparación de pato, un pastel de nueces. Disfrutad malditos, porque el regreso está garantizado…

Novedades
Déjanos tu email y te mantendremos informado.













