MI PUEBLO ES LA MARCA

Hay pueblos que aparecen en los mapas y otros que también se cuelan en las cartas de los restaurantes. Basta pronunciar Cantimpalos, Jabugo, Cabrales, Jijona o Campo Real para despertar el apetito. Sin embargo, viajar hasta ellos descubre algo que olvidamos frente al plato: detrás de cada producto famoso existe un territorio verdadero, con plazas, senderos, ganaderos, secaderos, queserías y obradores.

Esta ruta recorre cinco localidades que han entrado en el diccionario gastronómico sin perder su acento. Conviene visitarlas con tiempo, curiosidad y hambre, porque aquí el paisaje no solo se contempla: también se corta en lonchas, se unta, se sirve en un cuenco y se comparte.


1.- Cantimpalos: el pueblo que convirtió el aire segoviano en ingrediente

Cantimpalos se extiende sobre la llanura segoviana sin grandes aspavientos. No necesita murallas gigantescas ni palacios interminables para presentarse. Le bastan sus calles tranquilas, los campos abiertos y ese aire seco que baja de la Sierra de Guadarrama y parece creado expresamente para curar embutidos. Aquí el clima no es una conversación de ascensor: forma parte de la receta.

El pueblo invita a caminar despacio. Su patrimonio gira alrededor de la iglesia de la Inmaculada Concepción, sobria y muy castellana, y de la ermita del Cristo. En torno al casco urbano, los caminos agrícolas resumen el paisaje: horizontes despejados, tierras de labor y un cielo enorme. El nombre de Cantimpalos aparece documentado ya en el siglo XIII como “Cam de Palos”.

Pero su monumento más famoso se corta en rodajas. El Chorizo de Cantimpalos (https://www.chorizodecantimpalos.org/), protegido por una Indicación Geográfica Protegida, se elabora con carne de cerdo, sal y pimentón; puede incorporar ajo y orégano. Su carácter nace de la materia prima y de una maduración natural favorecida por el clima. Tiene sabor equilibrado, aroma limpio y un pimentón que deja recuerdo sin declarar la guerra al paladar.

La Feria del Chorizo (https://economia.jcyl.es/web/jcyl/Economia/es/Plantilla100Detalle/1142233348812/Evento/1285599302146/Comunicacion) que este año ha celebrado su XXV aniversario, confirma que el producto es una bandera colectiva. Desde aquí se puede continuar hacia Segovia, Pedraza o los pueblos de la campiña. Pero yo no me marcharía sin entrar en una tienda local. En Cantimpalos, el mejor recuerdo no acumula polvo: se corta, se comparte y desaparece sospechosamente rápido.


2.- Jabugo: el pueblo donde el tiempo trabaja en silencio

Pocas localidades españolas tienen un nombre tan rotundo. Decir Jabugo es imaginar una loncha fina de jamón ibérico, brillante, aromática y casi transparente. Pero el municipio es mucho más que una marca gastronómica. Se encuentra en el Parque Natural Sierra de Aracena y Picos de Aroche, rodeado de encinas, alcornoques, castaños y pequeñas aldeas blancas.

 

La carretera prepara el ánimo entre colinas, dehesas y fachadas encaladas. En el centro se alza la iglesia de San Miguel Arcángel. Otra parada esencial es El Tiro (https://dopjabugo.es/contacto/), edificio diseñado por Aníbal González y sede del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Protegida Jabugo. Recuperado como espacio interpretativo, explica la relación entre la dehesa, el cerdo ibérico y la cultura del jamón.

El Repilado, Los Romeros y El Quejigo forman parte de un municipio donde la industria jamonera convive con fuentes, antiguas fábricas, estaciones y senderos. Cerca esperan Aracena y su Gruta de las Maravillas, Almonaster la Real, Cortegana o Linares de la Sierra. Aquí, veinte minutos al volante bastan para pasar de una bodega a un castillo o una mezquita medieval.

El verdadero espectáculo sucede bajo techo, entre piezas colgadas y aromas profundos. Allí trabajan la sal, el aire y una paciencia sin atajos. La Ruta del Jabugo reúne experiencias en 31 municipios y varias bodegas ofrecen visitas guiadas. Se aprende que un buen jamón no solo se fabrica: se cuida, se cala y se espera mientras el aire serrano termina la obra.

Afuera corre el siglo XXI; dentro de la bodega, el calendario avanza de puntillas. La visita suele terminar con una degustación. Entonces el paisaje cobra sentido: la dehesa, el frío y el saber de generaciones aparecen concentrados en una loncha. En Jabugo, el tiempo no es oro. Es sabor.


3.- Cabrales: un queso azul en el corazón de la montaña

Cabrales no es un solo pueblo, sino un concejo formado por numerosas localidades. Carreña es su capital y Arenas de Cabrales, su núcleo más conocido y animado. Alrededor se despliega uno de los paisajes más poderosos de Asturias: Asiegu, Tielve, Sotres, Bulnes o Camarmeña aparecen encajados entre ríos, montañas y enormes paredes de caliza.

Aquí el paisaje entra por los ojos sin pedir permiso. El Picu Urriellu –el Naranjo de Bulnes– domina el imaginario montañero, mientras Poncebos abre la Ruta del Cares y la senda que asciende a Bulnes por la Canal del Texu. También existe el funicular. Los caminantes encontrarán desfiladeros y miradores donde cada curva mejora la fotografía anterior. Conviene llevar buen calzado: el entusiasmo agarra poco en las piedras mojadas.

Arenas conserva el ambiente de una villa montañera, con sidrerías y arquitectura tradicional. Allí se puede visitar una cueva-exposición dedicada al Cabrales y la iglesia de Santa María de Llas, de origen románico tardío. En Carreña, la Casa Bárcena interpreta el arte rupestre de la cueva de Covaciella, cerrada al público. Asiegu, Pueblo Ejemplar de Asturias en 2019, acerca al visitante a la cultura pastoril mediante la Ruta’l Quesu y la Sidra.

Y luego está el queso: húmedo, picante, poderoso y lleno de matices. El Cabrales se elabora artesanalmente con leche cruda de vaca o con mezclas de vaca, oveja y cabra. Su zona de producción comprende el concejo de Cabrales y algunos pueblos de Peñamellera Alta. Después de elaborarse, madura en cuevas naturales, donde la humedad y la temperatura favorecen el desarrollo del moho responsable de sus vetas azul verdosas.

Una quesería permite comprender por qué este alimento es inseparable de la montaña. Los animales aprovechan pastos de altura, los ganaderos trabajan sobre un terreno difícil y las cuevas completan la maduración. El Cabrales contiene, en cierto modo, un pedazo de los Picos de Europa. Intenso, complejo y elegante, exige acercarse sin prejuicios y dejar que hable.


4.- Jijona: el lugar donde la Navidad dura todo el año

En Jijona —Xixona en valenciano— sucede algo curioso: aunque sea agosto y el termómetro tenga intenciones poco amistosas, el aire conserva un recuerdo navideño. El nombre de la localidad está unido al turrón con tanta fuerza que cuesta imaginar uno sin el otro. Pero este pueblo alicantino, situado entre montañas y no muy lejos del Mediterráneo, ofrece bastante más que una tableta envuelta para regalo.

El casco antiguo trepa por la ladera entre calles estrechas y fachadas suaves. Arriba aguardan los restos del castillo y la Torre Grossa, con amplias vistas. El paseo continúa por el ayuntamiento, el Teatret y el Forn del Raval, un horno de origen islámico. En los alrededores, la sierra de La Carrasqueta ofrece senderos; entre enero y febrero, los almendros cubren el paisaje de blanco y rosa.

La parada más golosa es el Museo del Turrón (https://museodelturron.com/web/), donde maquinaria, utensilios y documentos narran una industria decisiva para la economía local. El recorrido muestra cómo los obradores incorporaron tecnología sin renunciar a la identidad y repasa la elaboración de turrones y mazapanes desde el siglo XVI.

El turrón de Jijona se distingue por su textura blanda. La almendra tostada se muele y mezcla con miel, azúcar y clara de huevo hasta lograr una pasta fina, untuosa y aromática. Es el pariente tierno del turrón de Alicante, duro y crujiente, igualmente protegido por su consejo regulador. Uno se deshace lentamente en la boca; el otro obliga a negociar con los dientes. Ambos dependen de una protagonista esencial: la almendra.

Jijona ha sabido sacar el turrón de diciembre. Sus fabricantes crean chocolates, cremas y helados, mientras los cocineros lo incorporan incluso a platos salados. También posee una larga tradición heladera, extendida por España gracias a familias jijonencas. Aquí la Navidad no empieza en los anuncios de televisión, sino mucho antes, entre almendros y obradores.


5.- Campo Real: la aceituna aliñada con paisaje madrileño

Campo Real no está en Ciudad Real, aunque el nombre tienda una pequeña trampa al viajero. Se encuentra en la Comunidad de Madrid, a poco más de treinta kilómetros de la capital, justo donde el perfil urbano pierde altura y reaparecen los olivares, el cereal y las lomas ocres. Es uno de esos lugares que desmontan la idea de que Madrid termina en la M-30: detrás de la metrópoli existe una comarca agrícola, luminosa y tranquila, con sabor propio.

El pueblo ocupa varios cerros y obliga a aceptar alguna cuesta, recompensada con vistas de la campiña. La iglesia de Santa María del Castillo es la principal referencia monumental. Cerca aparecen la ermita del Cristo de la Peña, casas tradicionales y rincones donde se adivina la antigua vida rural. Campo Real no deslumbra con una sola postal: cuenta cómo ha convivido durante siglos con la agricultura.

 

Su producto más célebre cabe en un platillo. Las aceitunas de Campo Real, amparadas por una Denominación de Calidad, se reconocen por su tono verde o pardo, forma redondeada, piel fina y pulpa generosa. Proceden de las variedades Manzanilla de Campo Real y Manzanilla Cacereña, pero su firma está en el aderezo. Ajo, tomillo, hinojo y orégano convierten cada fruto en una pequeña bomba aromática.

Aquí la aceituna no es una actriz secundaria que entretiene mientras llega la comida. Tiene personalidad, perfume de monte bajo y un punto de amargor que abre el apetito. Su preparación conserva técnicas transmitidas entre familias y obradores: recolección cuidadosa, tratamiento para suavizar el amargor, salmuera y aliño. Parece sencillo, pero la distancia entre una aceituna corriente y otra memorable reside precisamente en los tiempos, las proporciones y esos secretos que nadie termina de contar.

La escapada puede ampliarse entre olivares, quesos y aceites locales, o enlazarse con otros pueblos de la Alcarria madrileña. Mi final favorito es más elemental: una terraza, una bebida fría y un cuenco de aceitunas. Campo Real demuestra que, para emprender un viaje gastronómico, a veces basta con dejar atrás Madrid y pedir el aperitivo por su nombre completo.


 

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