SANTUARIOS TRUFEROS CON LA MERCEDES VITO MAS POLIVALENTE
SANTUARIOS TRUFEROS CON LA MERCEDES VITO MAS POLIVALENTE:
La Mercedes-Benz Vito es una compañera ideal para recorrer pueblos truferos porque combina confort de turismo y capacidad de vehículo de trabajo. Su amplitud interior permite viajar con total comodidad, incluso en rutas largas por carreteras secundarias y comarcales.

El espacio trasero es perfecto para llevar equipaje, ropa de abrigo, botas de campo y todo lo necesario para una escapada de invierno. También resulta muy práctica para transportar compras de producto local, cajas, cestas o incluso utensilios para jornadas en el monte. Su polivalencia hace que sirva igual de bien para una escapada en pareja que para un viaje con amigos o en familia. Por eso encaja tan bien con el universo trufero: es espaciosa, versátil, elegante y preparada para viajar sin prisas por la España interior.
Mora de Rubielos (Teruel)

Viajar hasta aquí en una Vito tiene, además, toda la lógica del mundo. Mora de Rubielos pide equipaje útil, compras improvisadas y margen para desviarse. El vehículo sirve para eso: para llegar con comodidad, aparcar y quedarse más de lo previsto. Porque este no es un pueblo de visita exprés, sino de fin de semana bien estirado.
La llegada a Mora de Rubielos tiene algo de entrada solemne. La Mercedes Vito avanza despacio por la sierra, con los asientos listos para un viaje largo y el almacén trasero lleno de chaquetas, botas y alguna caja de productos comprados en ruta, hasta que la piedra empieza a imponerse sobre el paisaje.
Entonces aparece la villa, dominada por el castillo-palacio de los Fernández de Heredia, una mole gótica del siglo XIV levantada sobre roca viva, y por la excolegiata de Santa María, que convierte el perfil del pueblo en una lección de arquitectura civil y religiosa.. Pasear por Mora es ir enlazando portales, murallas, casonas y plazas que no parecen puestas para la foto, sino para la vida lenta de un interior que todavía conserva aplomo. La calle de las Parras, la Plaza de la Iglesia o el Puente del Milagro no se visitan: se paladean, igual que una buena conversación a la salida de una sobremesa larga.
Pero en Mora, además de piedra noble, hay un perfume que lo impregna todo en invierno: el de la Tuber melanosporum. La comarca de Gúdar-Javalambre se presenta como un gran territorio trufero, y la localidad ha hecho de esa identidad un argumento de viaje. Para quien no quiera salir a buscarla por su cuenta, la forma más natural de entrar en materia es sentarse a la mesa del complejo La Trufa Negra, donde el restaurante Melanosporum ha convertido ese producto en seña de identidad, o sumarse a alguna experiencia de trufiturismo organizada en torno a la cultura de la trufa.
Benassal (Castellón)

Benassal se descubre despacio, como se descubren los pueblos que han aprendido a convivir con la altura, el silencio y la piedra. La Mercedes Vito trepa por el interior castellonense y, de pronto, el viaje deja de ser una escapada para convertirse en retirada elegante. Aquí están La Mola, edificio del siglo XIII ligado al nacimiento del núcleo urbano; las callejas de Els Carrerons, que conservan el aire del viejo poblado medieval; la Torre Redonda y los paños de muralla; el Museo Arqueológico del Alt Maestrat, instalado también en La Mola; y, unos kilómetros más allá, la celebrada Font d’En Segures, el gran emblema termal y sentimental de Benassal. Todo en el pueblo habla de un interior que no necesita decorarse porque ya tiene relato: agua célebre, piedra antigua y un paisaje de bancales, masías y montes donde la luz parece más limpia que en ningún otro sitio.

La trufa negra encaja aquí como una continuación natural del territorio. Benassal ha acogido la XXI Mostra de la Trufa Negra de l’Alt Maestrat, y la propia plataforma del evento presenta una Ruta Gastronómica del Alt Maestratbasada en bares y restaurantes que ofrecen menús especiales con la trufa como protagonista. Esa es la clave para el viajero que no quiere salir al monte con perro y azada: venir en temporada y dejar que el trabajo lo hagan la cocina y el calendario.
En Benassal, la trufa no funciona como excentricidad de alta cocina, sino como producto de paisaje, algo que se entiende mejor cuando aparece acompañando platos sinceros, fondos potentes y una despensa de montaña que no necesita maquillaje. En la zona de Font d’En Segures, además, el Hotel-Restaurant La Castellana sigue siendo una referencia clásica de alojamiento y mesa, bien situado para convertir la escapada en un pequeño retiro de invierno.
Benassal pide un tipo de viaje que a la Vito le sienta de maravilla: equipaje ordenado, espacio para cargar agua, quesos, embutidos o algún capricho gastronómico, y suficiente confort para enlazar carretera y sobremesa sin prisas. Aquí no manda la agenda; mandan la temperatura, el apetito y la intuición.
Abejar (Soria)

A Abejar no se llega: se entra en él como quien cruza un umbral de pinares. La carretera se abre entre masas de pino albar y la Mercedes Vito, con su mezcla de turismo práctico y furgón viajero, parece hecha para esta Soria de bosques, embalses y aire afilado. El pueblo vive junto al Embalse de la Cuerda del Pozo y a enclaves tan conocidos como Playa Pita, y esa combinación de agua y pinar le da una personalidad muy distinta de la Soria de piedra dorada o de paramera.
Ese aroma, claro, es el de la trufa. Abejar celebra cada febrero la Feria de la Trufa de Soria, descrita por el propio ayuntamiento como la cita más importante de carácter nacional del sector, y la web oficial de la feria insiste en esa mezcla de ciencia, gastronomía y territorio que ha convertido al pueblo en escaparate de la truficulturasoriana.
Para quien no quiera capturarla por su cuenta, la mejor estrategia aquí es sencilla: venir durante la feria o hacerlo coincidir con la Ruta Dorada de la Trufa, que lleva el producto a establecimientos y propuestas gastronómicas de la provincia. Abejar funciona entonces como capital emocional del “diamante negro” soriano: un lugar donde se habla de cultivo, se ve trabajar a los perros, se compra producto con criterio y, sobre todo, se entiende por qué la trufa no es sólo un ingrediente caro, sino una cultura completa. En invierno, el pueblo huele a tierra removida, a cocina concentrada y a turismo bien entendido.
El valor de Abejar está en que reúne producto, entorno y verdad. No necesita impostar sofisticación, porque la encuentra solo con poner una trufa buena sobre una cocina con memoria. Hay pueblos donde la gastronomía se presenta como reclamo; aquí se presenta como consecuencia natural del territorio. Y ese matiz lo cambia todo. Abejar, visto desde el parabrisas de una furgoneta cómoda y silenciosa, parece exactamente lo que es: un pueblo pequeño con categoría de destino grande.
Vilanova de Meià (Lleida)

Vilanova de Meià tiene ese raro privilegio de reunir geología, cocina y mundo rural sin que nada chirríe. Un lugar perfecto como la Nuestra Mercedes Vito camperizada. Vito avanza por la Vall de Meià y el viaje se vuelve mineral: montañas, paredones, recodos y la sensación de estar entrando en un territorio que aún conserva el espesor de lo remoto. Las guías de Catalunya lo sitúan en un entorno privilegiado, rodeado de fortificaciones medievales y rincones de gran interés, mientras el turismo comarcal recuerda que aquí pueden visitarse la iglesia romanicogótica de Sant Salvador y el Centre d’Interpretació del Montsec de Meià, donde la riqueza fósil del macizo se convierte en una experiencia de viaje casi prehistórica. Vilanova no juega la carta de la postal fácil; juega otra más interesante: la del lugar con capas, donde una mesa bien puesta puede convivir con los dinosaurios, los castillos y la vieja cultura agrícola sin ningún esfuerzo.
La trufa aparece aquí con naturalidad, como un fruto lógico del Montsec. Global Tuber, en Vilanova de Meià, declara cultivar más de 100 hectáreas de carrasca y robles truferos y ofrece trufa negra fresca desde la propia localidad; los teléfonos que has añadido al encargo coinciden con los datos públicos de esa empresa. En paralelo, la Fundació Coma de Meià se presenta como un proyecto nacido para preservar y difundir el patrimonio eco-agro-cultural y gastronómico del territorio, enlazando naturaleza, cocina y desarrollo rural. Para quien no quiera salir a buscar la trufa por su cuenta, este es el tipo de destino donde la experiencia no pasa tanto por “cazar” como por entender el producto y sentarse a la mesa adecuada. En el entorno del Montsec, por ejemplo, el Hostal Centre del Montsec anuncia platos como el canalón de pato con trufa y foie o crema de ceps, señales claras de una cocina que ha incorporado el aroma del territorio a su lenguaje cotidiano.
Graus (Huesca)

Graus tiene la rara habilidad de parecer mercado, villa histórica y capital sentimental de comarca al mismo tiempo. La entrada en la Mercedes Vito es casi cinematográfica: el valle se abre, las montañas se apartan lo justo y, de pronto, el casco histórico empieza a llamar con su Plaza Mayor, una de las plazas porticadas más bellas de Aragón.
Luego llega el Barrichós, el barrio más antiguo, con memoria de musulmanes, judíos y cristianos, y arriba, vigilando la villa, la Basílica de la Virgen de la Peña, con su mirador sobre la confluencia del Ésera y el Isábena. Graus tiene la nobleza de los pueblos que no se limitan a ser bonitos: además son útiles, vivos, comerciales. Por eso uno no siente que haya llegado a un decorado, sino a un sitio con pulsación propia, donde el viaje se mezcla enseguida con la compra, la charla y el aperitivo.
En materia trufera, Graus juega en una liga muy seria. El ayuntamiento subraya que la trufa negra es una buena muestra de su condición como uno de los grandes mercados nacionales, y el destino turístico local articula esa identidad con una Feria de la Trufa Negra y, sobre todo, con el Mercado de la Trufa de los sábados, donde se vende trufa fresca al detalle y se organizan degustaciones en temporada. La propia Asociación de Recolectores y Cultivadores de Trufa de Aragón recuerda, además, que el mercado de Graus es el más antiguo de Aragón y que la fórmula actual, con venta al detalle y tapas, funciona desde 2007. Para quien no quiera salir al campo a buscarla, pocas soluciones hay mejores: venir a Graus en temporada, comprar una pieza con asesoramiento y quedarse a probar tapas trufadas en el propio mercado. Aquí la trufa no se presenta como fetiche, sino como producto popular de gran nivel, algo que convive sin complejos con la longaniza, la repostería local y el espíritu ferial de la villa.
Si Mora es más pétrea y Abejar más forestal, Graus tiene un punto festivo y mercantil que lo hace especialmente apetecible para un viaje gastronómico. No hace falta salir a “cazar” la trufa cuando el pueblo la pone sobre la mesa, la explica y la celebra. Basta con llegar, dejar que caiga la tarde sobre la Plaza Mayor y aceptar que hay destinos donde la mejor forma de conocer el territorio es empezar por el paladar.

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