Por los valles que miran al mar

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Pocas montañas pueden presumir de guardar los olores del mar. Hay sitios donde la naturaleza cuadra su esencia, donde las cosas son placenteras desde un primer momento, y donde las emociones se miden por la intensidad, no por la cantidad. No es tan fácil… dar con estos sitios. Un coche y Cantabria son una mezcla perfecta para encontrar otra manera de entender la vida.

Hay placeres que no se olvidan. Subiendo el puerto de Piedrasluengas, desde Potes, dejando atrás el desfiladero de la Hermida, una pequeña carretera señala hacia el valle del Nansa. Una luz salvaje y esa emoción que sólo tienen los días de febrero cuando el invierno ya quiere pasar otra página, quedaban detrás de cada curva. Un pequeño letrero y una carretera de firme desigual marcaban el camino hacia el Valle del Nansa.

Desde entonces, me gusta llegar al Cantábrico, por este Valle del Nansa, dejando a mi derecha el rio que da nombre al valle. Desde que uno puede parar en el mirador del Jabalí y ver las siluetas de las montañas encadenadas una sobre otra, los planteamientos sobre las prisas y el disfrute son de otra manera… No es una cuestión ni de velocidad, ni de potencia.., pero uno quiere repetir una y otra vez… Sí es la belleza de una zona olvidada donde las emociones quedan.

No es fácil olvidar la primera vez que uno sube por encima de San Mamés, por caminos que todavía huelen a vaca y hierba recién cortada. Cuando uno se encuentra con Chencho, es fácil andar a su lado y recordar la trocha que lleva hasta Liébana antes de parar en Casa Enrique y tomar esos guisos de judías y probar el mejor pan del mundo, como dicen las “mellizas”, porque así conocen a las hijas de Enrique el panadero, que cada día suben y bajan por el valle con su furgoneta llena de panes de verdad, de esos que duran una semana en el arca como los que hacia mi abuela…

Desde la cabecera del Valle, uno ve la vida Peñas Abajo, como queriendo llevar la contra a la magnifica novela de Pereda. Ni el pantano, ni las pequeñas carreteras que llevan a uno y otro lado del valle quitan protagonismo a esas “casucas” que parecen contestar a las leyes de la gravedad… Cada invierno, con la nieve se inclinan un poco, pero nunca se caen.

Todo lo contrario sucede en Tudanca. En la zona todos hablan a los foráneos del Cossio, de su casa y de la biblioteca… Algunos curiosos se acercan hasta el pueblo. Todo cuidado… pero con una tediosa inactividad. Ni un bar, ni un restaurante… Sólo la belleza de un valle que siempre mira al norte…

Los pueblos de la costa son otra cosa. Dicen que los barcos siempre dan vida. Con la pesca se ha mantenido un poco más la población, pero tampoco corren buenos tiempos. En San Vicente de la Barquera, en Comillas o Suances, se sigue pensando en el veraneo como la solución a todos los males. En las casas todavía se recuerdan aquellos veraneos de tres meses.

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