VALLE DEL BOÍ

La historia y la naturaleza forman en el Valle del Boí un paisaje único e indivisible. Nadie que lo visite pasa de largo el hecho de que es cuna de románico catalán y que posee una naturaleza más que atractiva para realizar los deportes al aire libre que tan de moda están en estos tiempos. Uno de esos lugares que hay que descubrir antes de que sean excesivamente famosos...

Al Valle del Boí uno va para deleitarse, respirar y, sobre todo, dejarse impresionar por la huella del románico en cada uno de sus rincones. Desde El Pont de Suert suelen encaminarse las rutas que irán descubriendo este pequeño y profundo valle pirenaico rodeado de picos bien definidos y de altura sorprendente del Alta Ribagorça. La carretera se desvía rumbo a Caldas de Boí y sigue el curso del Noguera de Tor, alrededor del que se encuentran todos los pueblos que encantan y transportan en el tiempo a los visitantes. En poco más de 100 kilómetros nuestro coche va a disfrutar de una simbiosis de cultura y ocio difícil de superar...

A medida que se avanza, el recorrido por la ribera del Noguera de Tor se va convirtiendo en un peculiar ramal de pequeñas carreterillas que conducen a otros pueblos recostados en las laderas. Puentes y casas de piedra completan el paisaje del río trasparente y como sacado de la mejor historia medieval. Muy cerca de Durro, donde comienza la ruta del románico más corta, se encuentran los pueblos más emblemáticos de la zona, Erill la Vall, Boí, Taüll, Pla de l’Ermita o el Parque Nacional d’Aigüestortes i Estany de Sant Maurici.

Sin embargo, quienes no quieran perderse ningún rincón del valle, deben pararse y visitar Coll y Cardet, con la iglesia más "trabajada" de la zona y la más joven, respectivamente. La mayoría de iglesias de la zona sólo están abiertas a la hora de la misa y para poder conocerlas en cualquier momento del día hay que buscar al “guardián de la llave” y de paso conocer las cortísimas calles de sus pueblos. Un bar, unas preguntas y alguna que otra propinilla pueden solucionar cualquier problema...

Desde Durro y por la carreterilla estrecha y empinada que se agarra a las laderas del valle, se tienen unas vistas incomparables del valle y de las grandes montañas que lo rodean. Durro, a sus 1.386 metros, es un pueblo pintoresco con casas soberbias que se elevan rodeando la iglesia de Santa María de la Nativitat, del siglo XII.

Desde aquí es imprescindible visitar la Ermita de Sant Quirze de Durro, situada a 1.500 metros sobre un pequeño saliente de la montaña y desde donde las vistas ya pasan a ser impresionantes.

Volviendo al camino hay que pasar de nuevo por Barruera, digamos la “capital administrativa” del valle, y cuyo nombre evoca los tiempos en que los osos se paseaban con tranquilidad entre los bosques, “Vallis Orcera”, o “valle de los osos”. De aquí el camino se dirige a Erill la Vall, donde habitó el Barón de Erill, responsable del impulso del románico en toda la zona. El templo de Santa Eulalia llama la atención, aparte de por su campanario esbelto y altísimo, por el cerrojo con decoración geométrica y con un rostro. Estos elementos son dignos de observarse en toda la zona ya que representan la importancia de cada uno de los templos, el tiempo en que fue construido, en fin.

Y de Erill se desvía la carretera y se entra en la parte realmente imprescindible a la hora de visitar el valle de Boí. El nuevo camino conduce directamente al pueblo que da nombre al Valle y a Taüll, un pueblo encantador colgado de la montaña y bastante cerca de la estación de esquí Boí-Taüll, que alcanza cotas entre 2.038 y 2.457 metros. Aquí se encuentran dos de los conjuntos artísticos más importantes del valle: la iglesia de Santa María de Taüll y Santa Clemente de Taüll.

A PIE POR LOS CAMINOS...

Pero no sólo se viene a este hermoso paraje a ver iglesias y bonitas casas de piedra. Todo el entorno del valle de Boí invita a realizar excursiones a pie, en bici, a caballo, a perderse entre los bosques que rodean los pueblos, a recorrer su río o simplemente a observar el esplendor que alcanza aquí la naturaleza.

El Parque Nacional d’Aigüestortes i Estany de Sant Maurici se halla al final del valle y ya en pleno Pirineo Leridano. Aquí se ven los rebaños de ovejas de los pueblos vecinos pastando en los grandes y verdísimos prados, entre picos de pizarra y granito y más de 50 lagos azules que emocionan a los visitantes.

La naturaleza también ha llenado de manantiales la zona, de ahí que uno de los atractivos para quienes buscan el descanso y el contacto con la naturaleza vayan directamente a Caldas de Boí y a su famoso balneario: 24 hectáreas a los pies del Pirineo con treinta y siete fuentes de agua entre los 4 y los 56 grados, declarados de utilidad pública en 1887. Un agradable complejo hotelero en el que además de excelentes situación y servicios, la salud es su mayor reclamo.

Las cascadas y riachuelos también decoran el entorno y se dejan ver entre bosques espesos de pino rojo, negro, abetos, hayas y abedules, que en otoño convierten el paisaje en un espectáculo. La roca, el agua y el verde forman paisajes de puzzle difícil de imaginar. La fauna del parque no tiene nada que envidiarle a la riqueza de la flora: rebecos, urogallos, pito negro, truchas, lirones grises...

Las actividades al aire libre son muy comunes en esta zona. Trekking, escalada, alpinismo, senderismo, descenso de barrancos y de ríos, ascensiones a picos, aparte, claro de la caza y la pesca, todo es posible en una tierra donde el paisaje llama a gritos a recorrerse, siempre, claro, teniendo en cuenta las normas que rigen la zona y, sobre todo, al Parque sobre la protección de la fauna, aunque la caza y la pesca, permitida bajo determinadas condiciones, posee grandes atractivos para quienes les gusta practicarla por la riqueza de la fauna que vive en libertad en las solanas, las umbrías, las montañas, los lagos, y los ríos y barrancos del Valle.