EL OTRO DUERO TORO QUE ENAMORA A CARLOS MORO

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Un viaje a Valdefinjas,  población cerca a Toro en Zamora, para descubrir la personalidad de Bodega Cyan (https://bodegacyan.es/) en compañía de Carlos Moro, siempre es emocionante.  Algo tiene este territorio que Carlos se anima a medida que se  acerca a su viñedo. Su mirada se clava en el horizonte, las manos se mueven con un cierto nerviosismo sobre el volante y  esa sonrisa discreta, que tenemos cuando llegamos a lo nuestro, casi se convierte en guiño. Con los vinos Finca de la Calera y Alae, Bodegas Familiares Matarromera (https://matarromera.es/) sube un escalón en una tierra donde la Tinta de Toro encuentra muchas maneras de emocionar.

Siempre es bonito ver como hay viajes que empiezan al descorchar una botella y terminan buscando una carretera secundaria. El de Cyan lleva hasta Valdefinjas, en Zamora, donde el paisaje se ondula, los viñedos comparten horizonte con los pinos y la luz invita a levantar la vista. Toro queda cerca, pero aquí apetece olvidarse un rato de las ciudades. Basta imaginar el paseo entre las cepas, la tierra bajo los zapatos, el aire que mueve las hojas. Antes de aprender a describir un vino, conviene concederle a su lugar de nacimiento unos minutos de atención.

En este rincón  zamorano, Carlos Moro encontró una razón para continuar su particular conversación con el campo. La Tinta de Toro ofrecía carácter; Valdefinjas, matices. De ese encuentro nace una aventura que hoy se renueva con dos referencias de alta gama, Finca de la Calera y Alae. Dos invitaciones a viajar hacia una misma finca y a descubrir cuánto puede cambiar una copa cuando cambian el suelo, la orientación o la altura de una ladera.

Un bodeguero con los pies en la tierra

La trayectoria de Carlos Moro ayuda a entender Cyan. Ingeniero agrónomo y heredero de una tradición familiar de viticultores, fundó Matarromera en 1988, en la Ribera del Duero. Su proyecto reúne el apego a los viñedos y la curiosidad por investigar: dos impulsos que explican tanto su recorrido empresarial como su manera de acercarse al vino. En su biografía conviven el conocimiento agrícola, la elaboración, la innovación y el interés por compartir lo aprendido. El campo es el punto desde el que se abre ese mapa con el trabajo de sus dos hijas, Paloma y Beatriz.

Su personalidad se reconoce en esa mezcla de ambición y arraigo. Hay algo muy sugerente en dedicar una vida a mejorar un producto que obliga a aceptar la incertidumbre: cada primavera trae preguntas y cada vendimia entrega respuestas provisionales. La formación permite interpretar lo que ocurre; la experiencia enseña a esperar. Quizá por eso el vino resulta tan buen retrato de quienes lo elaboran: exige tomar decisiones hoy cuyos resultados se conocerán mucho después.

La Calera: un paisaje que se lee hacia abajo

La finca de La Calera rodea la bodega con un relieve de pendientes y orientaciones diversas. En el conjunto conviven viñas, olivos y pinar. Es una buena imagen para empezar a comprender el lugar: la geometría del cultivo se encuentra con las formas menos previsibles del monte. Apetece recorrerlo sin encadenar fotografías, detenerse donde cambia la luz, observar cómo una ladera se ofrece al sol mientras otra guarda la sombra. En este territorio el paisaje también tiene sus horas.

Pero la parte decisiva del viaje está bajo los pies. En La Calera, las arenas dominantes encuentran resaltes calizos, una singularidad que la bodega relaciona con las llamadas Calizas de Valdefinjas. El propio nombre de la finca alude a esa presencia calcárea. A pocos metros de distancia pueden aparecer condiciones diferentes para las raíces; por eso resulta más útil pensar en un mosaico de parcelas que imaginar una extensión uniforme.

El patrimonio vitícola de Cyan incluye también Valmediano, con cepas viejas formadas en vaso sobre terrenos arenosos. La bodega sitúa este viñedo a 670 metros de altitud y describe un entorno de pinares, higueras y frutales. Su presencia amplía la mirada sobre el proyecto: además de las parcelas que rodean las instalaciones, hay otros majuelos con historias y condiciones propias. Conviene conservar esa diversidad en la memoria cuando se habla, de forma demasiado general, de «un vino de Toro».

Dos vinos para volver a Valdefinjas

La renovación de la alta gama, presentada el 21 de octubre de 2026, concreta esa apuesta por el origen. Finca de la Calera 2022 procede de viñas de más de treinta años, sobre base caliza y a 700 metros. Tras una doble selección, se cría en roble francés y americano. La descripción de la casa destaca fruta negra, recuerdos balsámicos y de cacao, con una boca estructurada y amable.

Alae–Finca de la Calera 2020 nace de la parte más alta y caliza de la finca, también con Tinta de Toro de viñas de más de treinta años. La bodega subraya su frescura, la finura tánica y las notas minerales y balsámicas. Su nombre evoca las alas. Carlos Moro resume el vínculo de ambos con el territorio: «Son vinos que hablan de Toro y de su uva».

Las dos botellas ofrecen un buen motivo para organizar una cata comparada. Merece la pena servirlas, concederles tiempo y volver a ellas durante la comida. Como propuesta gastronómica, un guiso de legumbres con setas, una carne asada o un queso curado permitirían explorar afinidades. El interés está en observar cómo cambia la percepción con cada bocado y descubrir qué combinación prefiere cada comensal. La conversación forma parte del disfrute.

La renovación de Cyan incluye asimismo Cyanopica, la familia presentada en septiembre con un Crianza 2023 y un Prestigio 2022. Su imagen homenajea al rabilargo, el ave de tonos azules presente en este entorno. El detalle invita a ampliar la mirada: alrededor del viñedo hay vida, movimientos y sonidos que merecen atención. Una etiqueta puede servir también para que, en el siguiente paseo, levantemos los ojos de las cepas.

Cyan se encuentra en la carretera Valdefinjas–Venialbo, kilómetro 9,2; la información para preparar la visita está en https://bodegacyan.es/. Lo mejor sería reservar tiempo para el campo además de para la cata. Volver con una botella tiene su encanto, pero volver sabiendo reconocer el lugar del que procede añade otro placer. Quizá ahí esté la capacidad de Carlos Moro para acercarnos a estas tierras: en despertar ganas de conocerlas. Y de regresar cuando aquella primera botella se haya terminado.

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