El Camino de Sakana: Donde el silencio aún tiene la palabra
El Camino de Sakana: Donde el silencio aún tiene la palabra
Hay un Santiago más allá de las multitudes. Un trazado que no entiende de prisas ni de colas para sellar la credencial, sino de bosques de hayas, quesos con sabor a montaña y una historia que quedó pausada en el tiempo por el capricho de un rey. Nos calzamos las botas para recorrer el Camino Olvidado a su paso por el Valle de Sakana.

La rebelión contra la «autopista de mochilas»
Seamos sinceros: a todos nos gusta la mística de la Compostela, pero los últimos 100 kilómetros del Camino Francés se han convertido, en ciertos meses, en una especie de romería interminable. Entre bares de paso y tiendas de imanes, el «encuentro con uno mismo» suele quedar sepultado por el ruido de los palos de trekkingcontra el asfalto.
Por eso, los que buscamos la esencia original —esa mezcla de esfuerzo físico y paz mental— estamos mirando hacia otros mapas. Concretamente, hacia el Valle de Sakana. Un pasillo natural flanqueado por las impresionantes sierras de Urbasa-Andía y Aralar que une Pamplona con Vitoria-Gasteiz. Aquí, la única masificación que encontrarás será la de las ovejas latxa cruzando el sendero.

La historia de esta ruta es, paradójicamente, la historia de un olvido. En el siglo IX, tras el hallazgo de los restos del apóstol, los peregrinos aprovechaban la vieja calzada romana Iter XXXIV (la que unía Burdeos con Astorga) para cruzar este valle. Sin embargo, en el siglo XI, el rey Sancho Garcés III «el Mayor» decidió desviar el flujo principal hacia el suroeste.
Aquel plumazo real condenó al Camino de Sakana al ostracismo durante diez siglos, pero también lo protegió del urbanismo feroz. Hoy, gracias a una recuperación impecable, podemos caminar por un trazado histórico, bien señalizado y salpicado de casas rurales con un encanto que ya quisieran para sí los grandes albergues masificados.
El Rutómetro: Cinco jornadas de historia y naturaleza
1. Pamplona – Irurtzun (22,7 km): El adiós a la ciudad

Salimos de la Catedral de Pamplona con la energía de los pinchos recién probados. El inicio nos lleva por la Vía Verde del Plazaola, un respiro de sombra que nos saca suavemente de la urbe. Aunque el paisaje tiene pinceladas industriales al principio, llegar a Erice de Iza es como entrar en una cápsula del tiempo. Es el aperitivo perfecto antes de alcanzar Irurtzun, la puerta de entrada al valle.
2. Irurtzun – Lakuntza (20,5 km): Bajo la mirada de los gigantes

Esta etapa es puro deleite visual. A tu derecha, elvigila desde las alturas; a tu izquierda, la mole del monte Beriain (o San Donato) parece un barco de piedra encallado en el cielo. Es territorio de pastores. El olor a hierba húmeda y el sonido de los cencerros te acompañan hasta el Monasterio de Zamartze, una joya románica donde los peregrinos medievales ya buscaban refugio. No olvides mirar al cielo: los buitres leonados suelen sobrevolar estas paredes calizas.
3. Lakuntza – Ziordia (24,3 km): La etapa reina

Prepárate, porque esta es la jornada con más «alma» del recorrido. Atravesarás pueblos que parecen sacados de una postal, como Arbizu o Etxarri Aranatz. Es obligatorio parar en la ermita de Santiago en Bakaiku y, si el hambre aprieta, honrar la gastronomía local con una buena txistorra. El peso de la historia se siente en la ermita de San Pedro de Altsasu, donde dicen que fue coronado el primer rey de Navarra en el año 717. Es una etapa de bosques cerrados y leyendas antiguas.
4. Ziordia – Agurain/Salvatierra (16,2 km): Piedras que hablan

Cruzamos la muga hacia Álava y el paisaje se abre. Enlazamos con el Camino Vasco del Interior y nos topamos con el Dolmen de Aizkomendi, una joya del Neolítico que te recuerda que aquí se caminaba mucho antes de que existieran los reyes. El final en Agurain es de los que se recuerdan: una villa medieval amurallada donde sus iglesias-fortaleza de San Juan y Santa María nos transportan directos a la Edad Media.
5. Agurain/Salvatierra – Vitoria-Gasteiz (33 km): El último esfuerzo

Es la etapa más larga, pero el terreno es amable y llano, ideal para la introspección. Atravesarás aldeas minúsculas donde parece que el reloj se detuvo hace décadas. Es una jornada de transición, de campos de cultivo infinitos y cielos anchos, que culmina con la entrada en Vitoria-Gasteiz. ¿La recompensa? Perderse por su almendra medieval y celebrar el camino con una ruta de pinchos de nivel mundial.

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